FICHA TÉCNICA



Título obra Aladino y la lámpara maravillosa

Notas de autoría Anónimo / cuento homónimo; Roberto Hill / adaptación teatral

Dirección Roberto Hill

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Un Aladino sin maravillas”, en El Día, 2 mayo 1979, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Un Aladino sin maravillas

Malkah Rabell

En el teatro Tepeyac, bajo los auspicios del Teatro de la Nación, subió al escenario, en la adaptación y dirección de José Roberto Hill, un espectáculo infantil basado en Las mil y una noche: Aladino y la lámpara maravillosa. Lo extraño del caso es su adaptación a China, cuando todo mundo sabe —hasta los niñitos sentados en la sala— que el original de esos Los mil cuentos, se encuentran en la literatura árabe; colección de cuentos que proceden de siglos muy distintos, antiguos unos, más modernos otros, que juntan narraciones anónimas árabes, judías, tal vez persas y egipcias, pero dudo que alguna de éstas fuera china. Dudo que esta adaptación se deba a chinofilia política y amor a Mao Tse Tung. Mas bien, supongo, que fue consecuencia de los trajes "chinos" que la empresa más tenía a mano. O tal vez se deba a que la productora, Magdalena del Rivero, en el papel de la madre de Aladino encontró muy gracioso imitar el acento de nuestros amigos chinos, los pobladores de la calle Dolores, Acento que también imitaron —algunas veces sí, y otras no, según el humor—, la mayoría de los actores.

El arte de gustar a los niños y mantenerlos quietos, interesados, no es nada fácil. En este caso, un público infantil muy numeroso, de edades muy heterogéneas, entre un año y catorce, se mostró especialmente inquieto. ¿Se habrán dado cuenta de que la actuación era insoportable? Esta representación tuvo en un principio otro reparto. Mas, supongo, que para poder seguir actuando, se hubo de someter la empresa a las exigencias de la ANDA y reemplazar a los actores originales del SAI por otros, sin mayor selección, en su generalidad desconocidos, que daban la impresión, por su desempeño, de ser principiantes. He aquí el resultado de las luchas intersindicales. Las víctimas son los actores y el teatro mismo. Después de todos los esfuerzos que en los últimos años llevó a cabo el ambiente oficial como extraoficial por mejorar y elevar la categoría y la importancia del teatro en México, los actores mismos, los más interesados en este progreso, lo van destrozando.

Pues bien, por de pronto este Aladino y su lámpara maravillosa tuvo una duración de 90 minutos, cuando es bien sabido que los niños hasta los diez años carecen de aguante para más de 45 minutos, o máximo 60. Quizá otra de las razones de la inquietud de ese auditorio infantil fue la abundancia de texto. Toda esta historia del mendigo-ladronzuelo de Bagdad que conquista a la princesa por el poder mágico de la lámpara, cuya fantasía encantaba por igual a los adultos que a los niños de mi generación que ya sabían leer, hoy no tiene el mismo ascendiente sobre niños acostumbrados a las guerras de las galaxias y a las magias nucleares. Hoy, a los niños mayores de cinco años les importan poco los tesoros que se multiplican debido al poder de la lámpara maravillosa, ni tampoco los genios capaces de trasplantar a sus héroes de un lado del mundo a otro: los jets lo hacen por igual. Quieren acción y mucho ruido, y el espectáculo del Tepeyac ofrecía muchos parlamentos y poca acción. Los niños no tomaban parte en la representación.

Por otra parte, esos mundos de fantasía deben subyugar por su color y brillantez. Y la producción escénica era bastante modesta. Se trató de representar los palacios de los reyes y los mágicos mundos de los genios y de los magos con decorados de papel. Siempre se ha dicho que los menores así como los públicos de los países orientales tienen mucha imaginación y reemplazan todas las ausencias escénicas por su propia fantasía. Pero eso no sucede en nuestra época ni en nuestro ambiente donde los niños van demasiado al cine y asisten diariamente a los programas de televisión.¿Quién puede competir con las pantallas grandes o chicas? No sé lo que debe ofrecerse a los niños para gustarles. Pero estoy segura que la creatividad artística es la única que puede en el escenario reemplazar, tanto para el niño como para el adulto, las extraordinarias posibilidades del cine como de la televisión.