FICHA TÉCNICA



Título obra Pluto

Autoría Aristófanes

Notas de autoría Héctor Mendoza / adaptación

Dirección Rubén Yáñez

Vestuario Mario Galup

Grupos y compañías El Galpón

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Pluto con El Galpón de Uruguay”, en El Día, 1 julio 1977, p. 26.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Pluto con El Galpón de Uruguay

Malkah Rabell

En Guanajuato, donde se presentó en el teatro De las Minas, no pude verlo a ese conjunto uruguayo exiliado en México desde hace más de un año, con todo su equipaje profesional. Faltaban tiempo y fuerzas para asistir a todos los eventos, y el espectador apurado sacrificaba todas aquellas manifestaciones artísticas que pensaba reencontrar a la vuelta en la capital.

Así que su actual montaje de Pluto no lo vi en el Festival, donde hasta hubo un crítico destacado que los consideró lo mejor del Cervantino. No llegaré a tanto. Mas, por igual que en su anterior puesta en escena, Un hombre es un hombre, de Brecht, también en este aristofanesco Pluto, El Galpón se mostró extremadamente serio y profesional. No sé si el montaje de su director Rubén Yáñez se puede llamar adaptación, ya que el director permanece estrictamente fiel al texto original así como a las ideas de su autor. Ideas que parecen de nuestro tiempo, con ese tono de discurso político moderno, de ironía irrespetuosa para con los dioses, y de mordacidad contra la indecencia de los poderosos. Actitud que al comediógrafo griego le ha sido propia. Pero en este caso, el lenguaje aristofanesco nos deja sorprendidos por su novedoso comedido, casi ajeno a sus habituales obscenidades (ante las cuales el verbo de Moliére se hace él de un santo varón). Por lo menos así parece en el primer acto, Mas, se desquita en el segundo, cuando se acoge a todas las licencias que tanto su tiempo como su genio le brindaban en este campo, y le da al esclavo Carión una libertad de relato que a nuestros oídos modernos –sin, embargo acostumbrados a no pocos desmanes– no deja de chocar.

Adaptación o no, Rubén Yáñez demuestra su acostumbrada inteligencia y erudición en el manejo de esta alegoría. del Dios de la Riqueza, Pluto, quien decide cambiar de campo y entregar sus bienes a tos pobres, en tanto los ricos empiezan a experimentar en carne propia las consecuencias tan "dulces" de tener que ganarse el sustento diario a base del trabajo. Encontró una serie de espléndidos hallazgos, desde la primera escena cuando el coro de esclavos labra la tierra, hasta esos elementos que se me, antojan de influencia japonesa, como la aparición del dios ciego, Pluto, envuelto en un mísero hábito, que semeja una extraña fortaleza móvil, con todos sus miembros fuera el lugar correspondiente, como torturados. Figura que me recuerda el teatro kabuki, como asimismo me lo recuerda la figura alegórica de la Pobreza, con su máscara blanca, su pelo verde, su túnica negra y sus movimientos de danza. Otros hallazgos acertados son esas máscaras de oro en el rostro de los dioses, las sombras chinescas detrás de la puerta del templo, la iluminación de esa misma puerta a cada reminiscencia de alguna deidad, y la sobria, apena sugerida con algunos rasgos, escenografía de ese templo, de sus escaleras, de la torre del atalaya, así como la vivienda del honesto "hombre libre" tan pobre corno su esclavo, pero no obstante dueño de un esclavo: "porque la fortuna no nos permite disponer de este cuerpo, que es nuestro, y muy nuestro, y se lo da al que lo ha comprado". Escenografía y vestuario debidos a Mario Galup cuyo nombre difícilmente se puede disociar de él de Rubén Yáñez.

Todo el conjunto de El Galpón responde a una disciplina férrea. Es a todas luces visible que no había pelo en las pelucas, ni una hoja en los inexistentes árboles que pudiera moverse sin las expresas órdenes del director. Hasta –diría yo– que era excesiva esa seriedad y disciplina, que impedía a los actores cualquier espontaneidad y les daba un tono de "amaestrados", surgidos de una excelente escuela de técnica corporal pero absolutamente faltos de creación propia, que siempre hablaban con igual entonación. Durante los primeros 60 minutos todo era interesante en extremo, pero al cabo de una hora, el espectáculo empezaba a prolongarse, a cansar. Se dejaba sentir la falta de aire libre, de frescura, de espontaneidad. Probablemente no le haría daño a la representación la supresión de algunas escenas superfluas, y sobre todo excesivamente locales, demasiado situadas en el Cono Sur de América. Como la escena de la vieja con el gigoló de acento rioplantense. Esto en México nada significa ni hace reír a nadie. Como nada significan para nosotros los localismos y los nombres propios como Patroclo, que empleaba Aristófanes.

Lo hermoso y lo perdurable, lo serio e instructivo de esta puesta en escena es que Rubén Yáñez, sin llegar, por fortuna, a los extremos de transformar la farsa de Aristófanes en algo que ni el mismo autor hubiera reconocido –como suelen hacer los llamados directores de la "vanguardia"– le da a toda la puesta un tono de actualidad, y aunque se mantenga fiel al texto, salvo mínimos cambios, la obra nos suena muy cercana, muy de nuestro tiempo.