FICHA TÉCNICA



Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Teatros juveniles y teatros universitarios”, en El Día, 5 enero 1978, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Teatros juveniles y teatros universitarios

Malkah Rabell

Aunque desde hace años vemos en los escenarios mexicanos a grupos juveniles, ya experimentales, ya de aficionados sin mayores pretensiones que su amor por el teatro, en ese 1977 que acaba de fenecer, esas agrupaciones empezaron a tener carácter de movimiento. Los grupos juveniles iban multiplicándose. A veces con ayuda oficial, otras veces sin ayuda alguna. A veces consiguiendo una sala de instituto oficial, otras veces, algún escenario de escuela, Resulta difícil afirmar si se trata de un movimiento positivo o negativo; si aporta algo al teatro mexicano, si persigue algunas premisas útiles, y si aporta algo a los mismos componentes. A veces se ve claramente la seriedad y la capacidad. En otras ocasiones lo único que se distingue es la frivolidad de unas pretensiones histriónicas sin preparación, sin dones, ni capacidad.

Más, entre esa multitud desorganizada, ya han surgido tres organismos con perspectivas definitivas y un plan de trabajo: el Centro de Experimentación Teatral; el Escenario Popular Urbano dentro de la Coordinación de Cultura Popular de la SEP, y el CADAC. El primero bajo los auspicios del Instituto de Bellas Artes, tiene su sedé en el teatro Galeón, donde en el transcurso del año se han presentado numerosos grupos experimentales de heterogéneos valores, pero todos buscando renovar el lenguaje escénico. Grupos que sólo reciben del INBA la sala y la cartelera, corriendo los demás gastos por su cuenta. El segundo, el Escenario Popular Urbano, todavía no ha aparecido en público, pero ya cuenta con dos grupos ensayando, uno bajo la dirección de Rodolfo Valencia, y el otro bajo la de Julio Castillo, y su programa consiste en formar compañías profesionales para ofrecer espectáculos en salas periféricas de la ciudad, El CADAC, es un complejo organismo formado en torno de un Estudio Dramático bajo la inteligente y hábil dirección de Héctor Azar, quien tanto con sus discípulos como con su grupo de actores profesionales ofrece un permanente programa de experimentos teatrales diversos en su hermoso local de Coyoacán, que cuenta desde una biblioteca hasta un restaurante, y cuyo teatro funciona como una Compañía de Repertorio. Pero el movimiento juvenil más importante y antiguo es el de la UNAM, organismo teatral ya de larga tradición y de no pocos triunfos, que persigue la búsqueda de lenguaje y formas nuevas, y ofrece la posibilidad a jóvenes directores de iniciar el vuelo profesional en tanto a otros, ya profesionales, les ofrece un escenario dónde rastrear las novedades universales. Sus espectáculos se presentan y representan ya dentro de la Ciudad Universitaria, ya extramuros, como su sala en Coyoacán y la de la avenida Chapultepec 409.

En la Ciudad Universitaria, en el teatro de la Facultad de Arquitectura, he visto sobre todo dos espectáculos simpáticos e inteligentes. Un Brecht cantado y bailado, debido a la dirección de Josefina Brun; un Círculo de tiza transportado del Cáucaso a la Cuba socialista, de una contagiosa alegría, y un Moliere transportado de la Francia del siglo XVII a México del principio del siglo XX, una Escuela de mujeres que daba una imagen de la mujer mexicana sometida al machismo "nacional", una Escuela de mujeres puesta en escena y adaptada por Germán Castillo.

Otros espectáculos de mucha calidad los he visto en la sala de avenida Chapultepec, como un Hamlet debido a la dirección de Tomás Ceballos, que pese a su falta de actores con experiencia –y bien sabido es que Shakespeare sin actores no es Shakespeare– desplegó una riqueza imaginativa capaz de permanecer fiel al espíritu, al alma de Hamlet, sin dejar de ser por ello "otra cosa". En el mismo escenario también vi bajo la dirección de Héctor Mendoza: Vámonos a la guerra, alegre espectáculo de Farquhar, comediógrafo irlandés fallecido en 1707, que decía: "Las reglas de la comedia inglesa no se guían por la brújula de Aristóteles y de sus discípulos, sino por la platea, los palcos, la galería". Lo que en el fondo no es muy distinto de lo pretendido por Moliére cuando afirmaba "Lo principal es gustar." Actualmente se presenta en dicha sala un drama tasado en un cuento del novelista norteamericano del siglo XIX, Henry James:Los inocentes, un espectáculo que logró despertar la emoción del público juvenil.

Empero, la representación, que según mi opinión, fue la más interesante del año 1977 en el ámbito de la universidad, y tal vez del teatro capitalino, fue La gran revolución del poeta mexicano Jaime Augusto Shelley. Debido al montaje de Luis de Tavira, que en esa oportunidad renovó por completo el estilo, fue un espectáculo inteligente y dinámico, revolucionario por su modo de enfrentar la puesta en escena y por su modo de enfrentar la historia de la Revolución Francesa de 1789, reflejo no sólo de una época determinada en un determinado país, sino de una situación y de una conducta humana que pueden repetirse a través de la historia y en cualquier punto geográfico.