FICHA TÉCNICA



Título obra El preceptor

Notas de autoría Jakob Reinhold /autor de El preceptor; Bertold Brecht / adaptación teatral

Dirección Alberto Velázquez

Escenografía Rosalba Castillo

Vestuario Juan José Guillén

Grupos y compañías Grupo piloto del Departamento de Actividades Estéticas de la Escuela Nacional Preparatoria

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Brecht en la Escuela Nacional Preparatoria”, en El Día, 2 julio 1979, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Brecht en la Escuela Nacional Preparatoria

Malkah Rabell

El movimiento teatral que existe en casi todas las preparatorias capitalinas. especialmente en la Escuela Nacional Preparatoria, es prácticamente desconocido por el amplio público. El Departamento de Actividades Estéticas de la ENP se distingue por las personalidades de prestigio que lo componen, entre quienes figuran, como director el Lic. Enrique Ruelas Espinoza. el creador de los Entremeses Cervantinos en Guanajuato, y como realizadores, Olga Harmony, crítica, novelista y dramaturga multipremiada, y Pablo Salinas, escritor y dramaturgo igualmente multipremiado. Me tocó asistir a un espectáculo presentado por el grupo titular, el grupo piloto de la misma escuela, dirigido por un maestro muy joven, Alberto Velázquez, que puso en escena la obra de Jakob Reinhold: El preceptor en la adaptación dramática de Bertold Brecht.

A Brecht le sucede, como a Shakespeare, adaptar más obras ajenas que propias. En este Preceptor se pierde aveces el hilo brechtiano, y se tiene la impresión de asistir a una creación voltairiana. Durante todo el primer acto se olvida casi al dramaturgo alemán para recordar al protagonista de Voltaire, "Cándido". También en este caso el protagonista es, como lo indica el título, un joven preceptor en una familia de nobles alemanes, y como Cándido se enamora de su aristocrática discípula. Sus aventuras amorosas son tales que termina por auto-castrarse para reconquistar el derecho a seguir con su tarea de impartir clases. Es, quizá, por primera vez que veo tal insistencia en las cuestiones sexuales en una obra de Brecht, donde siempre predomina lo sociológico. Pero aquí lo sexual y lo social se entrecruzan y dependen uno del otro. Las prohibiciones sexuales nacen, como siempre, de una sociedad llena de prejuicios estúpidos. La castración no es sólo física sino mental y se debe a la ceguera de esa misma Sociedad, que al castrar al maestro lo obliga a castrar a su vez a sus jóvenes alumnos. Lo didáctico acapara como siempre en las obras brechtiana, el pensamiento del dramaturgo y es el meollo del drama.

En las representaciones brechtianas es muy importante cada palabra del texto, y es necesario prestarle la máxima atención durante la función, o bien tener el texto a mano. Lamentablemente éste no se halla en mi poder. Y en cuanto a los jóvenes intérpretes, resulta muy natural que con su poca experiencia tuvieron todavía faltas de dicción, lo cual agregado a una acústica defectuosa en una sala excesivamente amplia, hacía que se perdiera parte de los largos parlamentos. En cambio resultaba sorprendente como muchachos tan jóvenes, casi niños, ya que eran alumnos de una preparatoria diurna, pudieran desempeñarse con toda naturalidad en personajes adultos, a veces ya de edad avanzada. Mi costumbre de asistir a espectáculos estudiantiles me permitió juzgar de la diferencia en la técnica corporal entre estos preparatorianos y numerosos grupos en las mismas condiciones. Los 16 intérpretes de esta obra que eligió Alberto Velázquez porque la considera muy adecuada a un ambiente estudiantil, al cual también a menudo se trata de castrar mentalmente, jamás permanecen tiesos, inmóviles y faltos de garbo para desenvolverse en el escenario. Saben "hacer" sus personajes, aunque no siempre saben "decirlos"; saben moverse, caminar con agilidad, con espontaneidad, y hasta tener los matices de voz necesarios. No son actores que piensan dedicarse profesionalmente —salvo alguno que otro— al histrionismo, pero pueden perfectamente interesar a sus condiscípulos, a quienes van dirigidas estas representaciones, y a ellos mismos le puede servir la actuación como, medio para desinhibirse, cultivarse y encontrar una interesante actividad en medio de amigos y de comprensión mutua.

Al interés del espectáculo contribuyó no poco la escenografía y el vestuario. La primera hecha de extrañas figuras de cartón realizadas por los propios alumnos bajo la dirección de Rosalba Castillo y Jesús Aguilar. La escenógrafa, Rosalba Castillo también diseñó el vestuario del siglo XVIII, que igualmente realizaron los intérpretes bajo la guía de Juan José Guillén. Ambas cosas hechas con centavos, a fuerza de ingenio y trabajo colectivo cuando en los teatros profesionales se gastan fortunas en las producciones.

Lo positivo en esa clase de espectáculos estudiantiles debidos a la respectiva escuela es que los intérpretes no trabajan caóticamente guiados por su propia inexperiencia, sino asesorados por personas de seriedad profesional. Como en este caso el director de escena, Alberto Velázquez.