FICHA TÉCNICA



Título obra Arde Pinocho

Notas de autoría Carlo Collodi / autor de la novela Las aventuras de Pinocho; Julio Castillo / adaptación teatral

Dirección Julio Castillo

Elenco Francis Laboriel, Isabel Benet, Jesusa Rodríguez, Paloma Woolrich, Glenys MacQueen

Grupos y compañías Sombras blancas

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Adiós Pinocho que arde”, en El Día, 18 diciembre 1978, p. 17.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Adiós Pinocho que arde

Malkah Rabell

Durante cerca de un año, un grupo de jóvenes actrices, cinco en total, bajo los auspicios de la Dirección General de Culturas Populares, recorrió los más distintos y lejanos rumbos de la ciudad, generalmente de la periferia, con un hermoso espectáculo llamado Arde Pinocho en la versión y dirección de Julio Castillo. Quizá el espectáculo de experimentación más bello realizado en México en 1978, pero que lamentablemente permaneció desconocido para quienes más debían haberlo visto: crítica y aficionados al teatro, y también los intelectuales que tanto protestan por la falta de teatro en México. Y cuanto más lo hay, tanto más se quedan en sus casas. Y como de costumbre en nuestro ambiente artístico, las cosas quedan donde estaban, ¡hoy no pasó nada!

La representación de ese grupo de Sombras blancas tenía por finalidad formar un público popular y encontrar una fórmula para atraer al teatro a tal público. No logró ni lo uno, ni lo otro. Por la simple razón que aún nadie encontró semejante fórmula. Y Julio Castillo es demasiado artista para someterse a necesidades ajenas a su creatividad, a necesidades impuestas. No obstante había más de una escena en este espectáculo medio pantomima y medio coreografía, sin ser lo uno ni lo otro, sino algo muy especial y novedoso: un espectáculo de imágenes; había pues en esta representación muda, donde las imágenes hablaban sin voz, más de un episodio donde Pinocho perdía su trágico rostro de máscara, para adquirir su cara de héroe infantil, narigudo y mentiroso. Y a través de la infancia también se hacía popular. Los niños en la sala a menudo reían. Y los niños tienen un instinto para la risa mucho más acertado que los adultos. Y también tienen su instinto para el llanto. He visto Arde Pinocho dos veces y cada vez, en la misma escena, cuando Pinocho mata al hippie para robarle su guitarra, sendos niños, con una distancia casi de un año, estallaron en un ruidoso llanto.

El tono preponderante de este Pinocho, símbolo de una juventud devorada por la droga y por el rechazo del mundo de los adultos, es el dramático. Jesusa Rodríguez, aunque sin pronunciar una palabra, aunque con el rostro cubierto de una máscara blanca, transmitía un sentimiento trágico a través de su actuación corporal y hasta a través de su rostro enmascarado. Porque "la máscara no esconde el rostro, por el contrario, lo revela en toda su crudeza". Y como en e! antiguo teatro griego, la mascara subrayaba los estados anímicos. Estas máscaras que trajo de Europa y manejaba Glenys Mac Queen, ni siquiera necesitan del abultamiento para gritar su dolor, o su jocosidad, o cualquier otra expresión. Parecía como si los ojos de Jesusa Rodríguez, en el papel de Pinocho, asomaban su careta, se hacían muy grandes y lloraban. Y las extrañas y diversas máscaras que cubrían el hermoso rostro de Paloma Woolrich parecían cambiar de expresión, ya de asombro, ya de enojo. El cuerpo ayudaba a los cambios expresivos, a la comprensión del lenguaje mudo de los personajes.

Y así, entre la inmovilidad de un rostro escondido, y la constante movilidad de un cuerpo ya entregado a la acrobacia, ya a la coreografía, estas cinco jóvenes actrices, Francis Laboriel, Isabel Benet, Jesusa Rodríguez, Paloma Woorich y Glenys Mac Queen, que pese a sus máscaras muy pronto aprendimos a discernir, a reconocer unas de las otras, crearon una representación novedosa, original y perfecta. Representación pasada en esta sencilla historia de Pinocho, títere que ha de enfrentarse al bien y al mal, y como dice el programa de mano: "entra en la vida para luchar contra la tentación, el capricho y el error, y medir su capacidad de resistencia, de enmienda y de recuperación..." y que se enfrenta "a los vicios y las virtudes reales de los hombres que se cruzan en su camino, torciéndolo y haciéndole perder, a él, su libertad para escoger correctamente".

Quizá Julio Castillo pudo haber elegido un final más positivo y agradable, un final que salvara a Pinocho. Pero no lo quiso, o no lo pudo hacer. Los sentimientos no se someten a las conveniencias. El Pinocho de Julio Castillo se inmoló –como se inmolaban ciertos sacerdotes o revolucionarios indochinos– en el fuego que él mismo encendió en su torno, en tanto un profundo y doloroso llanto lo sacudía por última vez.

Y nosotros, público de las cien representaciones, de la última representación que ponía fin a la temporada, le decíamos adiós a ese Pinocho, sombra blanca, que ardía en el escenario.