FICHA TÉCNICA



Título obra Las cartas de Mozart

Autoría Emilio Carballido

Dirección Raúl Zermeño

Elenco Mercedes de la Cruz, Carlos Vidaurri, David Verduzco

Escenografía Antonio López Mancera

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Espacios teatrales Teatro Jiménez Rueda

Eventos 25 de labor escénica de Emilio Carballido y de Antonio López Mancera.

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Cartas de Mozart”, en El Día, 2 noviembre, 1975, p. 20.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Cartas de Mozart

Malkah Rabell

La única obra de 4 horas de duración que pude aguantar fue El luto sienta a Electra, de Eugene O'Neill. Las cartas de Mozart, de Emilio Carballido, que representa la Compañía Nacional de Teatro, en el Jiménez Rueda tiene una duración de tres horas, pero son tres horas de sufrimiento. Separados por un entreacto de 15 minutos, son dos partes que casi nada tienen en común, como si fueran dos obras sobrepuestas. La diferencia empieza por el género. El primer acto es una comedia, una obra fantasiosa y encantadora, que nos devuelve todos los personajes que hemos amado en otras comedias de Emilio Carballido: las tías de provincia, el muchachito enamorado de una chica mayor... Una comedia que tiene todos los elementos necesarios para formar una obra completa: principio, desarrollo y final. Y esta primera parte, si la podaran un poco y le dieran un ritmo más rápido podría muy bien ser una obra independiente. Muy distinta es la segunda parte –o segundo acto– que rompe por completo la unidad de la pieza, La comedia de repente se transforma en un melodrama espeluznante, donde intervienen espectros, envenenadoras a la Lucrecia Borgia, asesinatos, robos y falsificaciones. Sin duda el autor trató de imitar en son de burla los melodramones románticos. Mas, todo ello se mezcla tanto al realismo que ya quedamos confusos para discernir lo uno de lo otro, y sobre todo... sobre todo... las exageraciones a lo grand guignol en lugar de divertir, aburren.

El director, Raúl Zermeño, probablemente por consejo, o por imposición del dramaturgo, conservó la obra intacta, En cambio cada escena de diez minutos se cortaba por un oscurecimiento que a su vez duraba diez minutos, mientras los tramoyistas realizaban cualquier insignificante arreglo del cual el espectáculo pudo muy bien prescindir y seguir adelante sin "apagones". Todo ello imprimía a la representación una lentitud de la cual ya de por sí sufría la obra. Y tal vez, por tratar de acelerar el ritmo la dirección impuso a los actores una pronunciación demasiado rápida, que impedía la clara comprensión de una gran parte del texto.

¿Qué decir de los actores? Ema Arvizu parecía reproducir el papel que ya interpretó en Te juro Juana que tengo ganas, con el mismo acento de mujer despistada. ¿Qué podía hacer Rosa María Moreno con un personaje que recordaba las intrigantes ávidas de sangre de los melodramones del siglo pasado? ¿Qué significaba esa escena de streep-tease a medias, ya que se quitaba el vestido y permanecía en "calzones" de la época revolcándose en una cama? Si se trataba de una parodia, no nos dábamos cuenta. [Oración errada por la autora. N. del E.]

[Oración errada por la autora. N. del E.]

Los dos únicos actores que se salvaban eran los jóvenes Mercedes de la Cruz y el niño Carlos Vidaurri. Se trataba por otra parte de los personajes más simpáticos y sensatos de la obra: el muchachito que juega con la amiga mayor de la cual está secretamente enamorado. Mercedes de la Cruz más que una promesa ya es una realidad, en tanto Carlos Vidaurri. como todos los niños talentosos abre una interrogante para el futuro: ¿llegará a transformarse en un actor maduro, o se perderá en cualquier otra profesión? En cuanto a David Verduzco, en el papel del joven misterioso, especie de Mozart revivido, carece de proyección escénica y es poco adecuado para su papel.

De los dos festejados por sus 25 años de labor escénica, Emilio Carballido y Antonio López Mancera, fue éste último quien destacó mayormente en la representación de Las cartas de Mozart. Su escenografía no sólo se mantuvo en el marco de lo fundamental, sino que era auténticamente hermosa.

Y Emilio Carballido, que nos dio tantas obras encantadoras y de gran calidad (basta recordar Rosaura y los llaveros, El relojero de Córdoba, Silencio pollos pelones y Te juro Juana que tengo ganas), por ese rasgo tan frecuente en los artistas, de entregar su corazón al último hijo nacido, a la última obra creada, Carballido para su cuarto de siglo de labor dramática, presentó una de sus obras menos logradas... pero la más reciente.