FICHA TÉCNICA



Título obra El fantasma de la ópera

Notas de autoría Gastón Leroux / autor de la novela homónima; Raúl Astor / adaptación teatral

Dirección Raúl Astor

Elenco Mónica Serna, Julio Alemán

Música Nacho Méndez

Notas de Música Chucho Zarzosa / Dirección musical

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El fantasma de la ópera: espectáculo para niños”, en El Día, 22 agosto 1976, p. 26.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El fantasma de la ópera: espectáculo para niños

Malkah Rabell

En lo que va del año es ya la tercera tentativa de crear comedia musical mexicana, sin recurrir a la importación, que presenciamos. Las dos anteriores fueron Trampa para un amor con música de Raúl Vale, El atentado con música de Hilario Sánchez. En cuanto a El pájaro azul que fue el primer ejemplo –o casi– en este terreno, ya es una reposición y su estreno data del año pasado. Así que El fantasma de la ópera es el tercer ensayo del año 1976 por crear una comedia musical con música, coreografía y libreto de artistas nacionales. De esos tres intentos, el único que tuvo la inteligencia y la inquietud para buscar una obra mexicana y transformarla en medio portador de la música, fue Juan José Gurrola con El atentado de Jorge Ibargüengoitia, y aunque su puesta en escena fue un doloroso y sonado fracaso, no dejó de ser el primero en dar el ejemplo que otros harían bien en seguir.

Ahora bien, El fantasma de la ópera "misterio musical en dos actos original de Raúl Astor basado en la novela de Gastón Leroux, con música de Nacho Méndez", según reza el programa de mano, fue ya novela policial de estilo envejecido en la época de mi infancia, cuando leía en secreto la obra de Leroux. Por fortuna para los niños actuales, para los niños modernos, ellos podrán visitar el Insurgentes a la luz del día, y todo este "pavoroso" misterio les causará risa. Ven mayores misterios y más "pavorosas" realidades en la televisión. El espectáculo divertirá no sólo a los niños, sino a muchos adultos, probablemente, a toda la familia. Es una representación blanca, de gran espectáculo, con muchos oropeles, muchos bailables, algunos chistes malos y repetitivos, y una música, la de Nacho Méndez Méndez en arreglos y dirección musical de Chucho Zarzosa, que algunas veces es melodiosa, otras pegajosa y la mayoría de las veces nos olvidamos de ella apenas el director musical baja la batuta.

¿Desmenuzar el espectáculo? Francamente no vale la pena. El único intérprete que llamó la atención fue Mónica Serna, cuyas apariciones levantaban el tono general y hacían olvidar su chatez. Delicioso su único número bailable. Lástima que su papel de la bailarina de ópera Sorelly no fue más largo. Ni siquiera el papel del fantasma, interpretado por Julio Alemán fue excesivamente largo. Oíamos los rugidos y las carcajadas transmitidas por grabaciones, pero de Julio Alemán no nos enteramos ni dónde estaba. El público va al teatro para ver a este actor cinematográfico en carne y hueso, y no a un enmascarado que cuando se arranca la careta resulta un monstruo. Pero es menester admitir que cuando por fin actúa ante el telón abierto y deja de aullar entre bambalinas, es un actor de verdad y su última escena de monstruo sin máscara es desgarradora. Tampoco le conocía dotes de cantante, y lo hace muy bien. Y como a todo actor auténtico, no nos extraña que le guste cambiar de género y hacer un papel novedoso... para él.

El espectáculo carecía de ritmo, se hacía largo y tedioso, a veces demasiado blanco e ingenuo. Todo ello no extraña: Raúl Astor no es director de teatro y no supo dar a tantos actores, con tantas diversas escenas y distintos episodios, la agilidad necesaria. Y como remate la escenografía de Julio Prieto volvió, como en La novicia rebelde, a emplear los telones pintados que creíamos ya desterrados desde mucho del universo escénico. Eso prueba que la carestía de la vida, la inflación, también deja sus huellas en el universo de la farándula.