FICHA TÉCNICA



Título obra Los hijos de Kennedy

Autoría Robert Patrick

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Susana Alexander, Héctor Bonilla, Julieta Egurrola, Morris Gilbert, Norma Lazareno

Espacios teatrales Teatro Independencia

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los hijos de Kennedy”, en El Día, 18 enero 1977, p. 22.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los hijos de Kennedy

Malkah Rabell

Este año de 1977, lo empezamos bien, casi diría magníficamente, con esta obra dramática del joven –debe serlo por su tendencia experimental– autor norteamericano, nacido en Texas, Robert Patrick: Los hijos de Kennedy. Es difícil determinar cuál fue el aspecto más destacado en esta representación ofrecida en un teatro tan alejado de las habituales vías que frecuenta el público, como el Independencia. ¿Fue la obra misma? ¿Fue la actuación, donde Susana Alexander y Héctor Bonilla realizaron una interpretación soberbia, tal vez la mejor de sus carreras? ¿Fue la escenografía tan funcional de Feliciano Flores? ¿O fue la dirección de este excelente guía escénico, José Luis Ibáñez?

Empecemos con el drama, estructurado sobre el monólogo colectivo. La intención del dramaturgo es crear la visión de una década, desde aquel 23 de noviembre de 1963 cuando fue asesinado John Kennedy, hasta los principios de 1974. Y el drama empieza en una noche lluviosa, cuando en las calles llueve sin cesar desde horas, o tal vez desde días, y quizá nos hallamos ante el diluvio universal. En esa noche lluviosa de Nueva York, en un modesto bar, cinco personajes desgranan sus recuerdos. En ningún instante llegan a dialogar, nunca hay entre ellos un encuentro verbal, un movimiento de amistad de fraternidad humana, de búsqueda dolorosa del oído atento. Sus mundos están separados, aislados, cada uno amurallado en su propia soledad. Un desgarrador microcosmos de la gran ciudad devoradora y destructora que afuera deja caer torrentes de lluvia. Un reducido panorama dé Nueva York, en una noche y en una década; un panorama breve de un país y de un pueblo; un reflejo de un estado de cosas y de un estado de almas.

Son todos ellos, los reunidos en ese modesto bar, los descendientes de un asesinato, de una leyenda, de una nostalgia de un sueño de renovación que nunca se realizó y que terminó en la sangre de un hombre balaceado. Allí está la mujer que el año del asesinato de Kennedy tal vez fue joven, pero que ya no lo es; más que aún vive con el sueño, con la leyenda de esa joven pareja de gobernantes que "tanto se amaron según la voz pública. John y Jacqueline. Y esa mujer ya envejecida, Wanda –como pudo llamarse de cualquier otra manera–que ahora bebe, repite y repite, y vuelve a repetir, tal como lo han repetido millones de americanos, y tal vez millones de americanos, y tal vez millones de ciudadanos en el mundo entero, la historia del presidente-leyenda.

Luego está Spuger, cuya historia personal ya no es un reflejo de un mundo, de una década, sino la historia del mismo autor, o por lo menos se antoja autobiográfica. La historia de un actor que en las calles de Nueva York ha sido violado por tres marineros. Luego, está Rona, cuya historia personal y la de su marido, es la del movimiento hippie. También está Mark un ex combatiente de Vietnam, que ha perdido el equilibrio mental. Y por fin entre los presentes en el Bar se halla una muchacha, Carla, una muñequita tonta y bonita, que sueña en transformarse en una nueva Marylin Monroe, y llegar, como ésta a ocupar el lugar de un símbolo sexual, como lo sueñan miles y miles de norteamericanas. Todos ellos, son los "hijos de Kennedy", de una época, que en lugar del sueño de renovación, de amor y de fraternidad, han encontrado su propia liberación en el "trago" y en la "mota".

Desde muchos años José Luis Ibáñez no ha logrado –o tal vez no ha querido– dedicarle sus fuerzas creativas a las obras dramáticas. En los últimos años, se acartonó– tal vez por amargura (Dios mío cuanta amargura nos devora a todos) en comedias ligeras o musicales. En esos Hijos de Kennedy volvemos a encontrar al José Luis Ibáñez de los años cuando ponía en escena Las criadas, de Genet o se entregaba a la Poesía en voz alta. De estos cinco personajes logró hacer una oquesta de cámara, un espectáculo de altura artística y profundidad emocional.

De Susana Alexander y de Héctor Bonilla, ni siquiera podemos decir que realizaron un magnífico mano a mano, ya que nunca dialogan, ya que nunca se encuentran. Han realizado cada uno por su lado un personaje inolvidable: Wanda y Spuger. El papel de la joven hippie, en manos de Julieta Egurrola, aunque convincente en definitiva, tal vez persiste er un exceso de exaltación. Morris Gilbert es aún muy principiante. En cambio, a Norma Lazareno, el director de escena le ha sacado 1o máximo, y casi parecía buena actriz.

Qué felicidad, salir emocionado de un espectáculo cuando el año apenas comienza.