FICHA TÉCNICA



Título obra Biedermann y los incendiarios, Biografía: un juego

Autoría Max Frisch

Referencia Héctor Mendoza, ““El problema del significado. Frisch, Durrenmatt, Brecht”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 21 septiembre 1969, p. 7




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Frisch – Dürrenmatt - Brecht
El problema del significado

Héctor Mendoza

Hace poco comenzó a estar a la venta en las librerías la última obra teatral de Max Frisch (estrenada el año pasado en Zurich), en una edición venezolana y traducida por Carlos Gorostiza. Se trata de Biografía: un juego.

Los investigadores del teatro actual incluyen generalmente a Max Frisch, así como a su compatriota suizo Friedrich Dürrenmatt, dentro de la corriente que ha sido denominada “Teatro del absurdo”. Al mismo tiempo se lo relaciona directamente con el Teatro de Bertolt Brecht. La relación de Frisch con Brecht no tiene que ver con el significado último de la obra, sino con la forma que habrá de transmitir el significado. En su primera farsa, Biedermann y los incendiarios, Frisch ironiza a Brecht subtitulándola: “pieza didáctica sin lección”. Resulta muy evidente que lo que Frisch aborrece de Brecht, sin poder evitar el sentirse fuertemente atraído por su teatro, es su abierta intención educativa. Y no precisamente que piense que sea inútil el intento de Brecht al tratar de educar a su público por medio del teatro, sino que censura la tremenda ingenuidad de éste al hacerlo de un manera tan notoria. Frisch piensa que el público puede sacar una enseñanza del teatro si no se le advierte de antemano que va a sacar una enseñanza y cual es ella. Frisch parte del principio brechtiano de la parábola, sólo que la utiliza para deducir de ella reglas generales, principios aplicables a situaciones diversas, más que particularidades bien definidas como en el caso de Brecht. Cuando Brecht nos cuenta una parábola, nos está dando con ella su aplicación específica en casos concretos; Frisch, en cambio, al contar su parábola, deja al público la libertad absoluta de hacer su aplicación según las circunstancias en que éste se encuentre.

Sin embargo, en su primera obra teatral, Frisch cae sin quererlo en la misma ingenuidad de Brecht. Al reaccionar en contra de los métodos empleados por el autor alemán, subtitula a su obra “pieza didáctica sin lección”. Como ironía antibrechtiana funciona, pero como verdadero propósito antibrechtiano no, pues la llamada de atención surte el efecto contrario. Es decir, con esto el público se encuentra sobre aviso lo mismo que en las obras de Brecht y nadie se traga la píldora. Si a un niño, al darle una cucharada se le dice: “esto no es medicina”, sabe que lo es.

Con Biedermann y los incendiarios, Frisch nos da una parábola aplicable en términos generales a cualquier tipo de situación cercana o lejanamente similar. La elección es dejada al público y de acuerdo al medio en que vive o a sus preferencias. Biedermann, un burgués que vive tranquilamente en su casa, se entera por la prensa de que hay un grupo de incendiarios en la ciudad dedicados a prender fuego a diversos locales sin una razón aparente. Unos hombres de aspecto peligroso se presentan en casa de Biedermann a pedir posada. Biedermann no quiere recibirlos; pero amedrentado por su aspecto termina por aceptarlos. A pesar de la evidencia, el burgués se resiste a aceptar que se trata de los incendiarios y termina por darles los cerillos con que incendiarán su casa.

La ambigüedad no se resuelve ¿Nos está hablando Frisch de política? Y en ese caso, ¿quiénes son los incendiarios? ¿Revolucionarios?; ¿dictadores? En una obra de Brecht esto se sabría con claridad. En la obra de Max Frisch sólo sabemos una cosa: el que da pie para el principio de algo, no podrá evitar su final. Y ese “algo” puede ser prácticamente cualquier cosa.

Después de otras obras intermedias, Max Frisch nos presenta su Biografía: un juego. Hay un epígrafe que precede a esta obra, tomado de un parlamento de Vershinin en Las tres hermanas de Chéjov, en que se refiere a que si hubiera la posibilidad de volver a vivir la propia vida de una manera consciente, él, Vershinin, no volvería a casarse.

Un hombre, Kürmann, ha matado a su mujer a tiros y tiene cadena perpetua. Se le da la oportunidad de volver a vivir su vida para corregir errores, de tal manera que no vuelva a repetirse este trágico final. Kürmann pide revivir el momento en que conoció a su mujer; pero al revivirlo no ha podido o no ha querido cambiar nada. Kürmann se da cuenta de que los primeros años con Antoinette, su mujer, fueron hermosos y decide sólo cambiar los años posteriores. Los revive, pues, y no cambia sino cosas nimias que no impiden que se precipite el mismo desenlace. Finalmente, en una segunda oportunidad de revivir los últimos momentos de su vida en común con Antoinette, algo cambia totalmente las cosas y no la mata; pero en cambio él es internado en un hospital con una enfermedad incurable. Ante ambos finales Kürmann no sabe qué hacer. Antoinette tiene entonces, a su vez, la oportunidad de revivir el pasado; pide el momento del encuentro y lo modifica: se va para no volver. Kürmann queda libre y Antoinette vive sin haber tenido relación alguna con Kürmann.

Esta obra ya no tiene, en apariencia, influencia alguna de Brecht ni en el contenido ni en la forma. Sin embargo ahora la parábola tiene un sentido directo. O, en todo caso, más directo.

Kürmann es un hombre débil. A pesar de que se lamenta por haber tenido que asesinar a su mujer, no es capaz de renunciar a los primeros, hermosísimos años de su vida en común con ella. Quiere evitar sólo los años amargos y el fin infortunado y esto no es posible. Antoinette, más sabia, más fuerte, corta el mal de raíz: renuncia a los primeros años de felicidad para evitar los últimos de desastre.

Lo que Max Frisch nos ha dicho en Biedermann y los incendiarios: el que da pie para el principio de algo, no podrá evitar su final, aparece de nuevo en esta su última obra. Sólo que ahora Frisch ha prescindido de la ambigüedad de aplicaciones. Puesto que no le interesa particularizar, se va a decir las reglas generales que le han interesado desde un principio de una manera directa. Ha encontrado que lo que estaba mal en Brecht no era la forma directa de dar el contenido, sino el contenido mismo, su particularidad.

A pesar de todo esto, Biedermann como obra de teatro es mucho mejor que Biografía porque, curiosamente, los elementos que proporcionan la ambigüedad en Biedermann son más ricos dramáticamente que los componentes para un significado directo en Biografía.