FICHA TÉCNICA



Elenco Berta Singerman

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Notas Recital de Berta Singerman

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Berta Singerman: la Sarah Bernhard de América”, en El Día, 17 enero 1976, p. 20.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Berta Singerman: la Sarah Bernhard de América Latina

Malkah Rabell

Extraordinaria ha de ser la personalidad de un artista para despertar tan apasionadas controversias en torno suyo como lo hace Berta Singerman: unos la odian, otros la adoran; unos la admiran sin freno, otros se burlan sin piedad. Personalmente la vi por vez primera cuando ella era aún muy joven y yo una adolescente, hace de ello unos treinta o treinta y cinco años, me enloquecía de entusiasmo. Era ella como la representación misma de la radical innovación de lo que llamaban declamación. Ella en el escenario era como una llama ardiente, como un sauce que se pliega en todas las direcciones bajo el menor soplo del viento. Tenía una voz de violín bajo los dedos de algún Yehudi Menuhim y había encontrado un modo nuevo de manejarla. No era canto ni recitación, sino las dos cosas a la vez. Había en ella algo de sacerdotisa envuelta en esos extraños velos que siempre agregaba a su vestimenta. Una sacerdotisa de un arte nuevo.

Mas la desgracia quiere que lo extremadamente novedoso envejezca más de prisa que lo tradicional, es como la moda de los sombreros, que, cuando más audaces tanto más pronto ridículos hasta en las más lindas cabecitas. Ayudaron a ridiculizar el arte de Berta Singerman sus innumerables imitadoras. Empero, hasta en su lucha contra la decadencia, Berta no era como todo el mundo. A medida que pasaba el tiempo y le quitaba sus naturales dones, ella iba madurando como actriz. Empezaba realmente a transformarse en una intérprete, como siempre lo ha pretendido. Hace dos años, fui a escucharla cuando visitó México, con mucho miedo. Tenía pánico de asistir, de presenciar una dolorosa decadencia. Para felicidad mía, la encontré más actriz que nunca, madurada, ya sin las bellezas externas, pero con un trabajo realizado a lo hondo, arrancado a sus propias entrañas. Esta vez, cuando se anunciaron sus recitales, ya carecía yo de miedo. Sólo podía encontrar la intérprete honda y dolorosa de hace dos años.

¡Y oh, tristeza! En determinada edad, cada año cuenta como una década. Físicamente su rostro y su silueta parecían como rejuvenecidos. Pero su voz se tornó como sin matices, perdido su lirismo, una voz rasposa y ronca. Quizá también tiene dañada la agudeza del oído. Y la intérprete probablemente con el instinto de sus fallas actuales, para cubrirlas, se dio a la exageración, a la sobre. actuación. Su famoso sonsonete lírico, que hace dos años había abandonado por un tono más natural, menos de "vanguardia" trasnochada, volvió a oírsele en la mayoría de sus recitaciones.Y esta vez, en lugar de presentar el radicalismo de una escuela descubierta e impuesta por ella, se obtenía una desagradable sensación de melodramatismo. Gesticulaba demasiado y aunque sus manos siguen siendo hermosas, molestaba verlas en constante movimiento. Su Auschwitz de León Felipe, ya no era el canto dantesco, sino un grito melodramático, Su Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, de García Lorca, parecía el clamor de las antiguas lloronas por la masa. cre de un pueblo. En este canto de amor desapareció parte de su valor al adquirir un tono excesivamente trágico. La Marsellesa sin la música, que siempre hizo su fuerza, el himno de los pueblos del mundo entero en lucha por su libertad, recitado y gesticulado, sólo fue un poema patriotero. Lo mejor del recital fueron sus dos poemas humorísticos: Coloquios de perros de Rafael Alberti, y La Negra Fulo que siempre fue su caballito de batalla y que recitó al final a solicitud del público.

Mas, qué extraordinaria ha de ser la personalidad de esta Sarah Bernhard de nuestra América Latina, para que el público llene todavía la sala de un teatro como el Hidalgo. Y no sólo fue numeroso este auditorio, entre quienes –tal como ella lo asegura– abundaba el elemento joven, sino entusiasta, y la sala se venía abajo por los aplausos que acompañaban cada una de sus interpretaciones.