FICHA TÉCNICA



Título obra La gran Revolución

Autoría Jaime Augusto Shelley

Dirección Luis de Tavira

Elenco José Luis Cruz, Joaquín Garrido, Socorro Cancino

Escenografía José de Santiago y Vlady

Notas de Música Luis Rivero / director concertador

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Teatro Universitario: La gran Revolución”, en El Día, 1 septiembre 1977, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Teatro Universitario: La gran Revolución

Malkah Rabell

Un poeta mexicano, con el muy británico apellido del gran vate romántico, Shelley, a quien sólo identifican los patronímicos: Jaime Augusto en lugar de Percy Byssbe, presenta en el teatro de la UNAM, una obra dramática en 3 actos y 2 intermedios, sobre la Gran Revolución francesa de 1789. Y con todos estos elementos heterogéneos, obtiene el más homogéneo de los espectáculos dirigido por Luis de Tavira. Y Tavira que desde hace varios años nos tiene acostumbrados a los espectáculos de un vanguardismo esotérico, donde el misticismo se aúna al desnudismo mesiánico, de pronto se lanza por un camino novedoso, y nos ofrece una representación revolucionaria en todo los sentidos: artística y políticamente. Porque esta "Gran Revolución", donde Francia abrió las puertas que Inglaterra aún dejó cerradas –después de haber sido la primera en decapitar a un rey y anular el absolutismo de la realeza– es también la revolución que en todas partes puede repetirse: la revolución del pueblo que busca pan aunque grite libertad Y en el escenario que montó Shelley-Tavira, se repiten los problemas, las tragedias los episodios horrendos o grandiosos, que se pueden encontrar en todas las revoluciones del mundo, y sobre todo en la Revolución Mexicana, y hasta en los acontecimientos actuales: la inflación, la burguesía que se enriquece, que esconde los alimentos, que deja de ser revolucionaria porque ya alcanzó sus metas personales. Y el pueblo que ha luchado, que perdió su sangre queda relegado, postergado, reducido a la nada, igual que antes. Y ayer, como hoy, como mañana, como siempre, la lucha es sobre todo por el pan, o como André Maurois lo dice en una de sus novelas, donde al reproducir un manifiesto de 1848, en una sola frase asienta toda una política: "Pan a 20 centavos, o la República"

Tanto el autor como el director han tratado de mostrar el lado popular de la Revolución Francesa, con sus "Marianas" de gorro frigio y la cocarda tricolor; sus "Sans_culottes", sus "Tricoteuses" sentadas en los clubes jacobinos tejiendo mientras escuchaban caer las sentencias de muerte; con sus canciones políticas, de "protesta": "Ah, ça ira, ça ira, tous les bourgeois a la lanterne", o “Madame Veto avait promis". Sería muy difícil asegurar si Shelley-Tavira tienen simpatía por los jacobinos o por los girondinos, per Marat, Robespierre o Dantón, y en general si tienen simpatía o antipatía por la revolución de 1789 y por todas las que la siguieron. Con el correr del tiempo, las miradas se vuelven demasiado objetivas para seguir siendo maniqueistas. La obra abunda en simbolismos a largo plazo, en sugerencias, en escenas positivas y negativas, en horrendas y aleccionadoras. Luis de Tavira como Saint-Just hace su primera aparición en un traje contemporáneo, que subraya la actualidad de las actitudes, de las teorías y de los sucesos.

Y con todos esos episodios, que sólo tienen entre sí la unidad de una época ensangrentada, a la vez grandiosa y terrible, Tavira logra un permanente impacto dramático. Desde la escena de la "Justicia", que trata de echar la culpabilidad del descuartizamiento de la princesa Lambelle –casos que se repetían a diario en las calles del París de 1789–, a un pobre diablo, cuando era debido a ese ser colectivo anónimo donde nadie es inocente y nadie es culpable, que se llama multitud; hasta la última escena cuando una mendiga sin piernas da una entusiasmada imagen de la nueva situación francesa bajo el imperio de Napoleón I, cuando las clases privilegiadas "son tan generosas", todos esos episodios sacuden, impactan, mantienen al público en una permanente tensión nerviosa. La tensión ambiental lo ayuda a sostener la hermosa música concertada por Luis Rivero, y la dramáticamente funcional escenografía formada por poquísimos elementos, de José de Santiago y Vlady. Y aunque el grupo de actores resulta excesivamente breve para la multiplicidad de personajes, no podemos mencionar a todos, precisamente por ese colorístico desfile de tipos, de escenas colectivas y de hallazgos sorprendentes. Sólo tres nombres, tres figuras se me han grabado en la mente: José Luis Cruz como Marat, Joaquín Garrido como Robespierre y Socorro Cancino como la mendiga que termina la obra en una escena de auténtica originalidad.

Una representación inteligente, dinámica y emotiva, que merece ser vista.