FICHA TÉCNICA



Notas Balance del teatro en México, en 1976

Referencia Malkah Rabell, “Un año teatral que termina”, en El Día, 13 diciembre 1976, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Un año teatral que termina

Malkah Rabell

Si tratarnos de hallarle un denominador común a esta temporada teatral 1976 que termina, la primera certidumbre es su auge cualitativo. Nunca funcionaron en nuestra capital tantas salas, hasta las que desde años quedan rezagadas, encontraron candidatos. ¿Cuáles eran las razones de esta súbita intensificación del movimiento escénico? He buscado respuestas y éstas fueron diversas y poco convincentes. Una sola persona me dio una contestación lógica: Xavier Rojas. La adjudicó a la "promoción estatal". Y en efecto en este campo hubo mucho auspicio estatal, que recibieron con igual generosidad las "Temporadas Populares" como el "Teatro de las Américas Unidas", las representaciones para público obrero del CONACURT como los diversos conjuntos profesionales que contaron con la ayuda del IMSS y del Bellas Artes.

Mas, el auge cuantitativo no correspondió a un movimiento igual en la calidad. Mas aún, hasta mediados del año, la mediocridad se reflejaba en casi todos los campos, tanto de actores de oficio como de los experimentales, tanto en los numerosos espectáculos que ofreció la UNAM y que no lograron la calidad de años anteriores, como en los teatros comerciales. Nuestros mejores directores fracasaron en su cometido. Empezando por la puesta en escena de Santa en el Teatro de la Universidad, realizada por Luis de Tavira y basada en la novela de Federico Gamboa. Fue un espectáculo de calidad tan baja que llegaba al ridículo en todas sus facetas: dirección y texto. El gran Juan José Gurrola, en el Teatro Gorostiza, trató de ponerle música al drama-reportaje de Jorge Ibargüengoitia: El atentado y transformarlo en comedia musical. El resultado no superó al de Santa. Un fracaso total, que dejaba extrañado por la repentina falta de originalidad de creatividad de un director de la categoría de Gurrola. Otro de nuestros jóvenes directores superdotados como Julio Castillo al enfrentarse a la tragicomedia La heroica de Buenos Aires del dramaturgo argentino Osvaldo Dragún. hubo de retirarla de la cartelera a las pocas semanas de estrenada, ante el rechazo total del público, tanto el exigente como el más acomodaticio atraído por la presencia de un monstruo sagrado como Ofelia Guilmáin. Otro fracaso fue debido a uno de nuestros directores de mayor renombre, Rafael López Miarnau, por su puesta en escena de El eterno femenino, la obra póstuma de Rosario Castellanos. Pese a todo el cariño y respeto que por la desaparecida autora experimentaba el director, pese a toda su buena voluntad por darle categoría de espectáculo a su comedia, no pudo salvar la pobreza del texto y su falta de teatralidad. Fue otro malogro que podría llamarse estruendoso, si no fuera que en nuestro ambiente hay muy poco lugar para el estruendo tanto en el fiasco como en el éxito. Todo pasa y deja muy poca huella.

Muchos de los que parecían fracasos fueron de verdad triunfos desde el punto de vista taquillero. En este 1976. casi todas las comedias musicales se distinguieron por su pobreza directiva, interpretativa y hasta de la producción. Lo fueron Una novicia rebelde, Trampas para un amor, Annie es un tiro, El fantasma de la ópera y El show de terror de Rocky. Pero toda esta serie de comedias musicales rindieron muy buenos dividendos. En este campo de la comedia musical, dos puestas en escena de la misma obra llamaron la atención por lo bello del texto. lo atractivo de la música y de la coreografía. y por la excelencia de los montajes. Me refiero a Amor sin barreras que primero puesta en escena por el Teatro Estudiantil Universitario, bajo la dirección de Rubén Peña, presentó en el escenario a más de 40 jóvenes actores, todos ellos elementos universitarios, que cantaban, bailaban y actuaban con un derroche de gracia, de entusiasmo y de disciplina, en una obra que exige juventud y que sólo un centro de estudios puede procurar en tal número y con tal selección de valores, sin que resulte excesivamente oneroso. La misma comedia musical, con la bella música de Leonard Bernstein. volvió a triunfar en una puesta de teatro profesional, dirigida por Rubén Broido, contando con un reparto de actores más experimentados, pero sin el encanto de la espontaneidad y de la juventud de los anteriores.

En toda esta mitad del año, sólo contamos con una serie de obras nacionales de valor. que salvaban un poco la mediocridad general. Una de ellas era el drama-documental basado en un hecho verídico: Un pequeño día de ira de Emilio Carballido. que fue puesta en escena por una de las compañías de la Temporada Popular bajo la dirección del joven actor Felio Eliel. Su calidad no fue una sorpresa ya que se debía a nuestro mejor comediógrafo. Emilio Carballido. Otra obra documental de autor nacional fue Vine, vi... y mejor me fui que pertenece a uno de nuestros jóvenes dramaturgos. Willebaldo López, que mejor que nadie en nuestro ambiente conoce la realidad del pueblo mexicano, de la cual dio en esta obra una imagen desgarradora de documento humano. Completó la trilogía documental de obras nacionales, El atentado de Ibargüengoitia, que lamentablemente en la versión de Gurrola perdió la mayoría de sus virtudes.

Por fortuna ya al acercarse los meses finales las cosas empezaron repentinamente a mejorar. El primer impacto fue Electra que presentó un conjunto de virtudes: dirección, actuación y producción, y desde luego la grandeza de una obra clásica de Eurípides que tiene acentos extrañamente modernos. Lo siguieron otros espectáculos logrados, como El triángulo español dirigido por Juan Ibáñez. Obra bellísima del autor austriaco Kurt Becsi, que nos introduce en el drama que enfrenta al rey Felipe II de España a su hijo Don Carlos en la lucha por el corazón de una mujer y por la corona de un imperio. También interesó –y sigue interesando– el drama de Ibsen, Casa de muñecas, que bajo la dirección de Dimitrios Sarras dio como resultado una puesta escénica dinámica que devolvió al texto original la frescura de sus inicios, aunque en el papel de Nora. la actriz María Eugenia Ríos no rendía la imagen de una alondra. tal como la imagina el público. En cambio ofreció la presencia de una pareja excelente, la de Graciela Doring con Ricardo Blume. Una obra inglesa: Equus llegó a tener la preferencia de un público que busca un teatro de calidad sin llegar a la vanguardia. Esta representación, bajo la dirección de Enrique Gómez Vadillo distinguió sobre todo por la posibilidad que dio a un joven actor. Jaime Garza, a crear una interpretación sensacional. También fue interesante la obra que presentó la Compañía de Teatro Nacional bajo la dirección de Alejandro Bichir: Hombre y muchacho. Muchas obras distintas pasaron desapercibidas, por el alud continuo de estrenos, tales como las que se presentaban en la Casa del Lago o en el Galeón, donde un montaje de Oceransky llamó en especial la atención: Acto de amor basado en un texto de Mishima.

Y para nuestra máxima alegría el año terminó con dos bellísimas representaciones debidas a textos de poetas: Fuentevaqueros y Fulgor y muerte de Joaquín Murieta. La primera la montó Manuel Montoro como homenaje a Federico García Lorca a los 40 años de su muerte. Hermoso espectáculo en el cual la poesía, el drama, el montaje, la actuación de un conjunto de jóvenes actores y la plasticidad de la escenografía y del vestuario formaban una sola y estricta unidad. Antología de textos lorquianos entretejidos por coros hablados y estructuras plásticas. En cuanto a La Cantata de Pablo Neruda que es el subtítulo del segundo espectáculo debido a la dirección de Lanzilotti. que contó con un espléndido equipo, éste hizo uso de la música y de la coreografía, así como de los más variados elementos escénicos para darle unidad al muy difícil texto del poeta chileno escrito para la lectura y no para la dinámica de la escena.