FICHA TÉCNICA



Título obra Vine, vi y mejor me fui

Autoría Willebaldo López

Dirección Willebaldo López

Elenco Willebaldo López, Joana Brito, Mónica Miguel, Luis Bayardo

Escenografía Félida Medina

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Vine, vi y mejor me fui, un desgarrador documento humano”, en El Día, 22 junio 1976, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Vine, vi y mejor me fui un desgarrador documento humano

Malkah Rabell

Esta obra de Willebaldo López, la quinta de su juvenil producción, es la única que tardó muchos años en subir a escena, todas las demás fueron premiadas, multipremiadas, puestas y repuestas desde su aparición. ¿Por qué esta tardanza? Hace unos años tuve la oportunidad de leer el manuscrito y ya entonces dije: Vine, vi y mejor me fui, es uno de los más crudos y crueles documentos humanos de denuncia que he podido leer, aunque todo él esté escrito con un tono de "relajo", con esa amarga ironía que ejercen contra sí mismos los pobres... A la lectura del drama la primera imagen que surge es la de Los hijos de Sánchez. Mas mientras éste es un documento antropológico recogido con una grabadora y el héroe de la narración enfrentando a una máquina seguramente no pudo escapar a múltiples mitomanías que fluctuaban entre el deseo de darse importancia y él de burlarse del "gringo", autor del libro, el documento de Willebaldo López es arrancado de sus entrañas... La obra de Willebaldo probablemente una vez en la escena no será del agrado de ningún público. Para los "revolucionarios" no tendrá bastante empuje panfletario, y para el público de la mayoría será demasiado cruel, demasiado desnudo, triste y sin historia, sin tema... Quizá también los empresarios sintieron igual "premonición" lo que les impidió llevar a escena durante tanto tiempo este drama.

¿Cómo recibió el público a Vine, vi, y mejor me fui una vez puesta en escena? El día cuando asistí a la representación hubo un lamentable error en el anuncio del horario, y el público se presentó a las 19 en lugar de las 20:30. Así a la hora del espectáculo hubo poco auditorio y me fue difícil juzgar sus reacciones. Por lo que al público "revolucionario" se refiere, ya sé que en Manizales, en su festival anual tanto crítica como opinión pública no bajaron de "reaccionaria" a esta obra de Willebaldo López. Y no obstante, nada menos reaccionaria que esta historia de un niño de clase humilde muerto a unos pocos días de nacido, un niño que vino, vio y mejor se fue al ver el mundo en que le tocaba vivir. Willebaldo López es probablemente el único de nuestros dramaturgos nacionales que conoce en carne propia —por haber surgido del seno del pueblo, del campesinado—, la verdad cruda, sin adornos ni literatura, de la vida de la gente que describe. Willebaldo no necesita grabadora para reproducir la voz de sus personajes. Las conoce, es su propia voz. Y si esta voz nos llega sin consignas revolucionarias, es porque en esta capa del pueblo aún no llegó la conciencia de las exigencias sociales. Lenin respetaba y admiraba las verdades que reflejaban los escritos del aristócrata Tolstoi. Marx admiraba las verdades que decía el burgués Honorato Balzac. Salvando las distancias ¿no seremos capaces de tomar en su auténtica medida y utilidad las verdades que refleja el proletario y campesino Willebaldo López? El dramaturgo trató de describir este drama cotidiano con un tono de humor negro. Pero el humor negro se transformó en tristeza tal que en lugar de risa nos arrancó lágrimas; en lugar de desprecio nos provocó una tremenda lástima, tal como nos la provocan los personajes de los autores rusos prerrevolucionarios, estos seres humanos con su sentido de la autodestrucción, del destino aciago y de la irremediable necesidad de sufrir. Quizá frente a esos personajes de Willebaldo nos preguntamos: ¿Y nosotros, los orgullosos "intelectualoides" qué hemos hecho para cambiar el destino y la conciencia de estos seres sin hoy ni mañana?

Desde el punto de vista artístico, la obra me pareció excesivamente larga, con un segundo acto que reducido a la mitad nada hubiera hecho perder a la totalidad, y con un intermedio que no lograba el efecto que se proponía: poner en contacto público y actores. Era una originalidad fallida. La obra me emocionó, me gustó y me interesó hasta el final del primer acto. El segundo resultaba repetitivo. Ese mismo defecto se lo podemos reprochar a la dirección debida al autor –que también interpretaba uno de los cuatro papeles, él del compadre, en el cual realiza una creación desgarradora con absoluta naturalidad. Lo repetitivo del segundo acto dio la impresión que los actores improvisaban y no lograban terminar, repitiendo el director los gestos, los gritos y las actitudes una y otra y otra vez.

Toda la primera parte es digna de verse, con su crudo realismo que poetiza una escenografía abstracta realizada con poquísimos elementos por Félida Medina, y esas múltiples escenas que llegan a través de un sueño, transmitidas por los altoparlantes. Una representación digna de verse desde todos los puntos de vista: documental, dramática, interpretativa, con Joana Brito muy emotiva en el papel de la comadre, con su doble personalidad de la víctima indignada y de repente inconsciente, pero con un rostro demasiado ingenuo para una madre de nueve hijos, con Mónica Miguel de verdad excelente en su personaje popular de la mujer brava; y en fin con la reaparición de Luis Bayardo, intérprete estupendo que había desaparecido de nuestro teatro.

¡Parece que en este año 1976, al teatro en México lo va a salvar la dramaturgia nacional!