FICHA TÉCNICA



Título obra Drácula

Autoría Hamilton Deane y John L. Balderston

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Enrique Álvarez Félix, Wolf Ruvinski, Luis Torner, Alma Muriel, Gastón Tusset, Marta Zamora, Miguel Suárez

Grupos y compañías Teatro de la Nación

Espacios teatrales Teatro Manolo Fábregas

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Drácula”, en El Día, 4 septiembre 1978, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Drácula

Malkah Rabell

La obra de los 2 dramaturgos ingleses: Hamilton Deane y John L Balderston, nada aporta de novedoso a la vieja historia del famoso personaje vampiro, el conde Drácula. Ni tampoco tiene el sentido de humor que algunos autores supieron insuflar a esta leyenda. Y uno se pregunta por qué fueron necesarios hasta 2 autores para tan poca cosa, para un texto donde casi no existe creatividad personal, ¿Comedia, farsa o melodrama? A veces no se distinguía muy bien si la risa brotaba por elementos cómicos o por una equivocación del público. Emprender la lucha contra el "vampirismo" con elementos religiosos a esas alturas del siglo XX, resulta bastante ridículo, y el espectador, sorprendido, no dejaba de dudar si tomársele en serio o a "chacota".

Más, a esta obra mediocre, cuya selección para el repertorio del Teatro de la Nación de México no se logra explicar, la pusieron muy bien en el teatro Manolo Fábregas, bajo la dirección del excelente metteur-en-scene José Luis Ibáñez. Aunque tampoco el montaje tuvo mucho de creativo, basado como estaba en la realización de la misma obra en Nueva York –donde según parece tuvo mucho éxito–, con la copia exacta de la escenografía y del vestuario, según diseños originales de Edward Gorey. Ambos, decorados y vestuario, no sólo eran funcionales y fieles a la época, a los años veinte, sino bellas y a veces divertidos, con sus telones cubiertos de figuras de murciélagos monstruosos cuyos ojos de repente empezaban a brillar. Todo ello en tonos grises, blancos y negros muy sugestivos. La dirección usó muchos "trucos" mágicos, como la desaparición de Drácula a la vista del público quedándose en el escenario tan sólo su capa; o como la transformación del personaje en ave que vuela por la escena. Los aullidos perrunos y la carrera por el foro de unas ratas que parecían vivas, fue otra de las tretas que encantaban al espectador, quien en el fondo no deja de tener instintos infantiles. Y los ¡oh!, y los ¡ah!, brotaban constantemente en la sala.

Más, lo importante fue la actuación. Y ésta, sin llegar a grandes alturas cumplía con su cometido. En las figuras centrales, Enrique Álvarez Félix, fue –como siempre– interesante por su presencia, sobre todo en su romántico atavío de negro terciopelo recubierto por una larga capa. Pero, su tono resultaba monótono y monocorde. En cambio Wolf Rubinskis fue una sorpresa. ¿A quién se le hubiese ocurrido que Rubinskis puede hacer un papel de sabio? ¿Y a quién se le ocurrió entregarle la interpretación de semejante personaje? Pues bien estuvo excelente. Desde la presencia, que parecía la de un viejo ruso, un hombre rudo, corno puede serlo un anciano solitario dedicado a buscar el misterio de enfermedades desconocidas, hasta su manera de hablar y comportarse. La interpretación que más entusiasmó a todo mundo, fue la de Luis Torner, ese joven actor a quien siempre creía con un gran porvenir en las tablas. En su papel de loco, ya trágico; ya cómico; la ridículo, o bien lastimoso, logró una auténtica creación. Y si bien a Enrique Alvarez Félix, lo aplaudieren a su aparición –lo que no deja de molestar y es excesivamente "fuera de onda"–, a Luis Torner, lo aplaudieron, y esta vez por convicción y no por "deber", cuando abandonó el escenario, después de su primera escena. En cuanto a Alma Muriel, resultaba una preciosa muñequita inglesa, aunque algo demasiado acartonada en un personaje falso. Tal vez sus exageraciones se debieron a exigencias del director. Gastón Tusset puede dar mucho más, empero el papel de novio de la víctima no se presta para mayores despliegues histriónicos. En cambio, Marta Zamora, en el breve papel de la sirvienta, demostró cualidades de comediante, ya cómicas, ya de estilo "marioneta". Miguel Suárez, siendo correcto no aportó nada nuevo a lo que ya conocemos de él.

En resumen el público no dejó de divertirse en el transcurso de las 2 horas de duración del espectáculo. Y quien no espere demasiado de la representación, podrá a su vez divertirse.