FICHA TÉCNICA



Título obra Ratas, ratas, ratas

Notas de Título El retable del flautista

Autoría Jordi Teixedor

Notas de autoría Raúl Zermeño / adaptación

Dirección Raúl Zermeño

Elenco Guillermo Ríos, Damían Alcaraz

Música Luis Rivero

Grupos y compañías Alumnos del último año de la Escuela de Actuación del INBA

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Ratas, ratas, ratas, un espectáculo de protesta”, en El Día, 25 junio 1979, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Ratas, ratas, ratas, un espectáculo de protesta

Malkah Rabell

Basada en la vieja leyenda del flautista de Hamelín, que con la música de su flauta pudo arrastrar en su seguimiento a las ratas que infestaban la ciudad medieval, la obra de Jordi Teixidor: El retablo del flautista sirve a su vez de fundamento al espectáculo de Raúl Zermeño: Ratas, ratas, ratas que se presenta en el teatro Orientación con alumnos del último año de la Escuela de Actuación del INBA. Representación inteligente, dinámica, que a través de esa antigua fábula nos da una visión de nuestro propio mundo. Cambiemos la expresión: lucha contra las ratas, por la de: lucha contra el hambre, el desempleo o la contaminación, y obtenemos el mismo panorama: los intereses de tres Poderes, el Capital, el Ejército y la Iglesia, sacrificarán siempre en aras de sus propias conveniencias las necesidades más urgentes de las clases menesterosas. ¡Qué importan las ratas si se encuentran en los hogares de los pobres! ¡A las ratas: las atrae la miseria! Y la miseria es un castigo de Dios. Una selección divina ha creado las clases sociales. Y una plaga como las ratas puede servir para hacer negocios: ¡para vender raticidas! ¡Los señores farmacéuticos pueden hacer su agosto! ¡Y los señores usureros pueden prestar capitales al ayuntamiento! Y si el flautista de Hamelin con la magia de su flauta promete ahuyentar a la plaga, echa a perder el magnífico tráfico de tantas personalidades importantes. Por lo tanto hay que encerrarlo en un calabozo y quemarlo como un brujo.

Con este material, el adaptador y director de escena Raúl Zermeño logra una especie de revista de protesta donde los símbolos son muy claros pero nunca obvios. Tampoco los elementos brechtianos que estructuran la representación son obvias. Nada de cartelones, ni orador permanente! Desde luego, ahí está la tábula, tan cara a Brecht, con su trasfondo y su moraleja política. Ahí están las canciones a lo Brecht. Y la música original de Luis Rivero es muy bella, muy impulsiva. Como siempre, la música es el elemento que más emoción crea en el público, y con la emoción nace la atmósfera, un ambiente de lucha, a veces de terror, que los repentinos silencios escénicos consiguen subrayar. El ambiente lo produce sobre todo el director con sus escenas colectivas donde el ritmo espléndido de una veintena de jóvenes actores impone una visión de multitudes; tres soldados nos recuerdan algún asalto de halcones, y el Reverendo Grundig expresa el dogmatismo de una Iglesia.

Tal vez lo que más me alegró en esta representación de la Escuela del INBA, fue encontrarme con una madurez interpretativa poco común en los años escolares. Donde más se hacia notar la disciplina histriónica era en las escenas de mesas; donde mejor se interpretaba el canto era en los coros. Quizá no todos sabían cantar, pero todos bailaban, o por lo menos conocían los principios coreográficos, así como la técnica corporal. Y en las escenas colectivas, dentro de la "multitud" se destacaban de inmediato ciertas presencias, como la de Guillermo Ríos, el zapatero, por su temperamento y su rostro expresivo. Pero lo que más alegría me causó es que todos, o casi todos, sabían hablar, sabían emplear la voz, ese elemento más difícil de domar en la lucha del actor por conquistar su oficio.

Desde luego las escenas individuales, cuando el actor sólo tiene el apoyo de su peculiar capacidad artística, a veces decaían, perdían esta atracción de ritmo casi "endiablado" que poseían las escenas de masas. No obstante, algunos de esos jóvenes intérpretes, en papeles muy importantes han logrado imponerse con auténtica madurez. Tal es el caso sobre todo de Damián Alcaraz, en el papel del flautista: presencia, claridad de dicción y comprensión dramática de su personaje; y de Jesús Angulo, en un personaje mucho más difícil de engendrar, el Burgomaestre Schmid, un carácter de múltiples facetas, que exige a un actor con gran experiencia tanto en el campo cómico como en el dramático. Si Jesús Angulo no siempre pudo dar todo el relieve necesario a su personaje, en cambie ya se mostró como un actor con muchas posibilidades para el futuro.

He aquí un espectáculo que tanto por su texto como por su puesta en escena, merece ser visto por un público mucho más extenso que los habituales visitantes de la Unidad del Bosque. Ojalá los responsables de esa bella e interesante representación comprendan la necesidad de una más amplia difusión y no se contenten en encerrarla dentro de los estrechos límites de la Escuela.