FICHA TÉCNICA



Título obra El cuarto de Verónica

Autoría Ira Levin

Dirección Manuel Montoro

Elenco Claudio Obregón, Nelly Meden, María Rojo, Arturo Berenstein [Beristain]

Escenografía Guillermo Barclay

Espacios teatrales La Ciudadela

Referencia Malkah Rabell, “El cuarto de Verónica”, en El Día, 4 agosto 1975, p. 16.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El cuarto de Verónica

Malkah Rabell

La obra de Ira Levin, que se estrenó en el teatro La Ciudadela: El cuarto de Verónica, pertenece –por igual que su novela que sirvió de base a la película El bebé de Rose Mary al género de suspenso y no tiene otras ambiciones que las de entretener al público. Construida con una diabólica habilidad, su trama me hace pensar en el juego eslavo de la Vanka–Stanka: una muñeca de madera que se abre a la mitad del cuerpo y de cuyas entrañas sale una serie de muñequitas, cada vez más pequeñas, que encajan perfectamente unas en las otras. En El cuarto de Verónica cada detalle, cada episodio, cada intriga, encajan a la perfección unos en los otros, hasta formar una unidad, un todo de férrea lógica.

De ninguna manera se puede reprochar al autor, como sucede a menudo con la literatura de suspenso, de que su desarrollo está tirado de los pelos. ¡No! Aquí todo llega a explicarse lógicamente, con unas justificaciones psicopatológicas y sadomasoquistas. Y no obstante, la obra se me hace bastante gratuita. Tal vez porque de un director como Manuel Montoro, que nos acostumbró a colocar sus realizaciones en el campo de los autores grandes y difíciles, como un Paul Claudel, un Pirandello o un Harold Pinter, entre quienes ese repentino Ira Levin da la impresión de un enano entre gigantes. Pero hay que vivir... ¡Y no sólo de aplausos vive el hombre! Así que no tomemos a Ira Levin por su valor intrínseco, sino por el valor que le otorga el espectáculo dirigido por Montoro e interpretado por cuatro excelentes actores, y con una escenografía de Guillermo Barclay, lo que no es poca cosa.

Y en realidad, se trata de una bella representación, que desde la primera aparición de los actores en la escena confirma la mano del director escénico. Esa lentitud de los gestos y de las palabras, que nos introduce de inmediato en el ambiente, que instantáneamente crea la atmósfera. Una atmósfera extraña, aunque nada deja sospechar que esa pareja de ancianos, formada por Nelly Meden y Claudio Obregón, sea otra cosa de lo que pretenden ser: un mayordomo y una sirvienta envejecidos al servicio de unos hermanos, de los cuales, la mayor falleció hace treinta años de tuberculosis, y la menor está a punto de morir de cáncer, además de sufrir un trastorno mental. Tampoco se podía imaginar el público que la pareja joven: María Rojo y Arturo Berenstein, no eran esos dos jóvenes sanos y normales, llenos de vitalidad y de espíritu actual, en la "onda" de nuestros días. La extrañeza, el misterio, el suspenso llegan poco a poco, y el arte del director encuentra el tono justo para no destrozar los nervios del espectador, acelerando el ritmo síquico del público poco a poco, de acuerdo con el ritmo de la representación.

La pareja Nelly Meden y Claudio Obregón se hallaba a la altura de dos grandes actores. Sobre todo Claudio Obregón actuaba tanto mientras pronunciaba sus parlamentos como durante sus escenas mudas. Sus silencios se poblaban de significado por cada expresión de su rostro, por el brillo de los ojos. En Arturo Berenstein era muy llamativo el cambio que logra entre los dos personajes, que físicamente son uno solo, y síquicamente, dos. En cuanto a María Rojo, es una actriz muy temperamental, y su actual delgadez le queda muy bien, la rejuvenece dándole su edad auténtica, y prestándole un aspecto de adolescente. Lo único que se le puede reprochar, y que tal vez se deba a la emoción del estreno, es que entre un parlamento y otro, se "ausentaba", parecía olvidarse del escenario y de su personaje.

Si aun agregamos la atmósfera creada por la escenografía de Willy Barclay, que al primer golpe de vista sólo parecía funcional, y después, poco a poco, empezaba a influir sobre los nervios del espectador, formando un todo con el ambiente, obtenemos un total de una representación no sólo excelente, sino que destila un extraño embrujo.