FICHA TÉCNICA



Título obra El tío Vania

Autoría Anton Chejov

Dirección William Layton

Elenco José María Muñoz, Enriqueta Carballeira

Coreografía Andrea d’Odorico

Grupos y compañías Teatro Estable Castellano

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Un Chéjov remozado en el Teatro Estable Castellano”, en El Día, 7 mayo 1979, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Un Chéjov remozado en el Teatro Estable Castellano

Malkah Rabell

Si Chaplin hubiese asistido al espectáculo de El tío Vania que nos presentó el Teatro Estable Castellano de visita en México, seguramente se hubiese sentido conmovido. Sobre todo hubiese sentido como a un hermano gemelo a ese tío Vania creado por Pedro Carrión bajo la dirección de William Layton, realizador norteamericano que desde muchos años vive en España. ¿Semejante adaptación de la obra chejoviana puede considerarse como iconoclasta? Creo que ni siquiera los máximos amantes del dramaturgo ruso, lo más adeptos a su tradición puedan considerarlo como un falseamiento del espíritu chejoviano. Creo que en el fondo Charles Chaplin, el inmortal Carlitos, siempre ha sido un personaje digno de Chejov, un personaje chejoviano.

No puedo decir que la dirección dé William Layton me haya emocionado. En ningún momento me sentí desgarrada por el llanto como le sucedió a Máximo Gorky después de asistir a una representación del mismo drama, y quien escribió: "Yo que me hallo muy lejos de ser un hombre virtuoso, sollozaba viendo a Vania y a los demás en su torno. Aunque sea completamente idiota sollozar, y aún más estúpido contarlo". Tal vez hoy nos hemos vuelto más insensibles, menos sentimentales y más inaccesibles al lenguaje y al mundo chejoviano que tanto habla del porvenir, ese futuro que precisamente somos nosotros, y que a los protagonistas de Chéjov se antojaba como el paraíso digno de todos sus sueños, y a nosotros se nos antoja como un infierno de fin de milenio. Un porvenir que iba a salvar al hombre y su mundo, y que nosotros sospechamos que está a punto de perdernos. Quizá nos sucede lo que a Claude Mauriac frente a la lectura de Amiel. El conocido teórico francés, hijo de Francoise Mauriac, hace poco aseguró que apenas hace unas dos décadas Amiel fue para él su autor preferido. el más impresionante, y hoy lo deja indiferente. ¿Por qué? Y no supo encontrar respuesta. Tal vez nos sucede algo igual con Chéjov. Y no es la culpa del genial escritor ruso, ni tampoco de la puesta en escena de William Layton, sino que es nuestra. La culpo de nuestro mundo y de la nueva sensibilidad, o insensibilidad, creada por éste.

Pero objetivamente admiro el montaje de este Teatro Estable Castellano... En primer término la realización cuenta con un magnífico reparto. Empezado por el tío Vania, distinto a todo lo que la tradición nos ha acostumbrado, desde su físico hasta su actuación. Vania ha dejado de ser un hombre maduro, pesado y trágico. Es en cierto modo un personaje cómico, aunque de una comicidad melancólica, chaplinesca. Es también un intelectual venido a menos, con simbólicas antiparras. Toda la dirección de William Layton ha abandonado la lentitud del universo chejoviano, y su ritmo es mucho más rápido. Aunque su texto no ha cambiado para nada da mucho menos la impresión del tradicional aburrimiento y desesperación del mundo chejoviano. El primero en beneficiarse de esa mayor rapidez rítmica, es Vania, que a veces parece un personaje de cine mudo. Y la escena clave, la del tercer acto. cuando Vania amenaza con una pistola a su cuñado, el Herr Profesor Serbriakov, tiene un ritmo casi endiablado, lo que, indudablemente da mayor dinamismo a la dramaticidad de la situación. Mas, a su vez, nos resulta menos creíbles las intenciones suicidas o homicidas de un Vania cómico, o mejor dicho tragicómico. Quizá lo único que pudiera reprochar a la dirección es una excesiva prolongación de la última escena. En cuanto al resto del reparto, todos los actores en sus respectivos papeles, son excelentes, en especial José María Muñoz, quien en el papel del Dr. Ostro logró imponerse como primera figura; y asimismo Enriqueta Carballeira resultaba estupenda como Sonia.

No podemos dejar de comparar esta representación del Teatro Estable Castellano con la que en nuestro propio medio puso Ludwik, Margules. Y al comparar las dos versiones el recuerdo se enriquece, la interpretación de Alejandro Aurea como Vania la vemos con otros colores, con otros, ojos, y se nos hace excelente y original. Y caso raro, quien más se destaca en nuestro recuerdo es Microsfilio Amilcar, en el minúsculo papel de Teleguin, que en la versión de nuestros huéspedes resultó desapercibido, y algo más no le iba en zaga en nuestras modestas condiciones universitarias: la escenografía. Aunque la de Andrea d'Odorico no dejaba de ser novedosa con sus diversas áreas escénicas que permitían actuar en un solo decorado, la de Alejandro Luna podía con toda facilidad competir con ella por su belleza y sugestión.

Nada más útil y necesario para nuestro ambiente artístico que las constantes comparaciones que el permanente aprendizaje con hermanos mayores en el terreno del arte. Ojalá pudiéramos contar con tales vistas con más frecuencia y no sólo en épocas del Festival Cervantino.