FICHA TÉCNICA



Título obra Ivonne, princesa de Borgoña

Autoría Witold Gombrowicz

Dirección Marta Luna

Elenco Angelina Peláez

Escenografía Jarmila Masserova

Música Alfredo Sevilla

Vestuario Ernesto Bautista

Grupos y compañías Compañía Universitaria Veracruzana

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Ivonne, princesa de Borgoña”, en El Día, 12 junio 1978, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Ivonne, princesa de Borgoña

Malkah Rabell

Mis conocimientos de Witold Gombrowicz —ese escritor que salió de su tierra natal en tiempos de la Segunda Guerra y mientras los alemanes ocupaban Polonia pudo refugiarse en Argentina, donde durante 20 años permaneció en el anonimato— no llegan más allá de la lectura de algunas de sus obras. Opereta, pieza teatral, una de sus últimas obras publicadas en Francia y Ferdydurke, novela ya conocida por un ambiente muy restringido en su país, donde fue publicada en 1937, Vi por primera vez una de sus tragicomedias puesta en escena en la reciente visita que la Compañía Universitaria Veracruzana ofreció en la capital, en el teatro Orientación la semana pasada. He de confesar que las lecturas de Gombrowicz nunca me han entusiasmado. ¿Por qué? Me resulta difícil explicármelo mí misma. Witald Gombrowicz se hace como el polo este de su compatriota Slawomir Mrozek. Ambos herméticos, a Mrozek siempre se le entiende, sus mayores absurdos, son lógicos a pesar de todo. En cambio, el autor de Ferdydurke es de una incomprensión total, refugiado en una ilógica que sólo puede encontrarse en la demencia. Precisamente esta ausencia de lógica la comprendí al ver su drama Ivonne, princesa de Borgoña, bajo la dirección de Marta Luna.

¿Quiénes son todos estos personajes de la Corte del Rey Ignacio y de la Reina Margarita? Parece la fantástica corte de un cuento infantil, o bien nacida en la mente de un enfermo mental, imágenes a colores soñadas pero jamás vistas en la realidad. Es un mundo que sólo puede existir en un manicomio Y en semejante lugar se vuelve real, auténtico. Hasta la figura de la protagonista, Ivonne, la pobre, la desdichada Ivonne, de quien el dramaturgo afirma: "Ivonne es un factor de descomposición. La presencia muda, asustada, de sus múltiples carencias revela a cada cual sus propias fallas, sus propios vicios, sus propias inmundicias..." Pues, Ivonne tampoco es cualquier invención, una figura inventada. Es el perfecto caso patológico llamado en la psiquiatría "catatónico". Esta explicación del autor es la única que puede ofrecernos la llave de la desmesurada crueldad, de la destructiva maldad que el ambiente demuestra a esa inocente incapaz de defenderse. Y no sé si fue el autor, la directora de escena o la maravillosa Angelina Peláez que le dieron tanta vida a este cadáver viviente.

Y otra vez volvamos a las insinuaciones del autor, quien dice: "Ivonne procede más de la biología que de la sociología viene de esa región donde asalta la anarquía ilimitada de la forma, de la forma humana, de su desenfreno y de su desvergüenza...." Pues, si, ese caso siquiátrico, viene de la biología por su forma exterior que lo asemeja a una planta. Es un vegetal sin voz ni movimientos, que apenas si puede desplazarse y adquirir una sensibilidad de cera para permanecer en el estaticismo que otras manos y otras voluntades desean darle. Mas, la ciencia humana aún desconoce cuanta culpa tiene la sociología. el ilimitado desorden de nuestra vida social v la enloquecedora maldad de nuestra sociedad en la producción de esta planta humana que el especialista llama "enfermo catatónico".

Como Ivonne, Angelina Peláez, actriz capitalina que desde algunos años vive en Jalapa, fue maravillosa. Es el único adjetivo que encuentro para juzgarla. Logró dominar el escenario sin palabras, sin gestos, con la única actuación de sus ojos y de esos movimientos torpes de un cuerpo como de cera que se fija incansablemente en determinadas actitudes. Durante las 2 horas de actuación, sólo pronunció unas 3 palabras y lanzó un solo grito. El grito de protesta que de repente lanzan las catatónicas al término de una infinita acumulación de rencores que nunca olvidan. Angelina Peláez ya tuvo una vez un premio de revelación, ahora merece otro premio de actuación por ese papel mudo.

Lo que más me admiró en el escenario fueron el vestuario de Ernesto Bautista y la música de Alfredo Sevilla. Esta clase de espectáculos puede fácilmente caer en el aburrimiento, pero Marta Luna logró crear un ambiente de angustia, de ahogo. Tal como nos sentimos quizá al abandonar un manicomio. El espectador se reía para escapar al llanto. Tal vez exageró un poco el tono caricaturesco de la interpretación. Mas, ¿qué otro tono se les puede dar a esos seres venidos de otros mundos? El mundo de la locura. Un mundo que escondido bajo su careta de nobleza, de sangre azul cortesana, parece ser tan familiar a Witold Gombrowicz.