FICHA TÉCNICA



Título obra Hombre Prometeo

Notas de autoría Esquilo / autor de Prometeo encadenado; Rodolfo Valencia / adaptación

Dirección Rodolfo Valencia

Elenco Rodolfo Valencia, Eduardo Cassab, Jorge Santoyana, Isabel Quintanar

Escenografía Alejandro Luna

Vestuario Fiona Alexander

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Prometeo dejó de ser Dios”, en El Día, 7 marzo 1977, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Prometeo dejó de ser Dios

Malkah Rabell

Difícil resulta de este Hombre Prometeo hacer el resumen, sin tener el texto a la vista. Excesivos son los conceptos vertidos, las imágenes creadas, las ideas emitidas o sugeridas al vuelo que en una nueva visión de Prometeo basada en la tragedia de Esquilo, Prometeo encadenado reunió Rodolfo Valencia, autor y director de escena. Según dice Angel María Garibay, traductor directo del griego al español de esta tragedia: "el argumento viene de lejos. Es uno de los mitos que hallamos como fondo de las creencias de los pueblos indoeuropeos aún antes de dividirse. Un dios o semidios, compadecido de los hombres, da a éstos la clave de todos los progresos. Les comunica el fuego padre de vida y técnica, les enseña el principio de todos los artificios y artesanías. Los dioses mayores lo castigan... Zeus manda encadenar a la roca a Prometeo... La antigüedad cristiana creyó ver un atisbo de la redención y en este héroe una figura de Cristo".

Rodolfo Valencia vio en él al hombre, el contemporáneo y el de todos los tiempos, un espécimen de hombre bastante raro: el combatiente revolucionario, dispuesto a dar la vida en aras de un futuro bienestar de la humanidad, dispuesto a sacrificarse por los desheredados y los humillados, de quienes ni Zeus ni nadie "la mínima cuenta hacen".

Valencia dividió a Prometeo en tres figuras distintas. Al primero lo basó directamente en el texto de Esquilo: Prometeo encadenado. Los otros dos quizá sean influenciados por las tragedias cuyos originales han desaparecido y sólo los títulos revelan su antigua existencia: Prometeo portafuegos y Prometeo liberado, que en su tiempo tal vez formaban con el primero una trilogía.

Cada uno de estos "Prometeos" simboliza al combatiente revolucionario de tiempos diversos y quienes por igual pagan su entrega del "fuego" a los "mortales", a quienes "sólo viven unos días", con su propia sangre, con torturas y sufrimientos: "doblegados en este tormento, tremendo de soportar". Zeus, los nazis o los "gobiernos gorilas", tiranos bajo una y otra denominación, bajo una y otra máscara, han empleado y siguen empleando la tortura del ser humano, ya física ya moral, para destrozar su resistencia, para doblegar su dignidad y transformarlo en guiñapo.

Para demostrarnos "...por qué la tortura de un ser humano por otro debe ser impensable" Valencia encontró imágenes que dejaban palpitante, con los nervios destrozados, al espectador. Antonin Artaud hablaba de crueldad para sacudir al auditorio, quizá se refería a esta clase de espectáculos. La crueldad para hacérnosla odiosa, para reaccionar contra ella por el rechazo.

Desde la creación del ambiente entre esas paredes desnudas de texturas grises, donde los únicos "adornos" son las cadenas y los instrumentos de tortura –escenografía debida a Alejandro Luna– hasta el vestuario con los fantásticos trajes de militares de extrañas regiones, junto a los "tradicionales" S.S. (vestuario debido a Fiona Alexander), con la no menos extraña y fantasiosa coreografía de esos militares-torturadores, robots más que seres humanos, todo ello creaba la atmósfera, más que de tragedia, de una trágica, desgarradora y sádica farsa humana.

Los tres "Prometeos", Rodolfo Valencia, Eduardo Cassab y Jorge Santoyana, los tres excelentes dentro del marco de sus respectivos personajes. Isabel Quintanar, que sugiere a la mujer en sí, la de todos los tiempos, el eterno femenino, desde Io, la hija de Inaco hasta la muchacha rebelde de 1968, sin hacer cambio ninguno en su vestuario ni en el maquillaje, cambiaba de carácter por la interpretación. La única escena que no me agradó y me despertó de la terrible tensión en que me tenía –como a todo el público– sumergida la representación, fue la del Prometeo liberado de las cadenas, y a la vez de la ropa, que junto con su compañera, desnuda, emprenden el camino del futuro. Se me hace un espectáculo demasiado serio, demasiado preocupado por los valores fundamentales para permitirse esa concesión a la moda. Quizá ni el director ni su equipo se han propuesto caer en tal concesión. Pero el abuso que en estos últimos tiempos se ha hecho del desnudismo, de la pornografía y hasta de la erótica, nos induce a rechazar cualquier actitud que se le asemeje.

Fuera de este minúsculo lunar, se trata de un espectáculo perfecto, desgarrador, emocional e intelectual a la vez, donde Prometeo deja de ser Dios para ser algo más grande: el Hombre.