FICHA TÉCNICA



Título obra El círculo de tiza caucasiano

Autoría Bertold Brecht

Dirección Robert Sturua

Elenco Iza Gurgushivili, Zhansi Lolashvili, Ramaz Chikvaduzuy

Grupos y compañías Teatro georgiano Rusthavely

Espacios teatrales Teatro Juárez

Notas Premios de la Asociación de Críticos de Teatro en México

Referencia Malkah Rabell, “El círculo de tiza con los georgianos soviéticos”, en El Día, 18 mayo 1977, p. 20.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El círculo de tiza con los georgianos soviéticos

Malkah Rabell

Indudablemente fue el montaje mas importante del Festival Cervantino. Ninguna compañía particular puede llegar a semejantes despliegues artísticos como un teatro de Estado en general, y uno de la URSS en particular. El teatro georgiano Rusthavely, que data de 1922, cuenta con elementos prácticamente ilimitados. Para el montaje de la obra brechtiana El círculo de tiza caucasiano, subieron a escena 40 actores, todos de primera categoría, muchos con títulos de artistas populares o de artistas honorables que en su país es un gran honor. Hasta los pequeños papeles estaban a cargo de actores muy capacitados. Parecía que los músicos, bailarines, coreógrafos, escenógrafos, electricistas, se multiplicaban. El director de escena, Robert Sturua, con una desatada imaginación, llenaba el escenario a cada rato con nuevos elementos. De pronto nos daba la sensación de que estábamos en un circo y todos los intérpretes se movían al estilo de los payasos en una arena; unos instantes mas tarde el conjunto adquiría actuación de marionetas, con los rostros cubiertos de máscaras, con caballos artificiales y carrozas de juguete. De pronto el director introducía una parodia, o bien este Círculo de tiza se volvía obra costumbrista al viejo estilo georgiano, con trajes de la región. Teníamos en el escenario soldados de fantasía, y soldados remedos de los nazis. Y todos los actores, que cantaban, bailaban, actuaban, yo estaban en pleno show, ya en pleno melodrama. Todo esto dentro de una escenografía que daba la impresión de introducirnos en una antigua ciudad amurallada del Cáucaso medieval, usando unos remendados trozos de cuero viejo, como restos de unas tiendas nómadas, para los telones que subían y bajaban según las necesidades.

A decir verdad, si algo podía reprocharse a Robert Sturua, era el exceso, era el perder la medida de una línea estética determinada, para lanzarse con el placer del creador fantasioso a cada rato por rutas distintas. Y lo que durante la primera media hora me entusiasmó, cuando pensaba: "Vaya, esto es una puesta completamente novedosa", al cabo de tres horas, me tenía ya mareada. Pero el público no se mareó con tanta facilidad. Estas tres horas de colorido, de baile, de canto, de drama y hasta melodrama, que dejaba de ser brechtiano para tornarse simplemente universal; estas tres horas de continuo movimiento, que hacía olvidar la incomprensión de un idioma tan difícil como el georgiano, que no posee la musicalidad del ruso sino más bien la guturalidad de un idioma semita, despertaba en los espectadores un entusiasmo que iba constantemente en aumento. Y había elementos que por cierto lo merecían, y otros que lo merecían menos, y otros que me disgustaban. La interpretación de Grushe, por Iza Gurgushivili, era espléndida, esta joven actriz, con su largo cabello de oro viejo, de oro rojizo, parecía una madona popular que entretejía el encanto personal con el dramatismo de un personaje. Era la mejor actriz, la más completa que vimos en el festival. Y para subrayar su lado madona con el niño, el narrador —otro actor espléndido que hacía en su papel uno creación, Zhansi Lolashvili— entre canto y canto, iba pintando un cuadro que luego volteaba hacia el público, y era una virgen con su hijo. Otro hallazgo directivo, era la pianista vestida de hombre que además del piano tocaba una serie de instrumentos raros.

En cambio me disgustó la interpretación que del personaje del juez, Azdak, impuso al director Ramaz Chikvaduzuy. Es uno de los personajes brecthianos que más amo, y en este Círculo de tiza se transformó en un vagabundo, clown de circo, que muestra las posaderas al público en una actuación terriblemente extrovertida y sobreactuada.

Transformar una obra de Brecht en un show no es una iconoclasia ni es pecado. Tampoco es una novedad. Hasta dentro de nuestro ambiente hemos asistido a la puesta en escena de El alma buena de Sechuan que en forma de show hizo con mucho encanto Xavier Rojas. Todo depende de la calidad que se da al espectáculo, y sin falsificar las ideas de Brecht, el estilo depende de la visión del director. Pero nadie, creo logró llevar a tales extremo de show, circo, vaudeville, parodia, farsa, caja de Pandora, a ese Círculo de tiza como hizo el caucasiano Robert Sturua... El resultado fue la manifestación de entusiasmo que el público de pie, gritando, aplaudiendo, ovacionando, brindó a la compañía que desfilaba por el escenario al son de la música. Desfile que se repetía numerosas veces, que continuó fuera del escenario, en los escaleras del teatro Juárez, donde el público esperaba a los actores pidiéndoles autógrafos.

La única falla de los organizadores fue no repetir la misma función al día siguiente, que pudo doblar el auditorio, sino reemplazarla por otra obra, La madrastra, obra costumbrista goergiana, ya anticuada para la sensibilidad moderna, y que no logró la adhesión que El círculo de tiza.