FICHA TÉCNICA



Título obra Los asesinos ciegos

Autoría Héctor Mendoza

Dirección Julio Castillo

Espacios teatrales Teatro del Granero

Notas Los asesinos ciegos fue escrita en Nueva York [1958 ó 1959]. Fue inspirada por Look Back in Anger de Osborne, estrenada a su vez en 1956 en Londres, y en 1957, en Nueva York

Referencia Héctor Mendoza, “El juicio del autor. Los asesinos ciegos”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 9 noviembre 1969, p. 7




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

El juicio del autor
Los asesinos ciegos

Héctor Mendoza

Fue para mí una experiencia incomparable ver la puesta en escena que Julio Castillo está haciendo de mi obra Los asesinos ciegos en el teatro del Granero. Por primera vez he logrado casi olvidarme de ser el autor del texto utilizado en una puesta en escena, para convertirme en uno más de los integrantes de ese alucinado público que acudió al estreno del espectáculo.

Se han suscitado polémicas enconadas acerca del derecho o falta de derecho que tiene Julio Castillo para utilizar mi texto en una forma claramente irónica en algunas de las escenas. Antonio Magaña Esquivel –que ataca sistemáticamente mis puestas en escena de los clásicos españoles por considerarlas un desacato al autor–, se acercó a mí durante uno de los intermedios para preguntarme lleno de curiosidad morbosa mi opinión sobre el espectáculo. Esperaba, naturalmente, que yo contestara en el colmo de la indignación que Julio Castillo estaba destrozando mi preciosísimo texto. Este señor –malvado como es de naturaleza–, esperaba poder sonreír triunfante ante tal reacción, para decirme con voz sentenciosa: “Así como se siente usted ahora, así se sentiría el indefenso Lope de Vega si pudiera ver su asquerosa puesta en escena Las bizarrías de Belisa”. Y entonces, ante mi humilde contrición, se habría ofrecido para ayudarme para ir a golpear a Julio Castillo en justa defensa del honor de mi sacrosanto texto. Claro que inmediatamente después, y a nombre de Lope de Vega me habría golpeado él a mí.

Yo, previendo todas esas desastrosas consecuencias, y portándome con la debida astucia, contesté radiante: “Estoy absolutamente encantado”. El señor Magaña Esquivel se desconcertó, como era de esperarse, ante mi atrevida respuesta. Un pequeño rictus de dolor rabioso –estaba instalado en Lope de Vega a la luz de los tradicionalistas–, le cruzó el rostro por un momento; pero recuperándose rápidamente, insistió: “Sin embargo, esto no tiene nada que ver con la obra que escribió usted, ¿no es verdad?” A tan corteses palabras contesté: “Sí y no”, y como le venía venir ya una sonrisa de triunfo, proseguí de esta suerte: “Pero, ¿qué importa si es o no mi texto en su integridad?; el espectáculo de Julio Castillo es extraordinario y me siento feliz de que mi texto haya servido de base para estructurarlo. (Nótese que el subtexto de esta conversación seguía siendo mi puesta en escena de Las bizarrías de Belisa). Y –seguí diciendo– no veo porque haya que confundir la historia de la literatura dramática –me estaba portando pedante a propósito– con el teatro. Y esto que hace Julio Castillo es TEATRO (lo dije con letras mayúsculas)”. “Será antiteatro”, murmuró él lleno de rabia. “Para mí es lo mismo”, dije yo. “No es lo mismo”. “Sí es”. “No es”. “Sí es”. “No es”. “Sí es”. “No es”... Y nos despedimos con toda cortesía.

Es verdad que en esta conversación con el señor Magaña Esquivel estaba en juego mi puesta en escena de Las bizarrías de Belisa; pero en realidad la puesta en escena de Julio Castillo no tiene nada que ver con la mía. Así como mis Asesinos ciegos no tienen nada que ver con la comedia de Lope que estoy presentando en el Teatro del Bosque.

Los asesinos ciegos no es una obra reciente. La escribí en Nueva York hace diez años y bajo la notoria influencia de Look back in anger de John Osborne cuya producción original acababa de ver en un teatro de Broadway. Mi primera intención al escribir esta obra era moralizante. Me preocupaba mucho por entonces el comportamiento descuidado de ciertas gentes hacia los débiles de espíritu. Mi personaje de María Carmona era una víctima evidente; el comportamiento egoísta y hasta cierto punto frívolo de los demás personajes era la causa de su suicidio.

Cuando Julio Castillo me pidió una obra para ponerla en escena, lo único que yo tenía terminado –y casi olvidado– era Los asesinos ciegos. Se la di a leer un poco escéptico; estaba casi seguro de que no le iba a interesar. Cuando me dijo que estaba dispuesto a ponerla, me asusté un poco. Del tiempo en que la había escrito a ahora mi visión de la vida había cambiado. La releí y me di cuenta de que no podía dar un texto con el que estaba en profundo desacuerdo. Ya no creía en la inocencia de María Carmona; ahora era perfectamente culpable ante mis ojos, o si no culpable, simplemente en su derecho para quitarse la vida, pero responsable personal de tal acto. El comportamiento de los demás personajes me pareció ridículo, pues se toman la vida con una seriedad absurda… Dada la prisa de Julio Castillo traté de recortarla, de subrayar lo melodramático para exponer así la estupidez de los personajes… Sin embargo cuando leí a los actores de la obra, mi preocupación por ese tono tan solemne se acrecentó. A pesar de todo, confié en que el talento de Julio Castillo lograra sacar provecho de los defectos de la obra. Y el día del estreno no quedé defraudado.

Si bien es verdad que yo como director hubiera dado otro tipo de soluciones a la obra –el tono abiertamente fársico no se me habría ocurrido jamás–, Julio Castillo, por otros caminos, logró finalmente lo que yo esperaba como resultado total.

Julio Castillo utiliza un tono diferente para cada escena. Si bien esto de momento resulta terriblemente desconcertante, al final el efecto del conjunto termina por producir el mismo estado angustioso en el público que yo siempre quise que produjera al escribir la obra.

El final que le da Julio Castillo a la obra sobrepasa mis esperanzas. A la muerte de María Carmona sobreviene la muerte de los demás personajes. Con esto se deja advertir claramente la muerte de toda una generación, la generación de los “intensos”; la muerte de aquellos que sufren innecesariamente por cosas triviales. Se anuncia con eso la llegada de una nueva generación menos complicada emocionalmente, más libre, más sabia.

Julio Castillo se vale del “feísmo” escénico para producir un tremendo impacto en el público. Julio Castillo purifica, sanea el ambiente y propone nuevos y sorprendentes derroteros para el teatro.

Me siento orgulloso y agradecido de que mi texto haya servido de alguna manera para este experimento teatral de tantísima trascendencia.