FICHA TÉCNICA



Título obra Acto de amor

Notas de autoría Yukio Mishima / autor del cuento Patriotismo; Abraham Oceransky / adaptación teatral

Dirección Abraham Oceransky

Elenco Horacio Salinas, Luisa Muriel

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Acto de amor, un hermoso espectáculo”, en El Día, 16 junio 1976, p. 28.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Acto de amor, un espectáculo hermoso

Malkah Rabell

Basada en un cuento "imaginativo" del escritor japonés Yukio Mishima: Patriotismo, la obra en un acto que se representa actualmente en el teatro Galeón, llevada a escena por el joven e inquieto director de escena, Abraham Oceransky, ofrece una extraña fidelidad al texto original, aunque éste carezca por completo de diálogos. Libretista a la vez que director, Oceransky sólo agregó las palabras, los diálogos y parlamentos, estrictamente necesarios para explicar el gesto del teniente Shyna Takeyama, este "acto de amor" que para un noble japonés puede resultar el harakiri cuando lo hace porque trastornado por una rebelión de las tropas imperiales en la cual toman parte sus mejores amigos, no puede resolverse ni a desobedecer las órdenes de sus jefes, ni tampoco a llevar la muerte al campo de sus compañeros de armas. Y no encuentra otra solución conforme al código de honor, sino darse la muerte ritual, en la cual lo acompaña su joven esposa, con la cual recientemente contrajo nupcias.

Este hara-kiri que Yukio Mishima describe con alucinante precisión (¿sospechaba ya entonces que también este será su fin?), Oceransky la reproducción alucinantes imágenes [sic], como si siguiera paso a paso al texto. Y esta fidelidad, que sólo adornó con unos cuantos hallazgos como los coros y la música, entusiasmó a unos y chocó a otros. Sus numerosos admiradores, acostumbrados a encontrar en sus producciones vanguardistas, cuando no ha de responder a ningún compromiso, una desbordante imaginación, que a menudo va más allá de la raya tanto estética como lógica, aquí se encontraron con una disciplina mental y estética que les parecía indigna del "maestro". En cambio, la gran mayoría —entre la cual me encuentro— hallaron este espíritu medido y fiel a un texto, a una concepción nacional muy difícil de imitar, digno de aplausos. Esta fidelidad a un espíritu exótico, casi parecía arqueológica. Nada de esos exotismos turísticos. El resultado fue un hermoso y convincente espectáculo, que emocionaba y parecía haber sido llevado a escena por un japonés. Supongo que tal resultado se obtuvo después de un largo y serio estudio de las costumbres niponas.

Lástima que esta bella representación no contó con los intérpretes capaces de llevar la emoción a su máximo grado. Ni Horacio Salinas, y aun menos Luisa Muriel son actores lo bastante maduros para cargar con la responsabilidad de una obra con dos únicos personajes. Ambos, y sobre todo Salinas, contaban con técnica corporal, pero ésta no basta para arrastrar al espectador en las huellas de las emociones que provoca la palabra. Por fortuna tanto el coro como la música agregaban al conjunto una nueva y dramática dimensión.