FICHA TÉCNICA



Título obra El ruiseñor y la rosa

Autoría Oscar Wilde

Dirección S. M. Vermel

Elenco Josette Simó, Margarita Rendimez / elenco de la producción

Escenografía Andrés García / escenógrafo de la producción

Música Paul Csonka

Espacios teatrales Teatro de Bellas Artes

Eventos 2o. programa de la Temporada Dramática del primer ciclo de la Asociación Civil de Arte, dedicado a Oscar Wilde

Referencia Armando de Maria y Campos, “Segunda Salomé en el Teatro de Bellas Artes y El ruiseñor y la rosa, de Wilde”, en Novedades, 20 noviembre 1944.




Título obra Salomé

Autoría Oscar Wilde

Dirección S. M. Vermel

Elenco Josette Simó, Margarita Rendimez / elenco de la producción

Escenografía Andrés García / escenógrafo de la producción

Espacios teatrales Teatro de Bellas Artes

Eventos 2o. programa de la Temporada Dramática del primer ciclo de la Asociación Civil de Arte, dedicado a Oscar Wilde

Notas El autor compara esta versión de Salomé con la dirigida por la actriz Luz de Alba

Referencia Armando de Maria y Campos, “Segunda Salomé en el Teatro de Bellas Artes y El ruiseñor y la rosa, de Wilde”, en Novedades, 20 noviembre 1944.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Segunda Salomé en el Teatro de Bellas Artes y El ruiseñor y la rosa, de Wilde

Armando de Maria y Campos

El 2o. programa de la Temporada Dramática, que constituirá el primer ciclo de la Asociación Civil de Arte que han organizado los hombres de teatro S.M. Vermel y André Moreau, dedicado a Oscar Wilde, atrajo una singular –y plural– cantidad de público heterogéneo, perfumado, bullidor, que dio en los pasillos, durante el intermedio entre el vuelo del ruiseñor y la danza de Salomé, un espectáculo por demás interesante de exhibición de modas, cuchilleo, breves flirts y pocos comentarios de teatro.

Vermel ofreció para abrir boca, una linda, preciosa escenificación del bello cuento wildeano El ruiseñor y la rosa, teatralizando la poética acción en cuatro cuadros, que no hicieron más teatral la anécdota de la rosa que se busca y no se encuentra, y que distrajo al público. Un delicioso cuento de niños, para personas mayores y educadas, bien dicho, muy infantilmente decorado por Andrés García, con un fondo musical de Paul Csonka, que ayudó a crear el clima de fábula que pretendió obtener el señor Vermel. Los intérpretes, desde Josette Simó hasta el incógnito "canto del ruiseñor", que dijo, con linda entonación, la señorita Margarita Rendimez, recitaron concienzudamente sus respectivas "partes". Una representación encantadora que aniñó los espíritus.

La escenificación de Salomé por el grupo de Vermel, –que como se sabe, fue precedida hace unas semanas por otra a cargo de un grupo de aficionados dirigidos por la actriz Luz Alba–, era esperada con no disimulada expectación, que, a decir verdad, no defraudó al cosmopolita y no muy excelente público que, hay que decirlo porque es de justicia, llenaba totalmente las localidades de la sala de espectáculos del Palacio de las Bellas Artes.

El señor Vermel logró el primer acierto al presentar su versión de Salomé, en todo distinta a la versión de la señora Alba. Decorado, disposición de actores, iluminación, todo en una palabra, hizo comprender al espectador, apenas izada la cortina, que íbamos a presenciar otra versión de Salomé. Y así fue. Se cree que las comparaciones nunca son buenas, pero en este caso, sí benefician a unos y a otros. La Salomé del grupo que dirige la señora Alba, tuvo un delicioso encanto de representación informal, de tipo fin de cursos universitarios, con una protagonista adolescente –Mary Douglas–, de grandes posibilidades para el futuro, secundada por elementos extraños, que a pesar del acierto del iluminador Cedillo y de que se acertó a darle a la luna el papel de personaje también protagonista que señala Wilde, no llegó a dar la impresión de espectáculo maduro, como ocurre con esta versión de Vermel.

Una decoración sobria, una mejor distribución plástica de personajes, con la luna en primer término, preparó el ánimo del público a escuchar la leyenda bíblica, escenificada por Wilde con un sentido teatral fuerte y exquisito a la vez, hablada en un lenguaje deslumbrante de metáforas y encendido de una voluptuosidad que se mete y se siente correr en el torrente de la sangre. Como se sabe, según San Mateo, Antipas, casado con Herodías, madre de Salomé, está enamorado de ésta. Salomé, aconsejada por Herodías, al prometerle su padrastro, fascinado por su danza, que le otorgaría lo que le pidiese, exigió la cabeza de San Juan Bautista, profeta, preso en el palacio de Herodes. San Marcos repite la versión con sus pujos de literatura. Flavio Josefo, historiador hebreo, hace una pequeña novela de la versión primitiva, e introduce, por primera vez elementos decorativos que habrán de aprovechar siglos después pintores y poetas, primero aquéllos. Cuatro grandes escritores escenificaron la leyenda de la pasión morbosa de Salomé por San Juan: Flaubert, Wilde, Mallarmé y De Castro. Wilde llena con la figura de Salomé todo su poema dramático. Recrea la leyenda y logra la versión definitiva, la única que se ha divulgado y permanece viva, como una gran pieza del teatro drámatico universal.

La escribió en francés, el año de 1883, para Sarah Bernhardt, y durante fines del siglo pasado –antes del proceso de su autor– y a principios del presente, se representó en todos los escenarios del mundo; en México la estrenó en 1910, la escultural italiana Lydia Borelli, cuando ya corría excelente fortuna por los escenarios operáticos cantada con música de Strauss.

Su presentación la noche del viernes fue un éxito del que tienen derecho a disfrutar cuando dentro y fuera de la escena intervinieron en su desarrollo. Chela Castro logró en todos momentos la sensualidad indispensable en el desarrollo de su pasión por el profeta. Eduardo Casado dijo briosamente su parte de Herodes, y provocó una ovación después de su imprecación a Salomé, al negarle, y otorgarle, la cabeza del Bautista. Un bello espectáculo es esta Salomé de Wilde-Vermel, que honra a quienes intervinieron en su magnífica postura escénica, digna de cualquier gran capital del mundo.