FICHA TÉCNICA



Título obra La isla

Autoría Athol Fugard, John Kany y Winston Nishana

Notas de autoría Nancy Cárdenas / adaptación

Dirección Nancy Cárdenas

Elenco Sergio Jiménez, César Bono

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telónLa isla: Obra política”, en El Día, 21 junio, 1975, p. 16.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La isla: Obra política

Malkah Rabell

Siempre he sido adversaria de las adaptaciones, hasta de piezas insignificantes, hasta de comedias sin mucho alcance. El escritor al realizar su obra, le da una determinada idiosincrasia que refleja su origen, su raza, su nacionalidad. Hasta las obras que se consideran del "Absurdo", o fantásticas y abstractas, y que parecen existir más allá de las fronteras y de las raíces étnicas, no pueden escapar a ciertas verdades subyacentes que señalan claramente el origen del autor. Ionesco no deja de ser rumano por más universales y metafísicas que parezcan sus producciones teatrales, con su herencia de Caragiales y su pequeña burguesía rumana enajenada; como tampoco deja de ser polaco hasta en sus menores detalles un dramaturgo como Mrozek. Adaptar una obra a otro país, a otro ambiente, que los señalados por el original, es involuntariamente falsificar la voz consciente o inconsciente del autor.

Creo comprender las razones y las intenciones de Nancy Cárdenas al adaptar la obra de los tres sudafricanos: uno blanco, Athol Fugard, y los dos negros, autores-actores, John Kani y Winston Nishana, La isla, a un ambiente, a un lenguaje y a una idiosincrasia mexicanos. La directora de escena y adaptadora, más que montar una obra política, deseaba realizar un acto político, que para todo su valor necesitaba anular incomprensiones cosmopolitas y adquirir un rostro nacional. ¿Lo logró? Lo dudo. En esta oportunidad no se trata de una obra metafísica sobre la libertad y la opresión del hombre por el hombre. La isla es una obra desgarradoramente realista, ubicada en un determinado lugar del mundo, con sus fronteras, con sus problemas, sus dramas y sobre todo con la idiosincrasia de su gente, que aquí son dos presos negros, además negros de Sudáfrica. El público que va al teatro para ver una obra política, no es tan inocente como para no encontrar por sí mismo las semejanzas y establecer los paralelos. Hasta sabe encontrar las subyacentes verdades actuales en obras situadas por su autor en un marco histórico, en un ambiente de otras épocas.

No sé si La isla tiene igual valor artístico o político en su adaptación que en el texto original. Desconozco este último. Lo que si se puede asegurar, es que la adaptación mexicana dejó desconcertados a los espectadores. El lenguaje que usan estos dos presos La isla no es el de los presos políticos nuestros, ni del ambiente estudiantil nuestro. Personalmente, al principio imaginé que se trataba de un preso político culto en tanto su compañero de celda es un condenado de derecho común. Lo que resultaba imposible, por el discurso de mitin que pronuncia éste último para cerrar la obra. En resumen, aunque los aplausos al final eran muy calurosos, probablemente con el texto original hubiese alcanzado un impacto mucho mayor, mucho más poderoso. Dentro de sus particularidades étnicas, la obra hubiese resultado mucho más universal.

Lo que en cambio ninguna clase de objeciones encuentra, es la interpretación, debida a dos grandes actores, aunque uno ya sea veterano y el otro apenas un principiante: Sergio Jiménez y César Bono. Se necesitaba tener un increíble instinto –como siempre lo ha demostrado Nancy Cárdenas, en la elección de sus protagonistas–, para haber entregado esos dos papeles precisamente a Sergio Jiménez y a César Bono, quienes crearon un espléndido mano-a-mano. Sergio Jiménez que realizaba un personaje con todos sus conocimientos teatrales, lo iba creando poco a poco, detalle tras detalle, con mano de maestro y de estudioso, y César Bono que lanzaba el suyo con una violencia espontánea, de instintivo. De qué manera tan desgarradora lograba transmitir Bono el drama del condenado a perpetuidad ante el compañero con quien desde tres años comparte la celda y a quien sólo le faltan unos meses para recuperar la libertad. Su lucha subjetiva entre la generosidad que se alegra de la suerte del amigo, y el grito del hombre que no tiene salvación, que se queda, y se queda solo, nos llegaba hasta las entrañas. Dos magníficos actores que reproducen el espíritu de dos hombres a quienes se trata de reducir al estado de bestias, y ellos, después de cada golpe, recuperan su dignidad de seres humanos, que aún saben reír, saben jugar, y saben soñar. Dos hombres que se elevan por encima de sus cadenas, por encima de su isla, por encima de sus verdugos, y buscan en la voz de personajes históricos, como Antígona, su propia voz redimida.