FICHA TÉCNICA



Título obra El tío Vania

Notas de Título El alma buena de Sechuan / título original

Autoría Antón Chéjov

Dirección Ludwik Margules

Elenco Alejando Aura, Julieta Egurrola, Mabel Martín, Dolores Beristáin, Guillermo Gil, Hugo Gutiérrez Vega, Microsfilio Amílcar

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El tío Vaniaen el teatro universitario”, en El Día, 12 abril 1978, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El tío Vania en el Teatro Universitario

Malkah Rabell

Después de asistir a una representación de Tío Vania, Máximo Gorki escribió al autor: "Yo que me hallo muy lejos de ser un hombre virtuoso, sollozaba viendo a Vania y a los demás en su torno. Aunque sea completamente idiota sollozar, y aún más estúpido sea contarlo". Pues, hace años, cuando leía las obras de Chéjov por primera vez, cada página suya me hacía sollozar a voz en cuello. Desde años cada vez que veo montada una obra chejoviana, trato de recobrar aquella emoción de mi juventud... y no puedo. ¿Por qué?

Todos saben cuán difícil resulta montar las obras rusas. No por los elementos externos, que son fáciles de imitar, sino por la introversión anímica de sus personajes, por esa compleja "alma eslava". Tal vez de todos los dramaturgos rusos el más difícil sea precisamente Antón Chéjov. Pero yo imaginaba que Ludwik Margules, por su origen polaco (vivió muchos años en la URSS) encontraría con más sencillez la llave del mundo chejoviano, de esa atmósfera de sutiles emociones que exige El tío Vania, como todas las obras del mismo autor.

En realidad, Margules no se ha preocupado mayormente por imponer un ambiente ruso a su puesta en escena. Hay un samovar (¿simbólico?) en el escenario, esto es todo. Y terminamos por olvidarnos de que El tío Vania vive en Rusia, en los principios del siglo, y habría que agradecérselo a Ludwik Margules, porque sin proponérselo, o como sin proponérselo elevó la obra a un nivel universal. Nos transportamos a un rincón del mundo donde el doctor Astrov, que Chéjov hizo a su imagen, no deja de repetir su asco por la vida: "absurda, tonta, sucia"; donde el tío Vania administra la hacienda de su hermana muerta, de cuyos dividendos goza su viudo casado en segundas nupcias y quien de repente, descubre que lo más hábil y conveniente sería vender la finca y colocar su importe en otras empresas. Y el tío Vania después de haber entregado toda su juventud a manejar de la manera más honesta y económica los bienes de su cuñado, se encuentra inesperadamente en la calle.

Mas, en las obras de Chéjov, muy poco importan el terna, la trama. Lo que crea la emoción es el tiempo que pasa en tanto que nada sucede, en un mundo absurdo donde todo el mundo se aburre. Desde hace más de 20 años semejante estado de cosas nos lo presentó el "teatro del absurdo". Pero, mientras que este último nos ofrecía obras abstractas, los dramas de Chéjov dan la imagen del hombre de carne y hueso, y su dolor es nuestro dolor. Margules se mantuvo fiel al texto del autor ruso, no trató de cambiar absolutamente nada, ni en su pensamiento, ni en su atmósfera. La lentitud que impuso Margules a la trayectoria de su espectáculo, es la lentitud que exige el mundo anímico chejoviano. Y hemos de agradecer a Margules su realismo en este caso; él, que apasionadamente busca cosas y lenguajes nuevos. Hasta la escenografía de Alejandro Luna parecía la de Stanislavsky, con la lluvia que cae afuera. No obstante, en el transcurso de la representación nunca logré emocionarme auténticamente. . ¿Por qué?

Francamente, no lo sé. Alejandro Aura, como Vania, es el excelente actor de siempre, hasta tal vez creaba un Vania distinto del original. Mas, es demasiado joven y de aspecto demasiado atractivo para tenerle lástima por su vida fracasada, destrozada al servicio de su engreído cuñado, el herr profesor Serebriakov, que tampoco es malo, simplemente absurdo, como todos y todo. No creemos en el tío Vania, es más bien el primo Vania. La que lo acompaña todo el tiempo, la que desde hace años es la compañera de sus esfuerzos administrativos, su sobrina, la hija de su hermana muerta, Sonia, la fea, interpretada por Julieta Egurrola, o tiene mala dicción o bien la noche en que asistí a la representación, algo le pasaba, porque no logré entender una sola palabra suya. Mabel Martín, como la segunda esposa del profesor Serebriakov, habla tan bajo que no se la oía. Dolores Beristáin, también resultó demasiado joven y demasiado "elegante" para el papel de la clásica nodriza del teatro ruso, la "niana", sin tratar de ponerle remedio a su aspecto natural. En cuanto a las figuras masculinas, Guillermo Gil, como el doctor Astrov, tiene una voz profunda y clara, no se nos escapó una sola palabra de sus parlamentos. Lo mismo le sucede a Hugo Gutiérrez Vega, su aspecto para el profesor Sebriakov es de lo más apropiado y su dicción es muy buena. Quizá de los hombres, a quien más preferí es Microsfilio Amílcar, en el minúsculo papel de Teleguin, cual trató de crear un carácter ruso.

Pero queda de pie la pregunta que me angustia: ¿por qué la puesta en escena de Margules no llegó a emocionarme, cuando muchos del público demostraban auténtico entusiasmo? ¿Por qué me quedé fría? ¿Por qué no llegó hasta mi corazón esta filosofía chejoviana de la nada, de la vaciedad de la vida, por la cual me siento tan inclinada con todas las fibras de mi ser. Ni siquiera llegaron a emocionarme sus parlamentos ecológicos que parecían premonitorios. Admito que no lo sé. Y aunque Ludwik Margules tuvo muchos aciertos, le faltó el acierto máximo, el de llegar a nuestro corazón, por lo menos al mío.