FICHA TÉCNICA



Título obra Los emigrados

Autoría Slawomir Mrozek

Dirección Manuel Montoro

Elenco Claudio Obregón, Salvador Sánchez

Escenografía Guillermo Barclay

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los emigrados con dos espléndidas actuaciones”, en El Día, 17 mayo 1978, p. 17.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los emigrados con dos espléndidas actuaciones

Malkah Rabell

Ya desde el título: Los emigrados, el drama de Slawomir Mrozek da la pauta de su carácter político. Según cualquier diccionario, la palabra "emigrado" designa a la persona que por motivos políticos abandona su país. Mas, cuando se alza el telón, en el escenario se encuentran dos personajes, y sólo uno de ellos es el "emigrado". El otro es el típico "emigrante" que salió de su país en busca de fortuna o de nuevos horizontes. El "emigrado" "AA" es un intelectual que se tortura y tortura a su compañero de vivienda "XX", un simple campesino, cuya única finalidad es ahorrar y volver a la patria para construir su soñada casa y ofrecer su soñada fiesta donde todos, sus vecinos de la aldea natal podrán emborracharse.

"AA" y "XX", signos algebraicos que ofrecen un misterio algebraico. Ambos vienen de alguna parte y quieren volver a una parte del mundo que desconocemos. Y ese "país" cuyo nombre jamás mencionan, cada uno de los espectadores de la sala puede colocarle la etiqueta que guste. Quizá sea ello lo único abstracto en ese diálogo que dura 2 horas y que jamás cansa. Un diálogo entre 2 personajes perfectamente de carne y hueso, entre 2 seres humanos con sus problemas, sus sueños y sus angustias. Un intelectual, tal vez escritor –que se nos antoja un autorretrato hecho a la medida del dramaturgo, quien salió de su Polonia natal hace poco y que hoy vive en París–, y un campesino que puede ser cualquiera: un árabe de Argelia, o un italiano de Sicilia, o un campesino de países socialistas. El intelectual quiere guardar a su compañero de habitación bajo su lente literaria, como colocaría el estudioso un microbio bajo la lente del microscopio, para demostrar la condición de esclavo de "XX", de esclavo innato incapaz de cambiar nada a la rueda del tiempo que lo aplasta. Pero el hombre es un hombre, por más analfabeto que sea, por más destructivo que sea su trabajo, por más tacaño y aferrado a los bienes materiales que sea su visión del mundo. Un hombre es un hombre y puede tener el gesto más inesperado de rebeldía, de dignidad recuperada. Y entre los dos, quien gana la batalla es el simplote, el campesino que se niega a aprender el idioma del país donde vive desde hace 3 años por odio a esa tierra extraña y enemiga, donde vive como un animal enjaulado, con una finalidad única: ¡volver! Gana la batalla porque sabe lo que quiere, y con la terquedad de los simples se dirige hacia sus fines. ¡El otro no! El intelectual en el fondo no sabe lo que persigue. Vive engañándose. Arrastra su carga con la ilusión de una gran obra en perspectiva, que él sabe muy bien que nunca realizará.

En esas 2 horas de diálogo, se barajan numerosos temas, numerosos problemas e ideas, que parecen deshilvanados, pero que misteriosamente van ligándose unos a otros hasta formar una sólida unidad. Para discutir y analizar el texto sería menester tenerlo a la vista. Es imposible citarlo todo de memoria. Quizá podría parecer excesivamente larga esa falta de acción, ese constante diálogo entre dos personajes, en un ambiente. triste a morir, con sus tuberías que cruzan el escenario a lo largo y a lo ancho, si no fuera por los 2 actores que lo interpretan: Claudio Obregón, como "AA", y Salvador Sánchez como "XX", ambos han creado 2 caracteres que serán difíciles de olvidar. Un espléndido mano a mano. Y resulta difícil decir quién realizó la interpretación más brillante. Ambos son los personajes que ha soñado el autor. Claudio Obregón, el intelectual, el populista, palabra que el traductor, José Méndez Herrera, ha dejado en el idioma natal del dramaturgo: "narodnik", quien abandona su país en busca de ilusiones que no encuentran, y que sabe que nunca volverá porque para él ya todas las puertas están cerradas; y Salvador Sánchez, el hombre que nada sabe de política, a quien la palabra "política" asusta y nada quiere saber de ésta. Cada palabra, cada gesto, cada silencio, es como medidos en ambos, nada está abandonado al azar, a la improvisación. Y sin embargo todo parece tan natural, como si "AA" y "XX" estuvieron improvisando, como si en el mismo momento de actuar, estuvieron encontrando las palabras y los gestos de sus personajes.

Algunos espectadores del estreno consideraron el ritmo de la puesta en escena como excesivamente lenta. Nada, de tal me parece exacto. Es precisamente el ritmo de la vida, del dolor, de la angustia y del olvido de 2 hombres que sufren y se hacen sufrir. El ritmo que exigían tanto los protagonistas como el ambiente creado por la escenografía de Guillermo Barclay. Un ritmo que supo dirigir con mano maestra el director de escena: Manuel Montoro.