FICHA TÉCNICA



Título obra Jugando a Dreyfus

Autoría Jean-Claude Grinberg

Dirección Alejandro Bichir

Elenco César Bono, Sergio Klainer, Abraham Stavans, José Gálvez

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Yo también seguiré viviendo ”, en El Día, 4 mayo 1976, p. 16.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Dreyfus supera las dificultades

Malkah Rabell

Como conocía la obra de Jean-Claude Grinberg, temía mucho las dificultades que este Jugando a Dreyfus presenta para quienes desconocen la ambientación, los caracteres y el sentido del humor que el autor encara. Y de ninguna manera se trata del ejército y de la justicia franceses en 1894, cuando tuvo lugar el juicio del capitán Dreyfus condenado inocentemente a los trabajos forzados en la Isla del Diablo. Dreyfus no es más, en la comedia de Jean Claude Grinberg, que un reflejo, un recuerdo, una segunda intención. Se trata en realidad de un grupo de obreros judíos aficionados al teatro, que en una aldea polaca cerca de Vilno, ensaya una obra sobre el juicio de Dreyfus, escrita por su director, que es el "intelectual" del grupo. La obra fue puesta en escena en París, en el teatro subvencionado: el Odeón y tuvo buena crítica, que no llegó al entusiasmo, pero sí al reconocimiento.

El sentido del humor de Jean-Claude Grinberg, tiene cierta similitud con el humor de Shalom Aleijem –el autor de Tevié el lechero en la cual se basó la comedia musical Un violinista sobre el tejado–. No es fácil reproducir esta comicidad tan exótica para muchos. No obstante las novelas, los cuentos y los monólogos de Shalom Aleijem han sido traducidos hasta en chino y todas sus traducciones han tenido una gran aceptación. Lo que prueba que un arte auténtico, que refleja sinceramente el alma de un pueblo es aceptado por todo lector, pese a su exotismo.

Y yo, que temía la incomprensión del público y la incapacidad de reproducir esta clase de comicidad por un director muy joven, Alejandro Bichir, que desconoce por completo el ambiente como las características étnicas de los judíos askenazitas, me equivoqué. Y pueden imaginarse cuánta alegría me produjo esta equivocación. El público respondía con una risa emocionada a las ingenuidades de esos actores improvisados creados por Jean-Claude Grinberg, ingenuidades que nada tenían que ver con lo caricaturesco. Actores aficionados que muy poco saben de Dreyfus y vanamente tratan de someterse a las directivas de Mauricio el director-autor, o de plano tratan de imponer sus propios puntos de vista a su director con esta pasión por las discusiones bizantinas y por dar consejos a sus superiores, propia de la idiosincrasia israelita. No fue en vano que en Israel corrió la anécdota de que en los cuarteles se exhibe la advertencia: "Se suplica a los soldados no dar consejos a los generales" también temía yo la pasión de José Gálvez por la caricatura, por su manía de inventar acentos que no corresponden al personaje –como lo hizo en Nada como el piso 16–. Y también en este caso me equivoqué. Aunque en su papel de Arnold, un aficionado que se cree un gran actor, empleó un acento innecesario –ya que se supone que este grupo de aficionados pueblerinos habla en su idioma, el "idish", por lo tanto hablan sin acento–, su manera de hablar no chocó en absoluto. No había nada de caricaturesco en su modo de realizar el personaje. Dio vida a una figura muy humana, cuyas vanidosas reacciones de "actor" hacen reír tal como lo deseaba el autor, de una manera muy pegada al texto. ¡Una estupenda creación! No le quedó en zaga Sergio Klainer en el papel del "intelectual", el director-autor de ese Jugando a Dreyfus, que trata de poner en escena con sus compañeros y que nunca llega a montarse ante la dispersión, física e ideológica del grupo. Su papel es menos atractivo, por ser más dramático, y el público ama reír. Mas, desde su presencia física, muy apropiada al tipo, hasta sus largo silencios y sus escenas de violencia, eran excelentes. En cuanto a César Bono, en el papel del zapatero que vanamente intenta ser Dreyfus, tiene un ángel especial, tanto para las escenas cómicas, como para las dramáticas. Quizá el que exageraba un poco fuera Abraham Stavans, por sentirse muy cercano al personaje del sastre que impone el color rojo a los militares franceses porque tal es el color de la tela que tiene en reserva, y por conocer esta clase de personajes. Entre los cuatro: Gálvez-Klainer-Bono-Stavans, le daban el tono y el sentido exacto a esta comedia tan ajena a todo lo que en México se conoce de los judíos.

Una comedia, una puesta en escena, que pese a todos mis temores, su joven director, Alejandro Bichir, supo montar con una gran exactitud y suma responsabilidad.