FICHA TÉCNICA



Notas Balance del teatro en la Ciudad de México en 1976, en los rubros de actuación, dirección y escenografía

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Actores, directores y escenógrafos en el teatro de 1976”, en El Día, 31 diciembre 1976, p. 28.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Actores, directores y escenógrafos en el teatro de 1976

Malkah Rabell

En relación con la cantidad de estrenos habidos en este 1976 en nuestro teatro capitalino, el número de actores que se hayan destacado resulta increíblemente pobre. En el campo de la actuación masculina hubo un solo caso sensacional, el del joven actor Jaime Garza en el personaje de un desequilibrado mental en la obra inglesa Equus. Ninguno de nuestros "monstruos sagrados", de la vieja o de la nueva ola, logró causar igual impacto en el público o en la crítica. Mas bien, los actores consagrados cuando no brillaban por su ausencia, no llegaban a superar la medianía. Ni José Gálvez, que se presentó en varios papeles protagónicos, ni Héctor Bonilla en Electra, ni Claudio Brook en Casa de muñecas, ni Sergio Bustamante en Hombre y muchacho, alcanzaron mayores alturas. Quizá entre quienes superaron la estricta regularidad, puede citarse a Augusto Benedico como Tolstoi en la obra de Federico S. Inclán: El profeta y las arpías; Claudio Obregón en Las brujas de Salem en la Compañía Universitaria Veracruzana; y sobre todo Noe Murayama que fue excelente en la breve obra de Edward Albee Las historias del zoológico, que por haberse presentado al principio del año escapa a muchas memorias.

En cambio, hubo numerosas destacadas coactuaciones. Tal fue el caso de Carlos Cámara, en el papel del actor fracasado en La dama de pan de jengibre, su mejor actuación desde que se encuentra en el medio artístico mexicano. Debido tal vez, en parte, a la dirección de Dimitrios Sarrás. Otro actor que bajo la misma dirección logró una excelente creación en su personaje de "intrigante", fue Ricardo Blume en Casa de muñecas, de Ibsen. Estupendo se mostró Luis Miranda en varios de los papeles de conjunto en Fuentevaqueros, donde llegó hasta a representar un papel femenino, el de la cruel heroína de García Lorca: Bernarda Alba. En Hombre y muchacho, en la Compañía Nacional de Teatro, bajo la dirección de Alejandro Bichir, las sendas co-actuaciones de Jorge del Campo y de Eduardo Alcaraz nos hizo añorar sus ausencias desde hace tanto tiempo del escenario nacional. Al principio del año hubo el caso de una comedia inglesa, del famoso Noel Coward: Un proyecto para vivir, que dio la oportunidad de realizar un sabroso mano a mano entre Guillermo Murray y Carlos Bracho, Así que ignoro si considerarlos como protagonistas estelares, ambos, o co-actuaciones, uno del otro.

En el campo de la actuación femenina, no faltaron oportunidades para destacar a figuras de actrices. Ya a mediados del año, Adriana Roel en La dama de pan de jengibre, en el papel de la cantante alcohólica que nos recordaba el caso de Judy Garland, se volvió a imponer como gran actriz bajo la dirección de Dimitrios Sarrás. Igual de gran actriz se mostró Susana Alexander en el papel de Electra en la tragedia de Eurípides, aunque en este caso las opiniones se habían dividido.Algunos la juzgaban excelente en la simplicidad que dio al personaje y otros consideraron este estilo como una "ofensa" a la tradición clásica. En cambio, la que en la misma obra permaneció fiel a la grandiosidad clásica, fue Ofelia Guilmáin en el papel de Clitemnestra, y por cierto que en esta figura impuso su garra de gran trágica.

Como primeras figuras fueron pocas las actrices que destacaron. En cambio, toda una pléyade de intérpretes femeninas tuvieron notables intervenciones en papeles secundarios, en los de co-actuación. Tal fue el caso de Graciela Doring en el papel de la amiga de Nora en Casa de muñecas, con una altura artística que más bien merecía el lugar protagónico. Otra actriz que se lució al lado de una figura central en una co-actuación, fue Mónica Serna en La dama de pan de jengibre; excelente en la egocéntrica ex belleza, que al perder su seducción física pierde su única razón de vivir. En el homenaje a García Lorca: Fuentevaqueros, que realizó Manuel Montoro, en un espléndido conjunto femenino donde todas tenían partes iguales, destacaron Marta Verduzco, Martha Aura, Ana Ofelia Murguía y especialmente Rosenda Monteros, quien con su rostro de misterio y su honda voz de acento clarísimo, interpretó a una Yerma inolvidable, en Santa cuya puesta en escena debida a Luis de Tavira para el teatro Universitario dejó mucho qué desear, fue excelente, en otra coactuación, Luisa Huerta, en el papel de la dueña del lenocinio. En tanto una joven actriz aún desconocida, Margarita Castillo, en su breve aparición de jorobada, demostró un auténtico temperamento dramático. Dos actrices supieron con especial emoción traducir la imagen y la voz de nuestras mujeres del pueblo en Vine, vi.. y mejor me fui de Willebaldo López. Fueron ellas Juana Brito y Mónica Miguel.

En el área de la dirección escénica, donde nuestros más conocidos realizadores inexplicablemente fracasaron este año, apareció en cambio un joven director universitario que conquistó todas las adhesiones: Lanzilotti, quien el año pasado ya nos dio la tan aplaudida representación: Tandas de Tlancualejo. Para este 1976, montó otra obra, infinitamente más difícil por su falta de estructura dramática: Fulgor y muerte de Joaquín Murrieta, con cuyo complicado texto del poeta chileno, Pablo Neruda, logró una puesta en escena inolvidable.

De los directores ya conocidos, el multipremiado Manuel Montoro fue el realizador del bello espectáculo Fuentevaqueros, homenaje a García Lorca, a los 40 años de su muerte, para el cual reunió y dramatizó los textos del poeta asesinado, y cuya unidad consistió en las estructuras directivas. Dimitrios Sarrás hizo lucir tanto en La dama de pan de jengibre como en Casa de muñecas a una serie de actores, Juan Ibáñez, que desde varios años falta en nuestro escenario, volvió a éste con El triángulo español, y aunque no llegamos hasta el final con el entusiasmo que nos mereció el primer acto, este espectáculo debido al hermoso texto del autor austriaco Kurt Becsi, no dejó de ser una empresa digna de verse. Y por fin, con una obra corta, en un acto, basada en una narración del japonés Yukio Mishima, el director experimental, Abraham Oceransky construyó una representación de imágenes alucinantes.

En cuanto a nuestros escenógrafos, en este 1976 de múltiples estrenos, éstos no abundaron. Pero dos fueron suficientes para enriquecer este renglón. Guilermo Barclay, quien en Fuentevaqueros sobre todo hizo lucir un vestuario espléndido, y el Arq. Alejandro Luna que daba la impresión de multiplicarse en las más diversas producciones universitarias. Pero fue especialmente en La cantata de Pablo Neruda donde hizo milagros con sus veleros a toda vela desplegada que al plegarse se transformaban en carretas, con sus elementos breves dentro de un escenario casi desnudo, que a cada escena daban una nueva interpretación, Esta escenografía de Fulgor y muerte de Joaquín Murrieta coloca a Alejandro Luna como al más seguro ganador del premio al mejor escenógrafo del año.