FICHA TÉCNICA



Título obra Intercambio de parejas

Autoría Alfonso Anaya

Espacios teatrales Teatro Ofelia

Productores Varela

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Teatro que no se debe ver: Intercambio de parejas”, en El Día, 2 mayo 1976, p. 20.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Teatro que no se debe ver: Intercambio de parejas

Malkah Rabell

Quisiera juzgar a este Intercambio de parejas en son de choteo. Más, ni a choteo llega. No me da risa, me da furia. Hay teatro que no merece este nombre, ni tampoco merece una crítica porque se encuentra por debajo de cualquier juicio y da lástima gastar el papel de un periódico en mencionarlo. Pero es necesario denunciarlo, prevenir al espectador, es necesario arrancarle la máscara a este subteatro. El espectáculo estrenado en el Ofelia pertenece a este género de subteatro, y es producido por el señor Varela, que tiene toda una cadena de la misma clase de "industria", entre la cual se cuentan representaciones como La pulquería y Lecumberri.

Lo más gracioso de este caso, es que el autor, A. Anaya, ambicionó escribir una comedia del "absurdo", una comedia de la crueldad, de humor negro. Y de humor negro se puso el público, y no era para menos. Cuando el espectador paga 40 pesos por la entrada, tiene el derecho de exigir un mínimo de calidad. Probablemente el productor consideró que la calidad estaba en las "carnes desnudas". Porque no podía faltar el obligatorio strip-tease gratuito, y hasta hubo dos. Y si no fuera bastante con los desnudos femeninos, nos ofrecieron un strip-tease masculino. ¿Se imaginan a Sergio Ramos desnudo? ¿O en calzoncillos a rayas? No había calidad, ¡pero qué cantidad!

Parece que esta "comedia" ya fue presentada con distinto título en otro teatro, en el Ciudadela.¿Habrá tenido tanto éxito que los productores la juzgaron digna de prolongar su vida escénica? En el reestreno el público no pareció divertirse mucho con esta historia de matrimonio degenerado que por "broma" intercambia de pareja. La señora casada se "entrega" al mejor amigo de su marido. En lo más álgido de la situación el cónyuge "cornudo", y después de una escena de chistes estúpidos mata a la infiel y amenaza de muerte al mal amigo. Cuando ya dejó bastante asustado al "rival", resulta que todo fue una tomadura de pelo (¿de quién?), muy dentro de las costumbres de la pareja. La esposa no está muerta, y el marido lleva con orgullo su corona de astas. La idea del comediógrafo pudo tener su pizquita de originalidad, hasta pudo ambicionar cierto punto de vista sociológico, porque el marido es un vendedor de seguros de vida, y en determinados ambientes pequeños burgueses, de desclasados –y los vendedores lo son– cuando les da por jugar al "intelectualismo", se vuelcan en la pornografía. Para continuar con la intención del "absurdo", que parece ser la del comediógrafo, el marido se pone un sombrero de copa y sale de parranda con la sirvienta, con la benedición de la esposa.

Más, no es original quien quiere. De buenas intenciones está lleno el infierno. Una intención hay que saberla llevar a cabo por medio del lenguaje teatral. Y los diálogos de este Intercambio de Parejas es de una idiotez inaguantable, de una ramplonería que se antoja improvisada desde el principio hasta el final. Aunque al final, el autor le quiso. dar un tono "clásico" de "burlador burlado". La extraña pareja invita al "mejor amigo" en compañía de su novia, y el marido decide birlárselo por medio de un supuesto hipnotismo, y ante su espanto se da cuenta que cayó en manos de una sádica.

Más, hasta este final da la impresión de no haber sido ensayado, que los tramoyistas ignoraban el momento del último telón, que los actores desconocían sus papeles, que nadie sabía por dónde entrar ni por dónde salir. Creo que en toda mi vida nunca tuve tal sensación de presenciar una pesadilla como en esta oportunidad. No, decididamente, esto no es teatro, creo que ni a subteatro llega. Y en una época cuando el público demuestra curiosidad por las producciones escénicas, ofrecerle semejante espectáculo que indudablemente ahuyenta al espectador –tal vez para siempre– es un auténtico crimen.