FICHA TÉCNICA



Título obra El avaro

Autoría Jean Baptite Poquelin Moliére

Dirección Miguel Sabido

Elenco Ignacio López Tarso, Graciela Nájera, Fernando Luján, Julieta Egurrola, Adrián Ramos, Silvia Mariscal

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El avaro, en el Teatro de la Nación”, en El Día, 7 octubre 1977, p. 26.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El avaro en el Teatro de la Nación

Malkah Rabell

Es casi tan difícil para las compañías ajenas al teatro francés reproducir las "maneras" molierescas y la idiosincrasia de su época, como para las compañías francesas resulta difícil reflejar el "alma. rusa" de un Chéjov, un Gorki o un Dostoyevsky. Cada vez que en México alguna compañía, ya oficial o independiente, profesional o aficionada, universitaria o no, ha tratado de enfrentarse con un texto de Moliere, el fracaso fue notorio, a menos que hiciera –como en el caso de Germán Castillo al dirigir La escuela de las mujeres para la UNAM– una transposición del ambiente clásico a nuestro tiempo en México. El Teatro de la Nación no llega a tanto, ya que su línea artística tiende a presentar en el Hidalgo sus espectáculos clásicos. Pero Miguel Sabido, el director de escena, para romper el embrujo de la Comedie Francaise, la más especializada en Moliére, le impuso al texto de El avaro, una renovación muy graciosa, aunque no del todo original; ya Louis Jouvet, le dió; a uno de sus montajes del gran comediógrafo del Rey Sol, la escenografía de una cajita de música. Si no me equivoco fue en su puesta en escena de La escuela de maridos.

Pues, he aquí que Miguel Sabido metamorfosea la rigidez clásica del siglo XVII, con su alud de encajes y sus pelucas rizadas que llegaban hasta el pecho, podría decirse en un juego rococó del siglo XVIII; y del reino de Louis XIV. nos transporta al de Louis XV –¿o me equivoco en cuanto a las intenciones del director?–. No obstante, parece confirmárnoslo ese reloj lleno de angelitos del cual salen al son de una música elegida por Luis Rivero, unos personajes con pelucas blancas –moda ya del tiempo de madame Pompadour– y trajes del mismo color bordados de un jardín de flores. Y aun cuando se nos hace casi imposible creer que los domésticos de maese Harpagón usen blancas pelucas y tan lujosos atuendos, en tanto su amo lleve remendada y sucia vestimenta, gustosos lo admitirnos en aras de ese juego rococó de un reloj musical que renueva el ambiente de la obra. Y semejante escenografía sigue imponiendo sus innovaciones al texto y hasta al espíritu de la obra, cuando el escenario giratorio, al cambiar de posición, nos muestra el interior del reloj donde permanecen inmovilizados los protagonistas entre cables y maquinaria compleja, como si tratárase del interior de los mismos personajes con su enrevesada maquinaria anímica.

Si bien al principio se hacía tarea ardua acostumbrar el oído a las voces de un reparto tan poco "Casa de Moliére", muy pronto nos conquistaron. Y antes de que concluyera el primer acto ya nos estábamos riendo a carcajadas, sobre todo en las últimas escenas de la comedia, cuando suceden todos los habituales milagros del teatro cómico de la época: el padre descubre el paradero de sus hijos perdidos; la hermana encuentra al hermano... y Harpagón recupera su "cofrecito". Ignacio López Tarso, a quien más bien imaginamos como inglés y no como francés, se ganó todas las palmas en la caracterización del complejo personaje, venciendo sus ridiculeces y aunando la risa al llanto, lo dramático a lo cómico. Sobre todo llegó a lo magistral, en la escena más bien dramática del "cofrecito", cuando, víctima de su propio hijo, quien le roba su "tesoro", su alma de avaro, aislada del mundo entero por su morbosa pasión por las monedas de oro, encuentra acentos conmovedores para llorar su fortuna perdida, como si tratárase de un ser querido, el único a quien ama.

Del grupo heterogéneo de actores, a quienes logró unificar la mano del director, se destacaron: Graciela Nájera, en el gracioso papel de la celestina Fronisa; Fernando Luján, en Valerio, el enamorado de la hija de Harpagón; Julieta Egurrola, actriz nueva que tiene buena voz y clara dicción; Adrián Ramos en el sirviente La Fleche con don cómico, y Silvia Mariscal como Mariana, la enamorada del hijo del Avaro, excelente.

Extraña ver tantos "avaros" en una sola temporada: El mercader de Venecia, Volpone, y ahora Harpagón, pero a decir verdad, es este personaje de Moliére, bajo la dirección de Miguel Sabido, que se nos hace el más acertado, el más medido y el mejor representado escénicamente en un espectáculo de muchos valores.