FICHA TÉCNICA



Título obra Un hombre es un hombre

Autoría Bertolt Brecht

Dirección Rubén Yáñez

Grupos y compañías Teatro El Galpón

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. el Galpón y Brecht”, en El Día, 22 septiembre 1976, p. 22.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El Galpón y Brecht

Malkah Rabell

El conjunto uruguayo que se encuentra actualmente en México. El Galpón, estrenó el sábado 20 del presente, la relativamente poco conocida obra de Bertolt Brecht: Un hombre es un hombre, que pertenece a la primera época creativa del famoso dramaturgo alemán, a 1926, cuando escribía casi exclusivamente para el teatro de Piscator, para su Volksbüne en Berlín. Más conocido Brecht como poeta que como dramaturgo, ya entonces corrían por las calles berlinesas sus canciones de protesta, a veces firmadas y otras veces anónimas, llevadas por estudiantes y trabajadores en alas de la rebelión. Y en esa parábola: Un hombre es un hombre, lo más bello son precisamente las canciones, esas famosas canciones que impuso Brecht a la dramaturgia moderna, en las que sobresale el bardo, el creador poético.

Un hombre es un hombre. ¡Sí! ¿Y qué es un hombre? La parábola de Brecht nos lo muestra como un ser quien en la mañana sale a comprar un pescado; a mediodía ya vende un elefante; y de noche ha perdido su identidad. Tradúzcalo cada quien según sus propias luces, Brecht mismo se expresa a propósito de este drama: "En esos años Hitler y sus bandidos reclutaban grupos de (asesinos) entre el lumpen atemorizado por la ascensión de la clase obrera. Semejante hecho sólo podía atemorizar a las clases dominantes, a la muy alta burguesía, que por ello brindó su apoyo conscientemente a Hitler. En cuanto a la pequeña burguesía y al lumpen, ingresaban en las filas de los SS porque en ellas encontraban un modus vivendi por aquella época de crisis y hambre en la Alemania de la primera posguerra. El "héroe", Galy Gay, que ya tiene todas las características del "anti-héroe" aspira a "sacar su tajada" cada vez que se le presenta la oportunidad. Es un oportunista que necesita muy poco para dejarse convencer a realizar los mayores desmanes. Según el concepto que de la obra tiene El Galpón y según lo expresa en su introducción al programa de mano: "un hombre puede ser transformado en un asesino de la humanidad, en una máquina de la muerte, o en la mayor delas maravillas". Pues, yo sólo reconozco en el Galy Gay brechtiano la primera parte de semejante hipótesis. Lo que me parece más claro que el agua en este drama –por igual que en casi todos los dramas de Brecht– es que el dramaturgo alemán tiene en muy poca estima al ser humano. Brecht no es un "sicologista", no trata de pintarnos a un individuo con su modo peculiar de ser. Lo que busca es presentarnos a un prototipo de su especie, a un espécimen.Un hombre es un hombre, es decir una entidad capaz de todas las bajezas. Pero a quien Brecht no deja de tener lástima, porque pese a todas sus debilidades, un hombre... no deja de ser un hombre.

En este drama, Brecht se refiere a la Alemania donde ascendía Hitler pero como su obra se preocupa muy poco por el costumbrismo y por las colocaciones geográficas, resulta muy fácil a la puesta en escena, actualizarla. Brecht, con su imaginativo cosmopolitismo, no le da pasaporte a su ejército "invasor", aunque cada uno de sus soldados lo tiene –¿qué vale un hombre sin pasaporte?–; la región donde ejercen su poder los "invasores" tiene pagodas, en tanto su "héroe" es un irlandés. Basta ponerle cascos verdes a los "invasores", subrayar la presencia de las pagodas en una escenografía de rasgos asiáticos y dejarle a Galy Gay su incierta y extraña nacionalidad. Lo que hace fácil colocar la acción donde más le parezca verosímil y actual al espectador. Brecht no suele reducir los problemas de la humanidad a ciertas fronteras. Los ataca como estados de cosas, como males sociales, como "enfermedades" de una sociedad.

El director del grupo, Rubén Yáñez, que hace unos días dictó una magistral conferencia acerca de Brecht y del Berliner Ensemble –el teatro que abrió Brecht después de su vuelta del exilio en la República Democrática Alemana, y que encabezó después de su muerte su esposa, la gran actriz Helene Weigel– permanece muy fiel a los métodos brechtianos que también le han servido para montar otras obras con el mismo conjunto. Con un ritmo, quizá algo lento, pero que le servía para subrayar cada una de las características brechtianas, realizó, un espectáculo de casi tres horas. Sometidos a una fuerte disciplina, tanto los actores como todos los colaboradores, la representación nunca tuvo un desvío, un momento de debilidad. La misma línea directiva recorre desde el principio hasta el final este montaje de Un hombre es un hombre. Rubén Yáñez no hace alardes de "innovaciones", no trata de deslumbrar con novedades. Fue "tradicionalmente" brechtiano, con sus actores transformados en tramoyistas, con una gran economía de medios escenográficos, con "tipos" impuestos a sus intérpretes que dejaba muy poco a la espontaneidad o a la improvisación.

En resumen, un espectáculo de gran calidad tanto humana como artística, que merece todo el respeto.