FICHA TÉCNICA



Título obra Ifigenia en Áulide

Autoría Eurípides

Dirección José Solé

Elenco Rafael LLamas, Lilia Aragón, Laura Zapata, Roberto Rivera, Guillermo Aguilar, Raymundo Capetillo

Coreografía Julio Prieto

Música Leonardo Velázquez

Espacios teatrales Teatro de la Ciudad

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Las 100 representaciones de Ifigenia en Áulide”, en El Día,15 julio 1977, p. 28.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Las 100 representaciones de Ifigenia en Áulide

Malkah Rabell

Uno de los más hermosos y más perfectos espectáculos que hemos presenciado en mucho tiempo en México, llegó a las 100 representaciones. Y aunque esperábamos verlo llegar a las 200, nos anuncian ya su final de temporada. Nuestro público ni está interesado, ni acostumbrado al repertorio clásico. Sobre todo no está atraído por una representación clásica donde el director trata de llevar la voz de la tragedia helénica a una dimensión más humana, a un nivel de los "mortales", ajenos a los "olímpicos" énfasis, a los cuales nuestros espectadores aún permanecen adictos.

Con la versión del doctor Pablo de Ballester, el director de escena José Solé pudo dar mayor agilidad a todo el montaje, sobre todo al suprimir el lento y prolongado final, donde Eurípides con una extraña semejanza con el episodio bíblico de Abraham e Isaac, también salva en el último momento de las iras divinas a la víctima propiciatoria que ha de ser sacrificada en el altar de Artemis, por exigencias de la diosa. Pero en la tragedia el milagro no llega a salvar la vida de Ifigenia, la hija de Agamenón. Es la sangre de una cierva que salpica los altares, pero la joven sacrificada no recupera su existencia terrenal. Aunque Agamenón sabe mucho mejor que el primitivo Abraham, que detrás de la muerte de su vástago, no se encuentra la voluntad de Dios sino la de sus soldados.

El programa de mano, da una explicación "política" y actualizada de esta Ifigenia en Áulide, imposible de mejorar, y prefiero reproducirla tal cual: "en el relato euripideo del último sacrificio humano entre los griegos, el gran dramaturgo expone las verdaderas motivaciones de la famosa expedición a Troya y descubre valientemente el sustrato de siniestros intereses e inconfesables pasiones que yacían bajo los pretendidos ideales de raza, patria y honor. Eurípides se entrega en esta obra a una crítica tan acerba como apasionada de la demagogia política, del fanatismo religioso y de lo inhumano de la guerra, con acentos tan profundos, alusiones tan audaces y valor civil tan temerario que no han sido superados, ni siquiera igualados, hasta nuestros días".

En la puesta escénica de José Solé, la dimensión dramática humana lo captan y trasmiten espléndidamente los actores. Meche Pascual en el papel de Clitemnestra, adquiere acentos de madre indignada desesperada y rebelde que logra convencer como cualquier ser contemporáneo. Rafael Llamas, como Agamenón, es el padre que se opone al guerrero, al político ambicioso; el hombre desgarrado entre el deber de jefe y su ternura paterna. Lilia Aragón, con esta su voz grave, de contralto, y su bello rostro poco común, no tiene dificultad alguna para ofrecer la visión de una sacerdotisa, o de la diosa misma. En cuanto a Laura Zapata, una joven actriz que aún tiene muy pocas tablas, ha logrado emocionar en el papel de la hija de Agamenón. La mano del director se sentía en cada uno de sus gestos y actitudes, que ella reproducía con una frescura, con una espontaneidad y una fuerza dramática maravillosa ajenas a toda rutina. Roberto Rivera adquirió mucha más seguridad en su papel de anciano esclavo desde la noche del estreno que presencié en Guanajuato. Igual le sucede a Guillermo Aguilar en el papel de Menelao. El único que aún deja mucho que desear es Raymundo Capetillo como Aquiles.

Pero lo más bello fue la plasticidad de todo el conjunto, que subrayaban los trajes, diseñados por el mismo José Solé, basándose en algunos dibujos de Julio Prieto. Trajes que con mucha libertad a veces se tornaban primitivos, por las pieles que los hambres llevaban a manera de capas, y otras veces sugerían el Oriente, por los bordados de oro y plata y los accesorios de iguales metales, que ostentaban sobre todo las figuras femeninas, tanto Clitemnestra, con su aspecto de ícono, como el coro y la sacerdotisa coro femenino –estos coros que siempre han sido el don de José Solé– ha sido de una especial belleza, llevando en la gravedad de sus voces la música de una sinfonía, una extraña sinfonía que acompañaba la partitura de Leonardo Velázquez, y donde se mezclaban los misteriosos sones de unos instrumentos primitivos.

Mas, lo que faltó durante el estreno presentado en Guanajuato, fue la escenografía, tomada por el director de un diseño que Julio Prieto realizó para Electra y que nunca fue empleado. Una escenografía de una extraña sugestión, con su espejo cóncavo que en ciertos momentos aparecía en el "cielo del Olimpo" para reflejar las miserias de la tierra. Esa póstuma escenografía del artista recién fallecido, era el último toque que faltaba en el estreno nacional de Guanajuato.