FICHA TÉCNICA



Título obra Hermano del alma

Notas de autoría Blanca Peña / idea original

Dirección Julio Castillo

Elenco Rebeca, Humberto Cravioto, Daniel Riolobos, Mercedes Carreño (Meche) Kiko y Karlo

Escenografía Julio Castillo

Coreografía Ricardo Luna

Espacios teatrales Teatro Blanquita

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Julio Castillo conquista al público del Blanquita con un arte nuevo”, en El Día, 6 febrero 1977, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Julio Castillo conquista al público del Blanquita con un arte nuevo

Malkah Rabell

No es nada fácil conquistar a un público de 2 mil 500 personas, que se reúne dos veces al día; un público acostumbrado a chistes gruesos, al ruido de baterías y guitarras eléctricas, duplicado, triplicado, multiplicado por los alto parlantes y los micrófonos, absolutamente inútiles; una asistencia acostumbrada a las vedettes, que platican con los espectadores para agradecerles los "chiflidos", y a todos los participantes de la revista que hacen de esa plática con el espectador un género muy mediocre, pues la conversación se limita a tres o cuatro frases aprendidas en el transcurso de la carrera. Para darme cuenta del "ambiente tradicional", hube de asistir a la primera parte, la del payaso que imita la voz de un niño, la del grupo de cantantes de rock, la de las hermanitas que acompañan con guitarras. Era la primera vez que asistía al Blanquita y no le veía ninguna diferencia entre ésta y otras revistas musicales de hace muchos años atrás en el Follies o en el Lírico, salvo que en aquella época contaban las revistas con cómicos de la capacidad de un Cantinflas o de un Soto. Personalmente las revistas musicales siempre me han aburrido. Y después de tener los tímpanos reventados por tanto ruido, esperaba la segunda parte, la que correspondía a la dirección de Julio Castillo, con un miedo infinito. ¿Qué habrá hecho Julio en estas condiciones y en este ambiente?

Bajo el título: Hermano del alma, la revista musical tenía una unidad temática. Basada en la música de Agustín Lara, trataba de reflejar una época de México, de las décadas 20 y 40. Entretejiendo música y política, la intención de la puesta en escena era darnos a través de las melodías de Lara, la sugestión de un estado de espíritu de un país y de un pueblo. El programa se inició con una coreografía de una elegancia que más bien nos recordaba las películas de Hollywood de temas revisteras, tan de moda por aquellos años. Ninguna de nuestras revistas locales ofrecía semejante elegancia. Mas, poco a poco se iban introduciendo elementos mexicanos, según los temas del popular, compositor, esos elementos mexicanos que tan caros le son a Julio Castillo y le hacen decir: "Encontré mis raíces". Y basado en las ideas de Blanca Peña (según asegura Castillo que se muestra muy orgulloso de su esposa, la que también escribía los guiones de sus programas de televisión: Cuidado con los niños) empezaron a surgir todos los recursos de los cuales suele echar mano Julio como un prestidigitador: la coreografía, que se debía a Ricardo Luna, una escenografía que inventó el propio Castillo, los sketch, las proyecciones cinematográficas, las máscaras y los títeres. Sobre todo estos últimos han tenido momentos espléndidos, como la corrida de toros realizada por puros títeres.

Entre drama y comedia, entre lágrimas y risas, nacen escenas políticas que ya, en forma coreográfica, ya en forma verbal se apoyan en el sistema brechtiano de los cartelones. En especial una danza realizada por un breve número de elementos masculinos con carteles de "protesta" en las manos, era dramáticamente sugestiva. Escena de risa, con su drama subyacente fue aquella de una "lucha" libre entre dos colosos, uno enmascarado, en tanto dos speakers anunciaban los sucesos políticos del momento. Quizá no todo el mundo entre esos 2 mil 500 espectadores se daba cuenta de la extraña y trágica relación existente entre ambos hechos: la lucha libre en un cuadrado de box y la política internacional. Todo ello tenía un ritmo tan rápido que era menester agilizar la mente para seguir las intenciones del director. "Se ha decidido incrementar la industria de la milpa... mil pa el uno, mil pa el otro...". Un gesto significativo y la asistencia estalla de risa. Y de pronto la canción de Agustín Lara: "Cuando llegues a Madrid chulona mía", escena cortada por la aparición de dos soldados franquistas que cubren la cantante de un velo negro y la van arrastrando, en tanto el altavoz anuncia: "Ha caído Madrid". Y mientras a mi me rodaban las lágrimas por el rostro, oí en la fila posterior una voz que protestaba: "No queremos política aquí". Y cuando me volteé para ver quién era el insolente, me encontré con un señor muy elegante, cuya bien cuidada mano se introducía en el escote de su compañera... ¡Ambiente de la escena y ambiente de la sala!

Sí, es muy difícil crear un ambiente, nuevo con un arte nuevo ante una sala de 2 mil 500 espectadores acostumbrados a otra cosa. Desde luego esta asistencia, desde las galerías hasta las lunetas, recibían con más entusiasmo a los cancionistas de las pasadas glorias de Agustín Lara como Rebeca o Humberto Cravioto o Daniel Riolobos que a las escenas dramáticas se animaban mucho más ante la aparición de Meche Carreño que ante la aparición de Kiko y Karlo, aunque uno de ellos hacía de Agustín Lara con un maquillaje muy acertado; les importaban mucho más los chistes que la intención de la representación. Pero no importa. Resultaba un triunfo del cual se van a dar cuenta público y productores a la larga, poco a poco. Y no es justo pensar que Julio Castillo se ha "rebajado" hasta el Blanquita. Es el Blanquita que se alzó hasta él, hacia la categoría de un bello espectáculo artístico.