FICHA TÉCNICA



Título obra El gran ceremonial

Autoría Fernando Arrabal

Dirección Juan Antonio Lláñes

Elenco Graciela Doring, Julio Allende, Marta Aura

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El gran ceremonial de Arrabal”, en El Día, 13 marzo 1976, p. 20.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El gran ceremonial de Arrabal

Malkah Rabell

Teóricos, críticos, intelectuales y hasta simplemente público, son numerosos quienes dudan de la autenticidad del valor de Fernando Arrabal. ¿Gran dramaturgo o bluf creado por el esnobismo "vanguardista"? No sabría decirlo. Mas, lo que me parece indudable, es su instinto de hombre de teatro. Flota entre el realismo y el surrealismo y logra mantener en tensión al espectador con los temas más difíciles e incongruentes. Sabe que al público le gusta los platos fuertes, y se lo sirve con cucharón; sabe que a una gran mayoría del auditorio lo atrae el sadismo, la crueldad, y nada difícil se le hace saciar esos instintos morbosos, porque indudablemente él mismo es un sado-masoquista. En la obra estrenada en el Granero, El gran ceremonial, el dramaturgo español, que escribe en francés y tiene París como lugar de residencia, ha recogido numerosos elementos de obras suyas anteriores ya conocidas: el primer acto: Fando y Lys: el segundo acto: Los dos verdugos. Y para demostrar cuán consciente es de esos préstamos a sus propias realizaciones, llamó a su protagonista Fando y a la protagonista femenina, que interpreta dos personajes muy poco distintos entre sí: Syl y Lys, apenas invertidas las letras, y apenas inversión de personas dramáticas. Si Fando en la obra original es una figura en cierto modo poética, y sin progenitores, salido todo armado del cerebro del autor, sin padre ni madre, aquí en El gran ceremonial, tiene una madre, y es ella –la monstruosa madre de Los dos verdugos, esa madre, esencialmente española que Arrabal odia con todas las fibras de su ser, incapaz de frenar la tormenta de su aborrecimiento desatado–, es ella la responsable de la crueldad de su hijo, de su sadismo y de su aversión a las mujeres, como de su acomplejamiento, de sus miedos, de su sentimiento de ser un monstruo de fealdad del cual no le permite desembarazarse. No obstante hay algo de la crueldad infantil –que yo no llamo inocente, sino simplemente infantil– en Fando, y sólo lo puede domar... pues, sí, Lys, otro ser infantil (aunque Lys en la obra original, no era una masoquista, sino una víctima), y el final nos presenta otra vez a Fando y Lys, reunidos para emprender el camino juntos, liberándose del cordón umbilical que unía a Fando a su madre, y dejando a ésta sola, ante la gran alegría del público. Algunos consideran este final hermoso, yo lo juzgo horrible. ¿Qué belleza hay en dos seres adultos con psicología infantil, que no han crecido anímicamente y sólo se reúnen para continuar su camino sadomasoquista?

Debida la puesta en escena a un muy joven director, Juan Antonio Llánes, adoleció tal vez de exageraciones realistas, que transformaban el "gran guiñolismo" surrealista de Arrabal en melodramatismo cotidiano. Mas, si tomamos en consideración la poca experiencia del director, sólo podemos felicitarlo por lo ambicioso de su empresa, que contenía muchas escenas excelentes y hasta bellas, con lo imaginativo de la escenografía debida a Julio Carrasco, y sobre todo con la interpretación de tres actores: Julio Allende, Marta Aura, Graciela Doring. El primero como Fando, creó un personaje que pasaba con dramática fuerza de lo desgarrador de una mente anormal, víctima de su madre, del ambiente y de una enfermiza imaginación, a lo repulsivo del victimario sádico; del acomplejado por su deformidad física al resplandeciente "bello príncipe" salvado por una admiración y un cumplido femenino, cuyos miembros adquieren rápidamente su normalidad (quien ha leído la novela de Manuel Scorza: Historia de Garabombo el invisible, recordara a un personaje semejante); Marta Aura, con esta temperamentalidad que le es propia, interpretó su primer personaje, Syl, con mucha sensibilidad dolorosa, y al segundo, Lys, lo diferenció por la ingenuidad. En cuanto a la hace poco bella dama joven. Graciela Doring, no temió desfigurarse para crear su odioso personaje de la madre, con todos los pormenores que tal figura exigía, despertando no sólo el odio del hijo sino de todo el público.

Tal vez Arrabal al devolverles una vida nueva a sus personajes ya utilizados en otras creaciones, deseó profundizar en sus mentes y verlos bajo nuevas y distintas luces.