FICHA TÉCNICA



Título obra Las bizarrías de Belisa

Autoría Félix Lope de Vega y Carpio

Dirección Héctor Mendoza

Referencia Héctor Mendoza, “El autor de la puesta en escena se explica. Las bizarrías de Belisa”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 26 octubre 1969, p. 7




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Las bizarrías de Belisa
El autor de la puesta en escena se explica

Héctor Mendoza

El manuscrito de Las bizarrías de Belisa está fechado en “Madrid, a 24 de mayo de 1634”, poco más de un año antes de la muerte de Lope de Vega (27 de agosto de 1635). Es la última de las comedias fechadas de Lope.

Resulta encantador que un hombre de 72 años pueda haber escrito esta comedia tan maravillosamente joven. Todos los personajes de la comedia son jóvenes y no sólo supuestamente, pues su comportamiento posee una vitalidad arrolladora. Lope de Vega nos habla una vez más del amor en esta comedia –comedia de enredos amorosos–, y lo hace con la sorpresa y el entusiasmo de quien acaba de descubrirlo apenas. De no ser por el tono nostálgico de los versos finales con que despide la obra:

“Senado ilustre: el poeta
que ya las Musas dejaba,
con deseos de serviros
volvió esta vez a llamarlas
para que no lo olvidéis.
Y aquí la comedia acaba”.

y no obstante la indiscutible madurez del planteamiento, uno pensaría que se encuentra ante una comedia escrita por un joven.

Algunas veces me han preguntado por qué, cuando tengo la oportunidad de dirigir una obra, siempre parezco tener una marcada preferencia por los textos del teatro español de los Siglos de Oro. Cuando empecé a interesarme por el teatro –hace poco más de veinte años–, más bien tendía a despreciar el teatro español en general y muy particularmente el de los Siglos de Oro. Lo consideraba un teatro acartonado, tieso, más poesía en la palabra que en la acción; por lo tanto menos teatro. Cuando se me presentó la oportunidad de crear Poesía en voz alta, era perfectamente consciente de que lo que iba a hacer no era precisamente teatro. La idea básica de Juan José Gurrola [Arreola] al inventar este espectáculo era rodear al verso dicho de una serie de elementos teatrales como el vestuario, la escenografía, la iluminación; pero en ningún momento se pensó que esto sería teatro. Yo, hombre de teatro, vine a cambiar un poco la idea básica de Arreola y logré que, en vez de hacer a los actores decir versos, se hiciera más bien teatro poético. Sin embargo la idea primaria persistió de alguna manera y así fueron espectáculos a base de verso no teatral el basado en El libro del buen amor del Arcipreste de Hita y el basado en los Bailes de Quevedo.

Esta experiencia –fundamental para mi carrera de director escénico–, hizo desaparecer mi original aversión por el teatro clásico español. Me di cuenta de las enormes posibilidades escénicas que los textos del teatro de los Siglos de Oro ofrecían para un director que, como yo, se negaba por naturaleza a seguir los patrones convencionales de teatro. Lo que antes me parecía acartonamiento en el teatro clásico español, se convirtió así en el extremo contrario: flexibilidad absoluta. La irrealidad de las situaciones –del lenguaje mismo, por versificado–, la falta de profundidad sicológica en los personajes, se volvieron de pronto para mí enormes cualidades, ya que todas esas características dan pie a un director para una creación casi total a partir de una base lingüística de riqueza realmente incomparable en el español.

Esta es la primera vez que dirijo una obra completa de Lope de Vega –antes había escenificado la introducción del Peribáñez en el primer programa de Poesía en voz alta– y encuentro que Lope ofrece mayor flexibilidad creativa que sus contemporáneos gigantes: Tirso, Ruiz de Alarcón y –aunque más joven– Calderón de la Barca. Creo entenderme mejor con Lope de Vega que con ninguno de los otros tres, aunque no dejo de amarlos a todos profundamente.

De que a últimas fechas me he empeñado en buscar en los textos del teatro clásico español es una imagen de la alegría [sic], lo más clara que sea posible.

Tengo la impresión de que el mexicano no es un pueblo alegre, y no lo es a pesar suyo. El mexicano quisiera ser alegre pero no se atreve. A base de ser inhibido moralmente, la poca alegría que se permite tener se convierte al mostrarse en otra cosa: en morbosidad sexual o en violencia. El temor a las instituciones de todo tipo lo hace reprimirse para la alegría. Se vuelve, por tanto, amargo y resentido hacia aquellos que se permiten experimentar un poco de alegría a riesgo de ser castigados.

Esta falta de alegría en el mexicano me duele enormemente porque la vida se les vuelve vacía y sus objetivos se van tornando mezquinos con el paso de los años. Es por eso que busco siempre, en mis puestas en escena del teatro clásico español, la imagen más pura de la alegría. Ya que mis puestas en escena son algo demasiado pequeño como para lograr contagiar con su alegría a todo México; pero me consuelo pensando que un grano de arena es mejor que nada.

Ya en mi puesta en escena de Don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina, logré encontrar una imagen de la alegría bastante efectiva. En La cueva de Salamanca de Ruiz de Alarcón, busqué también lo mismo aunque, tal vez lo encontré con efectividad menor.

Hoy, con Las bizarrías de Belisa, siento que he encontrado la imagen más pura de la alegría que me ha sido dable encontrar hasta la fecha. Espero, naturalmente, la opinión definitiva del público; pero tengo el presentimiento de que es así.

La imagen de la alegría que trato de proyectar en mi puesta en escena de Las bizarrías de Belisa, dependen primordialmente del texto. Lope mismo ha logrado proyectar esto en su comedia escrita. Yo lo único que hago es recrear la intención primaria de Lope.

La alegría que se refleja en Las bizarrías de Belisa no se parece a la reflejada en Don Gil de las calzas verdes, aunque ambas comedias tengan el ineludible parentesco de la época. La alegría de Don Gil es una alegría plenamente cómica, una alegría que se desprende del chiste y las situaciones equívocas. Las bizarrías, en cambio, sin ser tan “chistosa”, es una alegría más genuina pues parte exclusivamente del placer de vivir. La alegre sorpresa que causa el estar vivo es el tema de esta comedia de Lope.