FICHA TÉCNICA



Título obra Frankenstein

Notas de autoría Mary Shelley / autora de la novela homónima; Abraham Oceransky / adaptación teatral

Dirección Abraham Oceransky

Elenco Abraham Oceransky, Juan Antonio, Luis Muriel, Martín Lasalle, Horacio Salinas

Espacios teatrales Teatro Ofelia

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Frankenstein visto por Abraham Oceransky”, en El Día, 10 marzo 1977, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Frankenstein visto por Abraham Oceransky

Malkah Rabell

Ni Henry Frankenstein, ni su monstruo de cal y piedra, con cerebro humano, nacieron en Hollywood como muchos tienden a creer. Ambos son hijos de la vieja Inglaterra y de su literatura de terror, engendrados en la tercera década del siglo XIX por una escritora, María Wollstonecraft Goldwin, cuyo mayor mérito fue el de ser la esposa de uno de los máximos poetas de su tiempo: Shelley. La amistad de Shelley con Byron, y el interés de éste por los cuentos de aparecidos, animó a María Goldwin a dar comienzo a Frankenstein todavía en 1814, mientras la pareja se encontraba en Suiza. Fue después de la trágica y prematura muerte de su esposo en Italia, en 1822, cuando María regresó a Inglaterra y se entregó de lleno a las faenas literarias, dejando como único recuerdo de su paso por las letras a su Frankenstein. El fantástico "robot" ha servido a múltiples causas: como inspiración de poetas, novelistas y guionistas de cine para crear otros monstruos, y hasta sospecho que el "Golem" tenga raíces en el coloso inventado por María Shelley. También fue utilizado como símbolo político, social o síquico, ya por unos, ya por otros.

Ahora el joven director Abrahamm Oceransky dio vida dramática al antiguo relato y lo llevó a escena en el teatro Ofelia. Si no me equivoco hay en su interpretación del texto como una tendencia a simbolizar con esta historia el peligro que acecha al hombre que usurpa las facultades divinas y juega con la creación más allá de las posibilidades humanas. Oceransky hizo del doctor Henry Frankenstein una especie de "aprendiz de brujo" incapaz de dominar su propia criatura, quedando destrozado por ésta. Al igual como nuestros sabios modernos han puesto en marcha una maquinaria cuyo control escapó de sus manos y lleva al mundo al desastre. Hay muchas otras intenciones en esta versión de Frankenstein. Pero Oceransky que lucha por ser un hombre de teatro completo, con todos los atributos de un creador, es a su vez director de escena, y éste a menudo desplaza al dramaturgo. Y el mayor interés del espectáculo reside en su montaje.

Un montaje que nada tiene de los lujos que a menudo pretenden deslumbrar y esconder la vaciedad de ciertas representaciones comerciales. Un espectáculo hecho con centavos, donde la imaginación y la creatividad reemplazan las ausencias económicas. El entusiasmo del equipo lo hace todo, desde coser el vestuario hasta manejar las luces, y si la escenografía es pobre, ciertos detalles sonorizados, la música, ciertos elementos movibles y sobre todo las luces, conquistan al público con su permanente sugestión. Desde luego, a veces la falta de actores experimentados deja un hueco sensible. Juan Antonio, como Frankenstein, no da la medida, siendo el único actor que impone el oficio Martín Lasalle como el doctor Waldman. También llama la atención la muy interesante caracterización de Freak, el ayudante desequilibrado de Frankenstein, que hace Luisa Muriel. Ha ganado mucho como intérprete desde Acto de amor y ojalá logre conservarlos en papeles menos llamativos. Horacio Salinas como el monstruo, casi no tiene texto y su actuación es más bien corporal.. Empero, no son las actuaciones individuales que interesan en esta puesta en escena, sino el conjunto, y son las escenas colectivas que dan toda la medida de la dirección. La especie de danza en que se convierte la aparición de los dos "policías" llegados para rescatar a las víctimas del monstruo desatado, y quienes a su vez desatan la violencia, la maldad y el abuso de autoridad, es el episodio que domina el espectáculo con su plasticidad y su dramatismo, y permanece vivo en el recuerdo del espectador. Otra escena muy sugestiva es la final, la que cierra la representación, cuando los perseguidores acorralan al "monstruo" perseguido, y el foro se llena de fuegos que bailan en medio de la oscuridad y parecen fuegos fatuos.

Sería ardua tarea mencionar todos los detalles gratos, todos los pormenores logrados, que se nos quedaron grabados. Se trata de una representación creativa, llevada a cabo con imaginación y amor. Que vale la pena ver y que demuestra cuan falso es el convencimiento de que sólo el dinero puede salvar el teatro. Si bien es cierto que el teatro necesita dinero, y mucho, éste sólo no es capaz de reemplazar la creatividad, el talento y la entrega de un grupo de actores encabezado por un director dinámico, como lo es el conjunto que actúa en el Ofelia.