FICHA TÉCNICA



Título obra Fulgor y muerte de Joaquín Murieta

Autoría Pablo Neruda

Dirección Lanzilotti

Escenografía Alejandro Luna

Espacios teatrales Teatro Félix Azuela

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Cantata de Pablo Neruda”, en El Día, 9 noviembre 1976, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Cantata de Pablo Neruda

Malkah Rabell

Espléndida representación que de la obra de Pablo Neruda: Fulgor y Muerte de Joaquín Murrieta se representó en el teatro Felix Azuela –Tlatelolco– con tan diversas colaboraciones: Consejo de Cultura y recreación de los Trabajadores; IMSS; Facultad de Filosofía y Letras, UNAM; y hasta la Universidad Veracruzana, que sólo nos queda apuntar con mayúsculas: SE ofreció, y darles gracias a todos esos organismos por habernos permitido disfrutar del más hermoso espectáculo del año, que además era gratuito y atrajo un numeroso público, que hacía largas "colas" con una hora de anticipación, con una disciplina digna de felicitaciones.

Sí, de verdad una espléndida representación que sólo un director muy hábil pudo lograr con el muy difícil texto del poeta chileno, probablemente la única obra teatral de Neruda, que a la lectura se hace casi imposible imaginar montada. Lanzilotti, que hace apenas un año era un desconocido, no sólo logró superar las dificultades del original, sino vencerlas por completo. Un texto donde el autor no se preocupó de la caótica deshilvanación de lugares y hechos adquirió de pronto una perfecta lógica y comprensión para el espectador. Esta Cantata es la historia de un bandido de honor, valiente y generoso, que salió de Valparaíso con numerosos compatriotas para ir en busca de oro a California, en una época cuando de diversas partes del mundo llegaban a los Estados Unidos "buscadores del fabuloso metal", quienes por lo general perdían las vidas en aras de estas utópicas aventuras, o cuando salían con vida, lo hacían tan pobres como a su llegada.

Estamos acostumbrados, tanto por la cinematografía como por la literatura, a encontrar en las áreas norteamericanas a inmigrantes mexicanos, portorriqueños, italianos, o bien de otras regiones europeas y también asiáticas. Pero una inmigración chilena colectiva resulta algo desconocido para el auditorio habitual. Mas, realidad o fantasía, ¡qué importa! Lo importante es la leyenda de un joven chileno humillado y escarnecido por la crueldad y la injusticia de los "señores blancos", a cuya esposa violan y matan los del Ku-klux-klan, que se levanta en armas a la cabeza de un reducido grupo de sus compatriotas, y mantiene a raya a sus enemigos, espantando con sus hazañas a toda la región. El joven héroe muere, pero su nombre queda vivo y se ha hecho legendario.

El embarco de la gente del pueblo que se dirige al Norte en busca de un luminoso futuro, da lugar a hermosas escenas. Los veleros, a toda vela desplegada, que al plegarse se transforman en carretas, que son como una prolongación de las estructuras de hierro que ya hizo el escenógrafo Alejandro Luna para El atentado. Esta vez su realización escenográfica, que consiste en elementos breves dentro de un escenario casi desnudo, ha encontrado un tono más bello, más logrado. Esta vez sus estructuras metálicas han dado toda su plenitud. En general, toda la travesía en el barco, con las danzas y los cantos de los inmigrantes a bordo, con el casamiento de Murrieta con una de sus "paisanas" –mimando los actores el acto de entrega en forma coreográfica– son las escenas más hermosas y más conmovedoras del espectáculo.

La segunda parte transcurre en Estados Unidos y contiene mayor violencia y odio. Quizá un exceso de odios, que siempre son peligrosos, como lo son las violencias. Uno mismo queda envuelto en ellos. "Cuando está cerca la cruz es casi una tentación de crucificar a alguien", según dice Carlos Solórzano en El crucificado. Y cuando una escena entera transcurre entre ahorcados, entre colgados, aunque éstos tan sólo sean muñecos de trapo, acude a nuestra memoria otra frase, ésta de Hemingway: "Nunca preguntes por quien doblan las campanas... doblan por ti..." Si el odio fuera solo contra los secuaces del Ku-klux-klan. contra los poderosos, seria más que justificado. Pero hay demasiada tendencia a involucrar a un pueblo entero, y esto siempre resulta grave e injusto. Podemos caer en el mismo error, y horror, que reprochamos a nuestros enemigos: el fascismo y el racismo. Falta un rayo de amor y de esperanza, y sobre todo falta un centelleo de fraternidad para los demás, y sin ello nuestras luchas se tornan estériles.

Y otra vez volvamos a la parte estética: la música, la danza, las máscaras, de toda clase de elementos teatrales que Lanzilotti usa como auténticos elementos dramáticos, crean la unidad del espectáculo. Lanzilotti tiene un verdadero instinto para hallar los elementos que subrayen los valores éticos y estéticos, tanto la tendencia política como la tendencia teatral de la representación. Ciertos momentos del espectáculo pudieron caer en lo panfletario, pero nunca llegan a tales extremos, tanto por la belleza del texto, de su poesía, como por la belleza del montaje.

La temporada en el teatro Félix Azuela ha terminado. Por fortuna para quienes no han visto la representación, la Cantata de Pablo Neruda será reestrenada el 19 del presente en la Carpa Geodésica.