FICHA TÉCNICA



Título obra Medea

Autoría Eurípides

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Ofelia Guilmáin, Lilia Aragón, Enrique Gilabert, Manuel Guízar

Coreografía Guillermina Bravo

Productores Manolo Fábregas

Referencia Malkah Rabell, “Las cien representaciones de Medea”, en El Día, 23 septiembre 1975, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La cien representaciones de Medea

Malkah Rabell

Los cambios que pueden introducirse en un espectáculo a través de 100 representaciones son, en realidad, mínimos, y más bien pertenecen al campo subjetivo de los actores, y no a un deseo objetivo de transformación. La que generalmente sufre ligeros cambios en su actuación, es Ofelia Guilmáin, que no teme las morcillas y hasta es capaz de introducir escenas enteras debidas a una repentina inspiración. (Como lo hizo en las 100 representaciones de La maestra bebe un poco). Esta vez se mantuvo con más rigidez dentro de los marcos de su interpretación, tal vez por respeto al director, Rafael. López Miarnau, o tal vez porque "modestamente" no se sentía capaz de enmendarle la plana a Eurípides. Tan sólo introdujo ciertas variantes en el temperamento de su personaje. Le pareció que Medea necesitaba mayor "primitivismo". Lo malo es que confundió el carácter de una princesa "bárbara" con el de una vendedora de cacahuates en Tepito. Me gustó mucho más la noche del estreno.

En cambio, pude observar con más atención ciertas interpretaciones que la primera vez me pasaron desapercibidos, como la de Lilia Aragón, en el papel de la nodriza. Sin duda estamos acostumbrados a que las "nodrizas" —según el texto, la de Medea y no de sus hijos— sean ancianas. En cambio el pedagogo puede ser más joven, ya que es el maestro de los niños. Lilia Aragón, tiene una hermosa y grave voz: y su rostro es de tal belleza, que de tener a mano semejante "nodriza", Jasón seguramente no hubiese esperado a la hija de Creonte para cambiar de tálamo. En el estreno también me han pasado desapercibidos Enrique Gilabert en la caracterización del pedagogo, y sobre todo Manuel Guízar, excelente en el papel de Egeo.

Lo que ya me chocó la primera vez —y lo puse a cuenta de mi estado de ánimo— y en la segunda asistencia me llegó con mayor desagrado, fue la danza –o las danzas– del coro: demasiado brincos y saltos y carreras a través del escenario y por las escaleras, éste último, elemento muy sugestivo de la escenografía. En ese desplazamiento coreográfico del coro, había algo más cercano a una comedia musical que a Eurípides. Lo que me extraña mucho de una coreógrafa tan seria y responsable como Guillermina Bravo. En resumen, la fuerza del espectáculo, desde la primera hasta la centésima representación, fue el texto que con tanta claridad v tanto arte expresivo nos transmitieron los intérpretes.

Más, lo importante en esas 100 representaciones fue el homenaje a Manolo Fábregas. Homenaje que no fue dirigido ni al actor ni al director escénico, sino al empresario, al productor. Y nadie como él lo merece en este campo. Fue Manolo Fábregas el primero en introducir en México la comedia musical y todo lo que es gran espectáculo. Ya sin hablar de la gracia que tiene por montar simplemente comedias. Lo hizo sin miedo de perder las inversiones, que muchas veces eran fabulosas.Es uno de los pocos hombres de teatro en México que ha arriesgado el todo por el todo, y con esos montajes en grande dio trabajo a muchos actores, a músicos, a bailarines y escenógrafos. Desde luego, nunca se hacen homenajes a perdedores. Los homenajes son para quienes triunfan, hasta en las malas causas. Lope de Vega decía: "Hijo mío, nunca seas el primero, siempre el segundo. Los primeros abren brechas, v los segundos son quienes las aprovechan". Por fortuna para Manolo Fábregas, aún cuando primero, no dejó de triunfar. Más, quienes siguen sus pasos v tienen las brechas abiertas, el camino se les hace más fácil. Para éstos últimos el esfuerzo, el miedo, el riesgo han sido superados pero son ellos que reciben premios. Pero el auténtico vencedor del miedo, ha sido Manolo Fábregas.