FICHA TÉCNICA



Título obra La mueca

Autoría Eduardo Pavlovsky

Dirección Jaime Meza

Elenco Víctor Valencia, María Luisa Garza, Alfredo Alfonso

Espacios teatrales Centro de Experimentación Teatral

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los grupos juveniles y La mueca”, en El Día, 11 noviembre 1977, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los grupos juveniles y La mueca

Malkah Rabell

Desde algún tiempo a esta parte, los grupos juveniles de teatro experimental –que a menudo se hallan muy lejos de serlo– van multiplicándose. A veces con ayuda de organismos oficiales, otras veces sin ayuda de nadie, pero siempre aportando más de lo que reciben. He visto alguno que otro espectáculo de esos grupos. Imposible ver todos. Y no encontré ninguno suficientemente maduro como para escribir acerca de su trabajo, sin los suficientes méritos como para presentarse ante el público. Es más bien necesario seguirlos de cerca como movimiento y juzgarlo como tal. Y resulta difícil afirmar si es un movimiento positivo o negativo; si aporta algo al teatro mexicano, si persigue algunas premisas útiles, y si aporta algo a los mismos componentes; si a éstos últimos les crea un nuevo interés en la vida, u ofrece un interés especial a un público juvenil. Aún no sabemos si este movimiento falto de toda unidad y de premisas comunes, les ayuda a buscar un destino a sus seguidores, o les encarrila en un camino sin futuro... Los resultados son todavía una incógnita.

Mas, me tocó ver una representación extraña que atraía y rechazaba a la vez. Un espectáculo debido a un grupo del Centro de Experimentación Teatral, auspiciado por el INBA aunque el Instituto de Bellas Artes sólo les ofrece a todos los grupos de este Centro de Experimentación, una sala y la cartelera, nada más. Todo el resto corre por cuenta de los interesados. Se trataba de una puesta en escena debida a un joven director, de maestro de teatro en una preparatoria, realizada con una obra de autor argentino, Eduardo Pavlovsky: La mueca. No sé si esta obra sirvió de base para el guión. de una película –no recuerdo si americana o inglesa– Pent house, o si dicho film le inspiró la obra al autor de La mueca. Pero ambos, film y pieza, se parecen como una gota de vino a otra gota de vino aunque sean de marcas distintas. Un texto que demuestra hasta qué punto los jóvenes, tanto en el escenario como en el público, se ven atraídos por la violencia y por el sexo, aunque pretendan emplearlos como arma de crítica, como reflejo del mundo violento en que vivimos. En cierto modo es un reflejo de verdad, ya que sólo en una sociedad en plena descomposición se puede dar el caso de que tales textos se escriban y que encuentren oídos benévolos. Violencia en un callejón sin salida, que pretende reflejar un estado de cosas, y a su vez inspira la violencia a un público juvenil que la goza.... ¡Porque la goza!

Mas, he aquí el fenómeno estético de esta representación realizada sin mayores medios económicos ni artísticos, sin contar con actores de experiencia, algunos por primera vez en el escenario. Un joven director, Jaime Meza, logró con este texto truculento, un espectáculo casi perfecto desde el principio hasta el final con el ambiente, el ritmo, la musicalización y las luces apropiados. Estos cuatro personajes de homosexuales enloquecidos, que pretenden torturar a gente desconocida por el simple placer de ver cómo reaccionan, y se creen por ello artistas y moralistas, papeles extremadamente difíciles y complejos hasta para intérpretes con mucho oficio, han sido interpretados por cuatro actores jóvenes entre quienes sólo Víctor Valencia tiene cierta experiencia. Y lo han llevado a cabo con una disciplina, con una obediencia a la mano directiva y a las necesidades colectivas, que llegaron hasta el final sin, o casi, sin mayores tropiezos, Lo mismo sucedió con los complejos protagonistas del matrimonio que sirve a esta banda de locos de conejillos de India: María Luisa Garza y Alfredo Alfonso.

La obra logra llevar al público a la máxima tensión emotiva, para, precisamente en el momento cuando los nervios están a punto de estallar, presentar el suspiro de alivio, ante la violenta reacción de la víctima, que se rebela, sin saber que su torturador acepta el castigo por masoquismo. Y aunque la "moraleja" o la "filosofía" del final me convencieron muy poco, tuve que admitir su habilidad por crear una unidad de acción con su final apropiado. Y yo que quise irme al terminar el primer acto, y me quedé por puro azar, me encontré, ante mi propia sorpresa, aplaudiendo a rabiar cuando las luces apagadas dieron la serial del "Fin".