FICHA TÉCNICA



Título obra Hombre y muchacho

Autoría Terence Rattingan

Dirección Alejandro Bichir

Elenco Fernando Borges, Sergio Bustamante, Jorge del Campo, Eduardo alcaraz, Rosalinda España, Raúl García, Ivonne Gavea

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Hombre y muchacho en la Compañía Nacional de Teatro”, en El Día, 29 agosto 1976, p. 22.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Hombre y muchacho en la Compañía Nacional de Teatro

Malkah Rabell

La obra de Terence Rattigan, Hombre y muchacho, es indudablemente difícil de comprender para nuestro público. Los entretelones de finanza, con sus manejos retorcidos, con sus bailes de millones, con sus demagogias, mentiras y chantajes, con sus financistas que desde sus palacios o desde sus oficios manejan un país, y a veces el mundo, y sobre todo manejan a los políticos, son bastante ajenos a la mentalidad mexicana. No porque no existan en ciertos de sus aspectos en México, sino porque no llegan a la opinión pública. Esta descarga sus odios y rencores en los políticos a quien culpa de todos los vicios del financista. La finanza como una especialidad y como un mundo peculiar, queda desconocida por el gran público lector de diarios o televidente. En especial, en lo que se distingue la finanza mexicana de la de los países superdesarrollados, es que no maneja los hilos de la economía mundial, sino al revés, es a menudo manejada. Un personaje como Gregor Antonescu, que nos recuerda insistentemente a una figura de genial aventurero que arruinó a miles de personas y comprometió en sus sucios manejos a todo el gobierno francés por los años de 1933 o 1934: Stavisky, a quien el autor de Hombre y Muchacho, presenta como a un manejador de la economía internacional, que llegado miserable y desconocido de su Rumania natal, es festejado en su ascenso por las máximas personalidades de la política y de la sociedad universal, y en su caída, queda sólo, es poco conocida en México, y su lenguaje "profesional" se hace difícil de entender al espectador que asiste a la representación en el teatro Jiménez Rueda.

No obstante, la obra es interesante, muy interesante, quizá precisamente por la dificultad de su tema y por la ignorancia que de la idiosincrasia de su protagonista tenemos. Colocado su desarrollo por los años de la gran crisis económica del mundo occidental, por los años 30, refleja las dificultades por las que pasa el mismo mundo occidental actualmente. El drama de Rattigan contiene otra faceta atrayente: Gregor Antonescu es un ser de carne y hueso con sus problemas individuales, y su enfrentamiento con su hijo –el enfrentamiento del "hombre con el muchacho" que da título a la obra–, ofrece un problema sicológico muy peculiar de amor-odio del hijo que se siente ignorado y aplastado por la fuerte personalidad del padre, y de la indiferencia que éste demuestra por el hijo en quien provoca odio casi por juego, por una especie de sádico placer.

El reparto cuenta con varios actores excelentes: Sergio Bustamante como el financista aventurero, Anonescu; Jorge del Campo como socio, cómplice y mano derecha de Antonescu, a quien abandona cínicamente ante el fracaso y la muerte, haciéndose pagar el último servicio con una carta-testamento que lo exonera de todas las responsabilidades en los tejemanejes del "gran patrón". El tercero en el trío de los financistas, Eduardo Alcaraz, igualmente excelente, nos hace añorar que no dedique más tiempo al teatro. Los cuatro actores jóvenes: Rosalinda España, Fernando Borges, Raúl García e Ivonne Gavea, cumplen con su cometido con mucha propiedad, mas sin llegar a la altura de sus mayores. Sobre todo Fernando Borges, como el hijo se antoja sin suficientes matices, pero tampoco el papel ofrece mayores posibilidades, es un poco pálido, y sólo un actor de muchas tablas tal vez hubiera podido sacarle mayor provecho.

Quizá la dirección de Alejandro Bichir tenga un ritmo algo lento. Mas, tampoco es posible acelerar con exceso los difíciles diálogos ante el peligro de que el espectador pierda el hilo de los acontecimientos. En general, la puesta en escena es de una gran dignidad. Es una dirección que no se siente, que es lo más apropiado, y nadie la echó a perder. El autor pudo hacer buscado escenas de fuerte dramatismo para exacerbar las emociones. Rattigan no lo quiso o no lo pudo hacer.Asimismo el director rehuyó el caer en cualquier melodramatismo y conservó a todo lo largo de los dos actos un tono de naturalidad humana y de medio tono.