FICHA TÉCNICA



Título obra Triángulo español

Autoría Kurt Becsi

Dirección Juan Ibáñez

Elenco Carlos Ancira, Ofelia Medina, Manuel Méndez, Macrosfilio Amilcar, Gilberto Pérez Gallardo

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Triángulo español”, en El Día, 18 agosto 1976, p. 12.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Triángulo español

Malkah Rabell

Juzgar la obra dramática del autor austríaco, Kurt Becsi, llevada a la escena por Juan Ibáñez, es tarea muy difícil, difícil de enjuiciar tanto el drama como la interpretación y la dirección. Las virtudes y los defectos se mezclan en este caso con excesiva abundancia y excesiva rapidez, y es arduo llegar a una definición favorable o desfavorable sin titubeos.

Se trata, para mi modo de ver, de un drama hermoso, quizá demasiado lento y repetitivo, pero indudablemente de una gran atracción. Basado en un hecho histórico que a través de los siglos se vio rodeado de muchas leyendas, más o menos fantasiosas, el Triángulo español es la historia del casamiento de Felipe II, rey de España y de media Europa como de media América, con la princesa Isabel de Valois, hija de Enrique II y de Catalina de Médicis reyes de Francia, quien estuvo desde la edad de los 13 años prometida del hijo de Felipe, el príncipe Don Carlos, a quien el padre terminó por desposar Dios sabe por qué razones de Estado. Las auténticas razones históricas de este matrimonio malavenido nunca los sabremos. Pero el caso ha servido a numerosos dramaturgos –entre ellos a Federico Shiller para su Don Carlos– y a numerosos novelistas para crear dramas y novelas, y hasta melodramas y folletines con unas interpretaciones bastante similares entre sí el hijo y la esposa adúltera condenados a muerte por el padre y esposo celoso. Esta misma leyenda emplea Kurt Becsi. Tal vez su único desvío de la opinión tradicional es el retrato de la joven esposa. Isabel de Valois, que mas bien es una digna hija de Catalina de Médicis y no la "ingenua" de la escuela romántica. Intrigante y coqueta, lucha por salvar su propia vida y su posición de reina jugando tanto con las pasiones del hijo como del padre. Sin embargo, también ella es un personaje de múltiples facetas, ya víctima, ya victimaria, ya generosa y enamorada, ya sólo preocupada por sus intereses personales. La figura central es como en Schiller, el príncipe heredero, Don Carlos, un papel deslumbrante, uno de esos papeles que crean al actor una dimensión que entusiasma al espectador. Kurt Becsi presenta a Don Carlos como un símbolo de las libertades individuales, como un soñador que vislumbra un mundo futuro de libertades, enemigo del régimen de su padre a quien considera un asesino y a quien lo opone no sólo su amor por la misma mujer, sino su odio por la esclavitud que impone a su reino. No obstante Kurt Becsi señala la locura de su personaje, por igual que la del padre, la locura heredada de los antepasados y del mismo Carlos V, tanto por Felipe como por su hijo Carlos. Por fin, tenemos en la cima de este Triángulo español la figura de Felipe II, un personaje interesante, pero indudablemente dominado por la monstruosidad y la demencia.

La dirección escénica en esta obra consiste principalmente en el manejo de los actores y Juan Ibáñez se me hace bastante ajeno a semejante necesidad, más bien inclinado, como la mayoría de los jóvenes directores, a la espectacularidad, a los hallazgos fantasiosos, a la dinámica corporal, y muy poco a la actuación interior. No creo que se trate de malos intérpretes, de malos comediantes, pero ninguno de los tres fue dirigido con suficiente rigor y disciplina. Carlos Ancira como Felipe, dio el retrato de un demente, pero no de Felipe, por lo menos no lograba convencer. Teníamos la impresión de hallarnos otra vez ante el personaje de Gogol en El diario de un loco. A Ofelia Medina, físicamente muy interesante parecía mas alta que de costumbre con su preciosa vestimenta de época debida a Manuel Méndez le fue impuesta una actuación mecánica cuyo sentido se me escapa. Si el director quiso dar una visión de seres mecanizados, entonces hubiese sido necesario imponer este mismo juego a todo el conjunto, a todo el espectáculo. En cambio, los demás intérpretes actúan de una manera realista. En cuanto a Macrosfilio Amilcar, en este espléndido papel del príncipe Don Carlos, el personaje le queda grande a ese joven actor que se ha entregado con mucha seriedad a su protagonizado, pero sin las suficientes tablas ni con la suficiente personalidad. No quiero olvidar en una parte secundaria a Gilberto Pérez Gallardo, como el inquisidor Espinosa, quien, pese a no poseer la figura apropiada para su personaje, fue quizá el único que actuó con una gran contención interior, expresándose por un juego introvertido.

Pues, pese a ciertos defectos de interpretación y dirección, aunque no lleguemos hasta el final con el entusiasmo que nos mereció el primer acto, pues, pese a todo, este Triángulo español no deja de ser una bella representación, digna de verse.