FICHA TÉCNICA



Título obra Doña Belarda de Francia

Autoría Héctor Azar

Dirección Héctor Azar

Elenco Martha Ofelia Galindo, María del Carmen Farías, Selma Beraud, Carlos de Pedro, Enrique Alarcón, Mario Belandro, César Arias

Espacios teatrales Teatro CADAC Espacio 15

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Doña Belarda de Francia en el CADAC”, en El Día, 24 marzo 1977, p. 26.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Doña Belarda de Francia en el CADAC

Malkah Rabell

A decir verdad, entender, lo que se llama entender, pues no; no llegué a tanto. Sería fácil inventar interpretaciones fantasiosas. Mas, ¿para qué? ¿Necesita lo bello explicaciones? ¿Es menester aplicarle largas y fastidiosas moralejas a esta "farsa renacentista y antipoética"? ¿Y acaso Héctor Azar, su autor, trató de expresar algún pensamiento profundo, subterráneo y hermético a través de las andanzas amorosas de su heroína, doña Belarda de Francia? Andanzas encerradas en una cama muy concurrida. ¿No dejó más bien correr la mano movido por una especie de escritura mecánica, abandonándose a la música de las palabras, al ritmo de las imágenes, arrastrada su imaginación por las historias medievales de caballeros andantes –de 1520 o de 1977– y por las lecciones de literatura francesa y española renacentistas y barrocas? Arrastrada su imaginación por las rutas de España: "... que mi reina –Juana la Loca no ensancha – por el camino a Toledo – punto contrario a la Mancha" donde "hay un castillo de plata – adarme de piedra falsa – grandes prados soberanos y mucha gente en holganza". De un poeta rara vez se espera el pensamiento o el "tema". Se busca la música de su verso. Y en ese breve párrafo citado hay todo un mundo poético con raíces en la infancia; caminos donde andaba –donde anda– Don Quijote, aunque sea contrario "a la Mancha"; un mundo de hadas, en ese "castillo de plata" con "adarme de piedra falsa", todo un mundo para interpretación de sicoanalista o de psicólogo; un mundo de teatro.

Y he aquí que ese mundo de teatro pasó de las páginas escritas a una sala estilo isabelino, y bajo la dirección igualmente de Héctor Azar, Doña Belarda de Francia, que había de ser "alta y enteca" con un "porte dignísimo y un elegantísimo atavío" se volvió bajita y rechoncha, vestida de ... ¿cómo decirlo– ... de pensionista de "casa mala", en paños menores fin de siglo XIX.Y para nuestra mayor sorpresa, Martha Ofelia Galindo, así ataviada, resultó encantadora, ni siquiera cómica, ella que tanto sentido del humor y don de la comicidad tiene. A veces hasta llegaba a la dramaticidad, con un leve cambio de voz, con el simple manejo de los tonos. Porque todo este grupo profesional del CADAC Espacio 15, Martha Ofelia Galindo, María del Carmen Farías, Selma Beraud, Carlos de Pedro, Enrique Alarcón, Mario Belandro y César Arias –destacándose Carlos de Pedro por una fuerza dramática y un temperamento que no le conocía–, pues todo este grupo maneja espléndidamente las voces y saben decir el verso con emoción interior.

No, a decir verdad no entendí yo muy bien esta historia de Doña Belarda de Francia, con sus tres caballeros andantes, que como en los cuentos de hadas se van transformando en animales heráldicos: un azor, un ciervo y mastín, para que de noche, para el banquete de amor, recuperar su fisionomía humana, la del Caballero Amadís, la del Caballero Cifar y la del Caballero Olivante. Un relator, antes de iniciarse la acción, nos da una explicación "filosófica", que muy pronto se nos escapa de la memoria, y volvemos a quedarnos desnudos ante el texto, sólo armados de nuestra sensibilidad. Y ésta vibra ante lo sugestivo de las imágenes, ante el ritmo del espectáculo, ante un verso de repente dramático, o ante la belleza de esas máscaras de hombres-bestias.

Cuando el dúo entre el escudero y el hada Elisena cierra esta "farsa antipoética" con sus últimas estrofas: "Vestida con las galas del amor; – Esa interminable y sofocante maldición; – Durante los luengos siglos de vida que padeció – En ruinas, ruinas de amor – murió vieja y sin dejar descendencia – de varón", cuando el dúo termina y la luz se apaga, quedamos silenciosos por dentro, silenciosos y muy humildes y como extrañados y solitarios, ante una sala que aplaude emocionada.