FICHA TÉCNICA



Título obra Hotel Baltimore

Autoría Landford Wilson

Dirección Adam Guevara

Elenco Marta Aura, Abraham Stavans, Alejandro Aura, Yolanda Mérida, Silvia Caos

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Productores Margarita Mitchel (Peggy)

Referencia Malkah Rabell, “Hotel Baltimore”, en El Día, 14 junio, 1975, p. 24.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Hotel Baltimore

Malkah Rabell

Siempre ha sido admirado el ojo de lince que tiene la productora Margarita Mitchel –"Peggy" para sus amigos y colaboradores– para descubrir a primera vista un éxito asegurado. Desde su producción de Juegos de niños, dirigida por Rafael López Miarnau, en la gran sala del teatro Hidalgo, hasta su producción, bajo la dirección de Alejandro Bichir, de Malcolm y los eunucos, en la reducida sala del Granero, todas sus empresas fueron un triunfo, en el máximo sentido profesional. Pues esta vez, se le fue la liebre, o por lo menos es la sensación que dejó el estreno, cuando los aplausos –y Dios sabe si las noches de las premiere van cuates para aplaudir– eran tan tibios, que al salir al final para saludar, el director, el joven y vanguardista Adam Guevara, lucía una mueca tan tétrica, como si se diera cuenta del fracaso que estaba en el aire.

¿De quién fue la culpa? ¿Del autor, Landford Wilson, quien con El Hotel Baltimore sólo dio a luz una obra bastante obvia y tradicional, pese a haber sido presentada en Off Broadway, es decir fuera del Broadway comercial? Una obra que pese a los premios de la crítica de Nueva York y de Canadá (en una época cuando los grandes dramaturgos no aparecen), tampoco es una séptima maravilla.¿O bien es culpa del director de escena, quien, como le sucede a menudo a los metteurs en scene de búsqueda, no encuentra el tono justo cuando se trata de una obra con tres paredes y la cuarta formada por el público, es decir una obra realista? Hay bastante de ambas cosas. Tal vez puesta en el tono en que fue escrita, es decir un poco sentimental y un poco "canallesco", con ese lenguaje crudo que suelen usar los nuevos dramaturgos como signo de "audacia", pero en fin de cuenta un tono "real", de vida cotidiana, probablemente hubiera llegado a ser un éxito de gran público, y hasta no hubiera disgustado a los "más exigentes". Pero Adam Guevara, sin cambiar gran cosa... o tal vez, nada, al original, le puso tal tono de estridencia, de exageración, como si quisiera darle un estilo fantástico, fuera de la realidad cotidiana, que sólo logró cansar a todo el mundo.

Todos los actores de ese Hotel Baltimore, y eran numerosos, interpretaron sus partes con un pathos, con una exageración, con una sobreactuación tan violenta que resultaba insoportable. Sobre todo se notaban tales características en el papel de la "muchacha" a cargo de Marta Aura. He aquí una actriz que en Living room, en un papel dramático se mostró excelente, y aquí siguiendo los directivos del mismo Adam Guevara, que la dirigió en la obra de Graham Greene, se salió de los límites permitidos y sensatos. Gesticulaba, chillaba, gritaba, corría de un lado para otro sin ton ni son, en una palabra estaba desaforada y en el transcurso de cada uno de los tres actos, nos die casi tres personales distintos, aunque se trataba de la misma "prostituta de corazón de oro", personaje bastante manoseado y socorrido en la literatura y sobre todo en el cine norteamericanos. En fin, nos pasaba lo que al protagonista de la obra, Paul Granger, quien decía: "No entiendo nada".

Casi se puede decir que de todo el conjunto sólo se salvaban Abraham Stavans y Alejandro Aura, y tal vez Yolanda Mérida (a quien veo actuar por primera vez). Ni siquiera Carmen Salas, a quien recuerdo en su inolvidable interpretación de La valija, tuvo la oportunidad de lucirse. Tan sólo logró permanecer correcta dentro de los límites fijados a su papel. La gran Silvia Caos, que nunca teme aceptar cualquier papel por breve que sea, demasiado segura de su fuerza dramática, que le permite tener esta visión profesional de que no hay malos papeles, sino malos actores, me admiró por su capacidad de transformarse físicamente en una especie de "jovencito" femenino sin grandes despliegues de maquillaje. Mas, tampoco ella pudo escapar a los excesos, a la sobreactuación, que reía en el total de la representación.

En fin, ¡qué lástima! Tanto esfuerzo, tantas esperanzas que pusieron en esta puesta en escena el numeroso conjunto, sus amigos, la crítica y un público de amantes de un teatro de buena calidad!