FICHA TÉCNICA



Título obra Ana Karenina

Notas de autoría Leon Tolstoi / autor de la novela homónima; Héctor Mendoza y Carlos Solórzano / adaptación teatral

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Carlos Bracho, Sergio Jiménez, Silvia Pinal

Escenografía Alejandro Luna

Grupos y compañías Teatro de la Nación

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Ana Karenina en el Teatro de la Nación”, en El Día, 3 abril 1978, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Ana Karenina en el Teatro de la Nación

Malkah Rabell

Antes aun de presenciar el espectáculo del Teatro de la Nación, surgía ya la primera pregunta: ¿Qué interés puede presentar una novela como Ana Karenina a estas alturas del siglo XX? Una mujer que abandona a su marido y a su hijo para seguir a su amante, y luego abandonada por éste se suicida, es un tema típico hoy de la telenovela. Sí el gran León Tolstoi pudo salvarla de la rutina sentimental y darle tono de obra importante, y hasta clásica, es en primer lugar por su título y en segundo lugar por sus preocupaciones sociales, sobre todo rusas, que parecen como un telón de fondo al primer plano de los amores de la heroína, pero en realidad le dan su auténtico valor a la obra. Lamentablemente ni el estilo, ni todas la preocupaciones filosóficas y sociales del novelista se pueden trasmitir en las dos horas de duración de un espectáculo teatral.

Entonces, al dirigirnos a la representación anunciada por el Teatro de la Nación en el Hidalgo, esperábamos grandes novedades en la puesta en escena, en la escenografía y en la actuación. Sobre todo despertó el interés la figura del director, Héctor Mendoza, que desde hace años entrega todo su esfuerzo y toda su actividad a los montajes universitarios, entre los cuales figuraron éxitos como el de In memoriam o el de Vámonos a la guerra, y esta vez decidió renunciar a su puesto de jefe del Departamento de Teatro de la UNAM para dedicarse de pleno a una puesta escénica con actores profesionales.El Teatro de la Nación, ha reunido para esta puesta en escena, un conjunto de nombres de valía en todos los puntos álgidos: Héctor Mendoza, una curiosidad para un determinado auditorio en su nueva tarea; un excelente escenógrafo, que a veces suele resultar prodigioso: Alejandro Luna. En la figura protagónica femenina, una actriz que goza de inmensa popularidad como Silvia Pinal, que en manos de un director severo debía dar lo mejor de sus capacidades, porque esta intérprete de comedia y revista, posee comedia y revista, posee dones increíbles hasta para el drama, siempre que una mano de hierro la sepa manejar. en las figuras masculinas, Carlos Bracho como el príncipe Vronsky, el amante, y Sergio Jiménez como Alexei Kareinin, un hombre de Estado duro y blando a la vez, enamorado dispuesto a perdonarlo todo, pero excesivamente amargado por los caprichos y los cambios permanentes de su bella esposa. Toda la producción del vestuario era además de gran lujo.

¡Y cuál no nuestra tristeza, cuando tuvimos que enfrentar y admitir un fracaso completo! Porque hasta con la mejor voluntad del mundo resulta difícil encontrar algunos hallazgos, algún detalle digno de interés, algún episodio que entusiasme. Desde la adaptación, debida a Héctor Mendoza y a Carlos Solórzano, falta unidad y pasión. En el escenario reina una frialdad absoluta. La puesta en escena, lenta, monótona. aburrida, sin ritmo, no nos ofrece un solo episodio que despertara la pasión, el entusiasmo del público que se va adormeciendo. Hasta escenas dramáticas, tales como el parto de Ana, que está a punto de morir, y en semejantes condiciones, se siente ligada al marido y no al amante, hace reír al auditorio en lugar de despertar su compasión. En cuanto a los actores, ni uno, ni uno solo supo, pudo o quiso, crear un tipo, un carácter. Todo el mundo recitaba sus papeles con una inefable indiferencia. A Silvia Pinal no se la oía, y el público constantemente reclamaba: "¡Más alto, no se oye!" El personaje, parecía dejarla tan indiferente a la intérprete como al público. A la señora Pinal, muy hermosa por cierto, parecía interesarla tan sólo el cambio de vestimenta, lo que hacía cada cinco minutos. Carlos Bracho nos dio la imagen de un galán acartonado; Sergio Jiménez presentó un personaje desagradable. Y todo el conjunto giraba de un lado para otro, iba de Moscú a San Petersburgo, y de San Petersburgo a Moscú, sin ton ni son. Nos preguntábamos si a estos trenes que giraban en el escenario se trató de darles algún simbolismo, abrir y cerrar con igual tragedia –un accidente ferroviario– el drama. Pero si tal fue la concepción dei director, pasó desapercibida.

Sólo nos queda lanzar un profundo suspiro y decir con tristeza. ¡Lástima de una producción tan lujosa!