FICHA TÉCNICA



Título obra El trovador Yabujura

Autoría Inoue Jisashi

Dirección Ignacio Sotelo

Elenco Raúl Bretón

Música Mario Lavista

Grupos y compañías Alumnos del 4o. año de la Escuela de Actuación del INBA

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El trovador Yabujura”, en El Día, 17 julio 1978, p. 17.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El trovador Yabujura

Malkah Rabell

¡Un espectáculo fantástico, extraño y complejo, realista y antirealista a la vez, popular y didáctico, fascinante y terrorífico, bello y morboso! En fin, un espectáculo de autor japonés, Inoue Jisashi, que si bien es contemporáneo nuestro, nació en 1934, y usa no pocos elementos de teatro moderno occidental, tampoco teme recurrir a todos los rasgos típicos de la literatura popular, de su país en especial del teatro Kabuki, que hasta a veces, en nuestra ignorancia del Oriente, se nos parece a los famosos folletines occidentales del siglo pasado, donde abundaban los bandidos, el sadismo y los horrores.

El trovador Yabujura, no es la historia de un solo hombre, sino de una clase social: "los ciegos", quienes en el Japón de antaño –no sé si también hogaño, y no estamos muy bien enterados en qué siglo suceden los hechos–, desde su infancia iban siendo educados para un oficio: el de cantores ciegos, que también trabajaban en los teatros de marionetas, y además se especializaban en acupuntura y masajes. En su profusión dramática, Jisashi mezcla los más variados temas. Es un espectáculo que narra no sólo la historia de Segui-No-Ichi, desde su nacimiento de niño ciego, castigado por los dioses por el pecado de su padre de haber matado a un ciego para robarlo, hasta su muerte en el cadalso y la tortura a los 28 años, sino que abarca también la historia de su padre y de su madre, y la de su ciudad natal, Yabujura, y de su gremio, los cantantes ciegos, explotados por sus propios compañeros de miseria, que se transforman en sus dirigentes no por su valor anímico o moral, sino por el dinero que pueden presentar para comprar el título de "trovador". A su vez de detalles sobre el teatro de títeres, el joruri que halló su apogeo en su país entre el siglo XVII y el XVIII, traído de China; narra los pormenores del gremio de los "cantantes ciegos," así como los asesinatos que comete Segui-No-Ichi, hasta llegar a ser "trovador" llamado Yabujara por el nombre de su ciudad natal. Todas estas narraciones van siendo recitadas tanto por unas geishas, cómo por otros cantantes ciegos, luego aparecen en su forma plástica, lo que prolonga el espectáculo por dos horas y media. Es tanta la profusión argumental que a menudo perdemos el hilo de los acontecimientos, y entre la maraña de detalles hasta perdemos la comprensión del tema.

Aparte de lo novedoso de esa obra, con su ambiente y su moral, para nuestro espectador, enigmáticos, resulta fascinante la puesta en escena de Ignacio Sotelo, realizada con sus alumnos del 4o. Año de la Escuela de Actuación del INBA. El director trata de permanecer fiel –hasta donde es posible– a las características interpretativas y escenográficas de un teatro oriental. Mientras que un hábito milenario hace que en todos los países del mundo el hombre sea el modelo del títere, el actor hombre japonés, el actor del No y del Kabuki, imita al títere, de aquí que la recitación "marionetística" sea característica del teatro japonés. Esa recitación, con sus voces chillonas, cantadas o imitando un canto, bajo el acompañamiento musical de un solo instrumento, el director trataba de imponerlo a sus intérpretes. Y casi la mayoría de éstos lo lograba. (Lo que me hacía recordar a los actores de la Ópera de Pekín) Sobre todo lograban las voces como los gestos específicos de sus personajes, las tres geishas narradoras, y Segui-No-Ichi en su primer aparición del futuro Trovador, interpretado por Raúl Bretón, tenía toda la flexibilidad acrobática de un actor joruri. Voz, aspecto y actuación espléndidos en su papel de un solo acto. De los 15 actores, que actúan en más de cuarenta personajes, se hace difícil de nombrar a otros, por la confusión de nombres y protagonistas.

También la escenografía resultó fascinante en su misma sencillez. Realizada toda la producción con una enorme economía de medios, con sus listones que atravesaban el escenario en todas las direcciones del escenario, y recordaban los juegos de listones chinos, y sus biombos movidos por tramoyistas visibles, como en los teatros de títeres japoneses (o chinos) ese teatro Pobre por sus reducidos medios productivos, resultaba riquísimo por su belleza plástica, interpretativa, escenográfica y musical. Ese drama y ópera a la vez, sin ser lo uno ni lo otro esa obra tan extraña y fascinante, donde el autor ni siquiera trataba de disminuir la morbosidad y el gusto de sus conciudadanos por la crueldad y el sadismo, fascinaba y espantaba también a nuestro público, que tan poco sabe de la dramaturgia y del teatro oriental.