FICHA TÉCNICA



Título obra Marat-Sade

Autoría Peter Weiss

Dirección Sergio García Taso

Elenco Felix Garza, Javier Serna, Rosa María Gutiérrez, Rubén Eugenio, Juan Gilberto Flores, Eunice de López, Alejandra Serret, Juany Esquivel, René Alonso

Grupos y compañías Compañía de la Escuela de Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León

Espacios teatrales Teatro Jiménez Rueda

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Ivonne, princesa de Borgoña”, en El Día, 25 junio 1978, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Lo mejor de la provincia en México con Marat-Sade

Malkah Rabell

Espectáculo ambicioso difícil, con un ritmo de frenesí. ante el cual uno tarda en darse cuenta que el director de escena Sergio García Taso usó el texto de Peter Weiss con toda fidelidad, pero rechazó total o parcialmente los apuntes al margen del dramaturgo alemán. Esos famosos apuntes marginales que se deben al Weiss hombre cine, escritor, pintor y director cinematográfico. más que al hombre de teatro. Apuntes con los cuales Weiss creó una estructura escénica que más allá del o sacude todos los cimientos teatrales turba todos los públicos. ¿Y cómo puede ser de otra manera cuando un dramaturgo –con ese barroquismo del horror, para el temperamento de los artistas alemanes– sueña con una pantomima donde: "Los mismos revientan con un cuchillo la gran barriga del sacerdote que se deshincha sonoramente. El condenado yace sobre el tajo con el cuerpo inclinado hacia adelante. Le cortan las manos con una sierra... Caen manos de la víctima... Cae la cabeza del condenado... Griterío triunfal... Se arrojan cabeza como si fuera una pelota... "¿Notas marginales que abundan en fantasías oníricas y se repiten a todo lo largo de ese poema dramático, y con las cuales se podía crear otra obra distinta nueva, para mimos o para el cine mudo?

El director del grupo de Monterrey, Sergio García, creó sus propios apuntes, y ellos su propia puesta en escena. Que si bien quita al original sus imágenes enloquecedoras, en cambio le da mayor unidad. Dejamos de ver un teatro en otro teatro, que a su vez se halla en el teatro del mundo, para ver y oír sobre todo un texto escrito en verso, que se desarrolla en el manicomio de Charenton. por el año 1808, donde está encerrado el marqués de Sade y donde el famoso personaje, en el declive vida, se encarga de dirigir una obra teatral basada en el episodio del asesinato Jean Paul Marat por Charlotte Corday, desempeñando los mismos enfermos del hospicio los papeles del drama.

La desnudez del escenario, liberado de marcos tan complejos de la escenografía weissiana, permite al director mayor mayor libertad, porque no ha de tomar en consideración el "círculo de la representación" en torno del cual los "pacientes, disfrazados rudimentariamente en tipos de la época, pasean...". Sergio García deja de circunscribirse a determinadas áreas escénicas para determinadas acciones y se apodera de todo el escenario, donde todo el mundo actúa, y ello ayuda al espectador a darse cuenta de la temática y a captar mejor el meollo mismo de la obra.

Rodeado por la marea sangrienta de la revolución francesa, frente a frente dos figuras, dos conceptos tan opuestos como Marat y Sade, que no obstante tienen un punto en común: para el uno y para el otro "sólo valen los últimos extremos", Y esos extremos se alejan cada vez más. Marat. el puritano, el tribuno popular que se considera como la revolución misma, que habla en nombre de las masas, que fustiga los errores ajenos y desenmascara a los "hipócritas que se ponen en nuestro gorro frigio y llevan debajo de la camisa las armas del rey...", no teme derramar sangre y proclama. "Antes pensábamos que bastarían cien muertos... luego vimos que miles serían pocos, y yo no podemos contarlos". Y en el extremo opuesto, el marqués de Sade –el que impuso su nombre al sadismo– "quien con su espíritu aristocrático, se complace en crear imaginarios, saque de mi lo criminal a la luz" pero "en el Tribunal... ya no como acusado, sino como juez" vio "que no sería capaz de entregar los presos al Verdugo". En resumen: el santo que mata y el endemoniado que se niega a matar.

Y en torno de esas dos figuras, un mundo de locos cuyos estados demenciales pueden muy bien aplicarse a los personajes históricos que representan: Marat —Félix Garza— con su rostro de iluminado. que es como el rostro mismo del tribuno de la revolución francesa: el soñador de un mundo futuro; Sade, único ser normal en aquel ambiente de enfermos mentales. aunque siempre fue considerado un enfermo en un ambiente de supuestos sanos —Javier Serna—, quizá excesivamente joven y falto de esa figura rechoncha de un Sade en plena decrepitud: Carlota Corday— Rosa María Gutiérrez— una demente que probablemente ha de ser catatónica. y a quién le sobran los tics. En el escenario dos épocas: la revolución en el pasado, y el Primer Imperio en el presente que se entrecruzan, se mezclan, borrando a veces los limites entre una y otra. Y en todas partes: locos, locos, locos. ¡Un mundo demencial!

Y con estos elementos, Sergio García crea un espectáculo dinámico, atormentado, frenético hasta la locura. Un espectáculo que sólo emplea las posibilidades del actor, con una inmensa economía de medios en todos los demás campos. Con sus actores acapara todo el área del escenario. Los cuatro cantores: Rubén Eugenio, Juan Gilberto Flores, Eunice de López, Alejandra Serret y Juany Esquivel, transformados en seis, dieron libre vuelo a su temperamentalidad a su entusiasmo de actores auténticos de alma Bailaban, cantaban, actuaban casi con frenesí y no temían disfrazar su juventud y su físico bajo máscaras de horror. Los seis, estupendos. Igualmente estupendo, el pregonero René Alonso, que tal vez dominó todo el espectáculo. Los discursos que Marat pronuncia corriendo por todo el escenario, son de tal actualidad que se antojan "arreglados" por el director pero no lo están. Y aunque García no usa —tradicionales ya— cartelones y letreros a lo Brecht la representación es increíble brechtiana. Y más aún, se antoja escrita para los espíritus de 1968 —aunque el texto fue publicado, escrito y estrenado mucho antes—. Y que lo digan los versos siguientes: "Marat con nuestra revolución ¿qué está pasando?... Marat, no queremos seguir esperando... Marat, seguimos siendo pobre gente y queremos los cambios hoy, inmediatamente".

El control del director sobre sus actores es tal y todo tiende a tal disciplina artística que hasta en pleno caos, Marat ya ha sido asesinado, cuando desatados los pacientes del hospicio, todos los ambientes, todas las épocas, las del presente y las del pasado se fusionan, se entremezclan por todo el área del escenario, aún en ese instante del clímax final, las manos del director parecen controlar cada gesto, cada grito y cada movimiento de su compañía.

Creación de grandes aciertos aunque no exenta de debilidad –como el excesivo realismo de ciertas enfermedades que no atañen en esta obra al público, del cual sufre la estética de la representación– coloca a esta compañía de la Escuela de Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León como el mejor grupo de esa Muestra de Lo Mejor del teatro de Provincia en México a cualquier grupo de gran calidad y de la misma capital.