FICHA TÉCNICA



Título obra Medea

Autoría Eurípides

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Ofelia Guilmáin, José Gálvez, Augusto Benedico, Antonio Medellín

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Malkah Rabell, “La Medea de Eurípides”, en El Día, 1 julio, 1975, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La Medea de Eurípides

Malkah Rabell

De los tres grandes clásicos de la tragedia griega: Esquilo, Sófocles y Eurípides, es este último quien menos me emociona, aunque sus ideas sean a menudo más modernas y más cercanas a nosotros que las de sus ilustres predecesores. Y quizá sea este exceso de inteligencia realista que le quite dramatismo al contenido de sus obras. Y de las tragedias de Eurípides es Medea una de las que menos me interesa, tal vez porque la vi en numerosas oportunidades. Es una obra que atrae tanto a las grandes figuras femeninas de la escena, por todas las posibilidades de lucirse que ofrece, como a los directores por su aparente sencillez. Y hasta la eligen los dramaturgos modernos para sus nuevas versiones inspiradas en la heroína anti-salomónica que prefirió matar a sus hijos en lugar de perderlos, en lugar de entregarlos a otra mujer.

Medea, he aquí ya la semilla de una tragedia [anti]racista y hasta feminista, porque Eurípides, pese a su misoginia, no dejó de exponer más de una verdad acerca del destino de la mujer.

Así que el nuevo Teatro Helénico para su inauguración eligió la reposición de Medea, tal vez porque le daba la posibilidad a la gran trágica nuestra, Ofelia Guilmáin, de lucirse en un papel que ya le brindó aplausos en la época de los teatros del Seguro Social, y que tanto se presta a su temperamento, o tal vez porque es Año Internacional de la Mujer. Mas, pese a las numerosas veces que he visto la tragedia de la princesa "primitiva" en sus embates contra el mundo "civilizado", es la primera vez que oigo su texto con tanta claridad, con tan nítida interpretación. Un texto que nos llega directamente al oído, al corazón y a la mente.

La puesta en escena de Rafael López Miarnau no es revolucionario ni desde el punto de vista artístico, ni tampoco desde el punto de vista político. No ha tratado de transformar a Medea en una guerrillera de la Nueva Izquierda, ni ha tratado de imponerle a Eurípides los formalismos del siglo XX y de Rafael Miarnau. No ha tratado de deslumbrar a nadie con extravagancias inesperadas. Sus novedades no las ha buscado en el futuro, sino en el pasado, conocidas desde tan antiguo que han llegado a ser olvidadas. Podríamos llamar a su montaje como "arqueológico". Ha buscado sus puntos de apoyo en arqueología y antropología. Sus coros y sus personajes toman actitudes vistos en dibujos de vasos y cerámicas, en estatuas griegas, en esculturas de museos, en ruinas. Cada uno de los desplazamientos del coro, en colectivo, en grupos o individualmente, se inspiran en imágenes religiosas o históricas, en visiones conocidas y olvidadas. Su coro femenino se cubre de pieles de chivos como lo hacían los devotos del ditirambo, y algo tienen de las primitivas bacantes, [aunque en resumen este coro no convence a nadie. (inserción en manuscrito de la autora: N. del E.)]

No hay máscaras, pero Jasón cubre su rostro de José Gálvez, con una fisonomía de estatua griega, lo que por cierto le da una gran atracción. Pero como actor, fue Augusto Benedico que ganaba la partida en su papel de Creonte, y hasta Antonio Medellín, en su breve aparición del Mensajero, impulso su presencia. Mas, indudablemente que es Medea, que es Ofelia Guilmáin, en su papel dé la princesa bruja, quien fue el atractivo principal de la representación. Se ha reprochado muy a menudo a la Guilmáin de apoderarse del escenario para hacer lo que le viene en ganas. Nada de esto sucedió en esta increíblemente seria puesta en escena. Ofelia Guilmáin dejó de ser Ofelia Guilmáin para transformarse totalmente en Medea, con su voz de contralto, con su rostro extraño de personaje surgido de selvas, con su temperamento que nunca se desbordó fuera de lo señalado por su personaje. Una hermosa interpretación –como todas en su derredor–, una hermosa puesta en escena, la de Rafael López Miarnau, una hermosa escenografía, la de Julio Prieto que transformaba ese escenario tan incómodo y poco apropiado para la tragedia clásica en un lugar funcional. En resumen: ¡Un hermoso esfuerzo!