FICHA TÉCNICA



Título obra Deux machina

Notas de autoría Sófocles / autor de Antígona; Abraham Oceransky / adaptación

Dirección Abraham Oceransky

Elenco Adalberto Parra, Paloma Woolrich

Referencia Malkah Rabell, “Deux machina”, en El Día, 23 noviembre 1975, p. 22.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Deux Machina

Malkah Rabell

Como el director que presenta en el teatro Galeón la obra Deux Machina Abraham Oceransky es el hombre orquesta a quien se debe todo el espectáculo, es menester hablar en primer término de él. Sin duda es un joven artista de talento, imaginativo y multifacético, que escribe sus obras, hace la música para las mismas, y en caso de necesidad toca diversos instrumentos, y hasta dibuja las escenografías... En una de sus primeras puestas en escena: El conejo blanco, basada en Alicia en el país de las maravillas, ha demostrado un gran sentido de la plasticidad escénica, que continuó en El simio, aunque ninguno de sus ulteriores montajes logro igual éxito que aquella obra de sus comienzos, El conejo blanco. Su actual producción se basa en la Antígona de Sófocles y muchas de sus escenas son muy bien logradas y hasta hermosas, en particular aquellas que inician y aquellas que terminan la representación. Muy feliz es el hallazgo de un telón transparente que separa el escenario del público. Es muy sugestiva la escena de los dos hermanos Eteocles y Polinices –hijos de Edipo– que al frente de sus respectivos ejércitos. simbolizados por unos cuantos actores, se entrematan. Igualmente sugestiva es la escena de las dos hermanas, Antígona e Ismene, que son de las pocas escenas que realmente pertenecen al original de Sófocles. A medida que el director se va adentrando en la obra, se olvida del original y crea su propia interpretación.

¿Y cuál es la idea clave de Abraham Oceransky al montar su espectáculo? Aquí llegamos a las mismas fallas que encontramos en muchos jóvenes directores de vanguardia, que tratan a toda costa de ser sus propios dramaturgos. Oceransky no es dramaturgo. Su idea fue tal vez muy digna al tomar el tema de la Antígona, su encarcelamiento, y servirse de éste como de un pretexto para presentar escenas de cárceles modernas y de la posibilidad que tiene la actual civilización de "lavar el cerebro" a los ciudadanos del mundo entero, transformándolos en máquinas obedientes, que sólo saben repetir hasta el infinito: "Sí señor... sí señor... sí señor". Uno de sus mejores hallazgos de la dirección fue precisamente la transformación de la clásica "deux machina" en un tanque de guerra. Mas, todas sus ideas, Oceransky las presentó de tal modo caótico y barroco, tan repetitivas, tan abultadas, que terminamos por no entender nada. Un espectáculo que en una hora pudo haber producido un efecto sugestivo, termina en dos horas y media por desbordar sus propias posibilidades.

En cuanto a los actores, lamentablemente ningún programa nos da sus nombres, lo que es una injusticia para los intérpretes que han de tener un amor muy grande a la escena para someterse a la tortura que significa brincar, correr, arrastrarse por la escena, anda descalzos y semidesnudos en ese teatro helado, y gritar toda la noche. ¡Ay, este griterío que acompaña a toda la generación vanguardista! ¿por qué? ¿para qué? ¿Por qué debe desnudarse uno de los personajes sin ton ni son, cuando su desnudez no tiene ninguna razón de ser lógica? En las cárceles se desnuda a los presos, para humillarlos, y no son los carceleros que se desnudan. ¿Por qué repetir los mismos conceptos una y otra y otra vez? ¿Por qué emplear escenas sexuales tan faltas de sutileza? El director a todas sus demás actividades quiso agregar las de sociólogo, sicólogo freudiano que considera el amor de Antígona por su hermano como un complejo de Electra y además sexólogo.

De los actores sólo conozco dos: Adalberto Parra y Paloma Woolrich. Esta última llevó su abnegación hasta memorizar el papel de Antígona en unos pocos días, ya que la actriz original repentinamente renunció. Pero en este espectáculo basado en gritos y movimientos corporales, el actor deja de ser intérprete, muy pocas posibilidades le quedan para lucirse como tal. De tanto gritar pierde todas las posibilidades de dar entonaciones a su texto. Se pierde el texto y se pierde el actor. Y el público de oír tantos gritos y de ver tantas maromas cirqueras, pierde el gusto por el teatro.