FICHA TÉCNICA



Título obra Los inocentes

Notas de autoría Henry James / autor de la novela El giro de tornillo; William Archibald / adaptación teatral

Dirección Eduardo Ruiz Saviñon

Elenco Claudia Lavista, Simón Guevara, Lola Beristáin, Marta Aura

Grupos y compañías Teatro de la Universidad

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los inocentes en la Universidad”, en El Día, 15 diciembre 1977, p. 21.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los inocentes en la Universidad

Malkah Rabell

Hoy, reclamado por la literatura inglesa tanto como por la norteamericana, Henry James, ese nieto de irlandeses, nacido en Nueva Inglaterra en 1843, toda su vida se ha sentido un desarraigado; extranjero demasiado refinado en su país de pioneros, y extranjero excesivamente arcaico e inocente en la madre patria. Su cuento breve, escrito en la época de su mayor madurez literaria, por los años 1890: El giro del tornillo, que se presenta en el escenario del teatro de la Universidad, en la adaptación de William Archibald, aúna sus dos idiosincrasias: el misterio de las brumas inglesas, y el sentido moral de un descendiente de los puritanos en el continente americana Sobre todo es un texto escrito por un digno compatriota de Hawthorne de quien James siempre fue un gran admirador, y a quien dedicó un extenso estudio en 1879.

William Archibald ha encontrado el título más apropiado para su dramatización del relato de Henry James: Los inocentes. La inocencia perseguida por el mal, en lucha contra el mal, es alegoría muy frecuente en la creación de James; la seducción que el mundo ejerce sobre la inocencia para corromperla, es el tema central de numerosas obras suyas, dónde por medio de sus protagonistas, hombre, mujer y muchas veces niños, examina el abismo de la corrupción. Pero encontramos también en esta obra presentada actualmente por el Teatro de la Universidad, bajo la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón, algo de la mística de ciertas sectas religiosas tanto en Oriente como en Occidente: la posesión del alma de un ser vivo por el alma de un ser muerto. El alma de un fallecido que no encuentra descanso en el más allá, se introduce en el cuerpo de un ser vivo, quien se transforma en un poseso. Y cuando un exorcista logra ahuyentar el alma maldita del muerto, el "poseso" pierde sus fuerzas y muere a su vez.

No se trata de una obra dramáticamente fuerte, aunque el tema se presta para ello. Más bien nos enfrentamos con una creación "exquisita". Drama que descansa sobre la intervención de dos niños, éstos habrían de ser excelentes actores para insuflar interés al espectáculo. Lo que no es el caso.En especial la niña carece por completo de experiencia. Físicamente deliciosa, Claudia Lavista, en el papel de Flora, posee mucha libertad en el escenario, pero sus largos parlamentos parece recitados por una pequeña máquina para moler palabras. En el papel del otro niño, Miles, el pequeño poseso, a quien domina el ánima de un antiguo sirviente muerto, Simón Guevara se muestra más experimentado, o más talentoso, no lo sé. Sea como fuera, logra imprimir mayor sensibilidad dramática a su personaje de 12 años, y cualquiera de sus escenas con las tres figuras femeninas, ganan en expresividad. He aquí un joven actor que promete.

En el campo de las figuras adultas, el reparto cuenta con Lola Beristáin, hermosa presencia madura, un rostro que inspira confianza, y se comprende que esta ama de llaves extienda sus alas protectoras sobre el pequeño mundo confiada a sus cuidados, en ese castillo misterioso, con sus 34 habitaciones y 160 ventanas, donde rondan los fantasmas, y los infantes no se sabe muy bien si son inocentes involuntariamente dominados por almas corrompidas, e almas corrompidas que tratan de arrastrar a los demás en su juego de ángeles caídos.

El papel central pertenece a la institutriz, la señorita Giddens, otra alma inocente, que no obstante, no puede escapar a la atracción –tal vez sexual– que sobre ella ejerce un niño de 12 años, a quien desea proteger. En esa lucha entre dos sentimientos opuestos: el miedo y la responsabilidad aceptada; el deseo y la ternura, lucha entre cuerpo y ama, entre instinto y razonamiento, Marta Aura, domina su personaje con sus permanentes cambios de estado anímico, y crea una figura sensible, poética, a veces mística.

Cuando el reparto consiste tan sólo de cuatro personajes, es claro que el esfuerzo directivo ha de reducirse sobre todo al manejo de actores. Tarea muy compleja para un director joven como Eduardo Ruiz Saviñón. Las figuras profesionales, como Marta Aura esperan poco de su intervención y encuentran su camino por sus propios conocimientos. En cuanto a los niños, sus directivas no lograron dominar la situación. Sin embargo, resultó una representación disciplinada, respetuosa del autor y del público –y que éste recibió con muchos aplausos–, que contó con apropiados escenografía, vestuario y hermosa música de Mario Lavista.