FICHA TÉCNICA



Título obra Un día de octubre

Autoría Georg Kaiser

Dirección José Caballero

Elenco José Luis Cruz

Espacios teatrales Centro Universitario

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Un día de octubre en el Centro Universitario”, en El Día, 4 agosto 1976, p. 26.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Un día de octubre en el Centro Universitario

Malkah Rabell

Ya demostró, el joven director de escena José Caballero, su inclinación por el expresionismo al emprender hace dos años, como primer montaje escénico, una obra de Strinberg: El pelícano.Fue en August Strindberg en quien primero se desenvolvió el proceso creativo del expresionismo, con todas las anomalías e interrogantes que caracterizan este movimiento alemán, Strindberg, padre legítimo del expresionismo, siguió las peripecias de la literatura (y de la pintura) francesas; también él se encaminó del naturalismo el simbolismo, y las inquietudes y pasiones que habían nutrido su vida las transformó en inquietudes y pasiones de su creación artística que sondeaba las regiones ignotas del alma, y así dio vida al nuevo movimiento que nacía, el expresionismo.

Pues el muy joven director de escena universitaria, que no cuenta más de 20 años, y en la época cuando ponía en escena El pelícano aún no llegaba a los 18, pues José Caballero, con esta inocencia audaz de la juventud que cree poderlo todo y no se detiene ante dificultad alguna, se enfrentó al expresionismo de Strinberg y transformó su Pelícano en grand guignolesco melodrama, hecho al cual le ayudó su primera actriz, Virginia Manzano con su temperamento sobreactuado y melodramático. Ahora en su nuevo montaje de Un día de octubre –que se presenta en el Centro Universitario de Teatro de Coyoacán–, de otro expresionista, el alemán Georg Kaiser, sospecho que José Caballero trató de recurrir a la parodia, tal como la puso de moda Héctor Mendoza, y hasta sospecho que al joven director se le ocurrió imprimir a la obra un tono de farsa. Y nada más ajeno de que este Día de Octubre. De Georg Kaiser se han dicho muchas cosas contradictorias: que era un genio, o que era una nulidad; que era sumamente original, o que recurrió a temas extravagantes para ocultar, para encubrir la pobreza de su estilo. Dijo de él Vito Pandolfi en su Historia del teatro que "...toda la invención de Kaiser se limita a la situación de la cual se deriva el conflicto dramático... Lo único permanente en toda su producción es su preocupación por dejar estupefactos a los espectadores al exponer casos limites de singular repercusión... El arte de Kaiser es tan ligado a las circunstancias y tan cambiante que es difícil describir sus características" Y cito estas palabras de Pandolfi porque parecen especialmente apropiadas para esta corta obra en dos actos: Un día de octubre. Es la breve historia de un caso límite, el de una ninfómana segura de haberse entregado al hombre que la fascinó, cuando en realidad se entrega a un carnicero a quien encontró por puro azar; el caso límite de una entrega inconsciente que termina por seducir a sus dos involuntarios seductores.

La obra de por sí hoy se antoja pobre y muy envejecida. Las permanentes exageraciones de actitudes, gestos y mímica de todos los protagonistas torna el espectáculo de una infinita monotonía. Y el reparto no ayuda a levantar el tono de la representación. Quizá el único actor cuya interpretación sea digna de elogios es José Luis Cruz en el papel del carnicero. Actor que le dió a su caracterización un rostro más humano, menos mecánico. Los demás parecían darse cuenta de lo precario de su situación escénica, y buscaban inútilmente la salvación en lo caricaturesco.

No me atrevo a dar consejos, porque cada director, cada artista, tiene sus ideas propias acerca de la creación. No diré cómo me gustaría el vestuario o la escenografía, pero seguramente no es apropiada la vestimenta moderna que usaban las mujeres. En general, la representación no es bella, ni por su vestimenta ni por su escenografía, ni siquiera por su iluminación, que era inútil y por más que la manejaba uno de nuestros mejores escenógrafos, en muchos aspectos el mejor, Alejandro Luna, resultaba innecesaria. La escalera cortada a medio camino, puede deberse a una muy pertinente interpretación del director (La escalera se suspende en el aire y el hombre desciende a ninguna parte: programa de mano) lo que no impide que era gratuita. Un espectáculo no necesita interpretaciones literarias, debe llegar al espectador por su propio peso, por su misma existencia.

En resumen, una representación que no llegaba más allá de lo escolar.